Pedro Lemebel, otro adiós, mariquita linda

A tres años de la muerte del escritor y artista chileno Pedro Lemebel, recordamos su emblemática obra y su militancia por los derechos de los homosexuales.

Pedro Lemebel se convirtió en una de las voces más importantes de la literatura chilena. / Claudia Román

Era 1986 y Chile continuaba en uno de los regímenes dictatoriales más crudos de América Latina. La clandestinidad de la oposición sentía cercano todavía el país por el que Salvador Allende había trabajado y continuaba reuniéndose alrededor del sueño firme de ver derrocado a Augusto Pinochet. Esa proclama, en apariencia popular, de base marxista, había sido abiertamente homofóbica. En una de esas reuniones un hombre maricón y pobre, como él mismo se denominaba, usando tacones, con una hoz y un martillo pintados en la parte izquierda del rostro, tomó la palabra y en la cara perpleja de la hombría machista de izquierda de la época leyó: “Mi hombría es aceptarme diferente, / ser cobarde es mucho más duro. / Yo no pongo la otra mejilla, / pongo el culo compañero, y ésa es mi venganza. / Mi hombría espera paciente / que los machos se hagan viejos. / Porque a esta altura del partido / la izquierda transa su culo lacio / en el parlamento. / Mi hombría fue difícil, / por eso a este tren no me subo / sin saber dónde va. / Yo no voy a cambiar por el marxismo / que me rechazó tantas veces. / No necesito cambiar, / soy más subversivo que usted”. Era el manifiesto Hablo por mi Diferencia, texto que se convertiría en el símbolo de la lucha homosexual en América Latina.

El hombre de la proclama era Pedro Lemebel, su apellido paterno era Mardones, pero Pedro decidió ser Lemebel para hacerle honor a su figura materna. Este artista y poeta chileno se empeñó en hacer de su literatura y militancia el grito incómodo de una homosexualidad pobre y negra en un país aburguesado, racista y homofóbico. Lemebel era todo lo que la literatura burguesa y la izquierda homofóbica no podían contener. Hijo del panadero de un barrio marginal en Santiago de Chile, pasó su infancia a orillas del Zanjón de la Aguada, en donde se embarazó muy chico tragando el huevo de un guarisapo que le creció en el vientre. Años después plasmó la historia en una de sus crónicas brillantes y sus estudiantes curiosos en Harvard le preguntaron asustados si eso era realismo mágico latinoamericano.

En los años setenta ingresó a la Universidad de Chile, allí recibió el título de licenciado en artes plásticas. Intentó ejercer la docencia en liceos, pero su actitud abiertamente homosexual lo dejó sin empleo en dos ocasiones, por lo que se volcó a trabajar en talleres literarios. Fue por esos años en donde empezó a tomar la escritura como canal de su militancia, en 1983 ganó el primer premio de su carrera con el cuento Porque el tiempo está cerca. En estas reuniones conoció grandes escritoras feministas de la izquierda chilena como Diamela Eltit y Pía Barros.

La literatura de Lemebel, atravesada por un lenguaje barroco que pone en el centro la marginalidad y la sensibilidad homosexual, tuvo gran acogida tanto en los sectores de base popular como en el ojo de la crítica literaria. Su extraordinaria belleza cargada de sinceridad y crudeza hacen de cada publicación una reivindicación altiva. Es el rescate imperioso de la ternura, la dignidad y la capacidad reflexiva de la clase obrera y homosexual sin paternalismos ni concesiones.

El resentimiento es el punto de partida de esa militancia maricona que escandalizaba con su presencia cualquier acto público. El resentimiento es también la fuente de la que bebe toda su literatura y sus performances. Un resurgir desde la palabra que viene de la pobreza para desestigmatizar el paternalismo con el que siempre se aborda la miseria.

 

Una yegua con lengua de fuego

En 1985, Lemebel conoció a Francisco Casas, un estudiante de literatura que, pese a los tiempos difíciles en ese contexto político, gritaba a diestra y siniestra que era una loca. Asistía a clases con llamativos vestidos y un maquillaje extravagante con el que simpatizaba, en sus palabras, con las putas. De la amistad de Pedro Lemebel y Pancho Casas nació la idea de Las Yeguas del Apocalipsis, un dúo artístico performativo que buscaba poner en el centro de la escena el cuerpo homosexual. Así se refirió Lemebel al origen de la propuesta en una entrevista: “Creamos un dúo provocador, cuyo sólo nombre produjo urticaria en un ambiente caracterizado por el conformismo y la complicidad con la represión del Estado. Denunciamos la hipocresía y el acomodamiento a la dictadura. Antes del advenimiento de la democracia, éramos los maricas quienes decíamos lo que otros no podían o no querían decir”.

La primera intervención pública de Las Yeguas del Apocalipsis ocurrió en octubre de 1988 en la Casa Museo La Chascona. En medio de la celebración del Premio Pablo Neruda para Raúl Zurita, Lemebel y Casas irrumpieron con una corona de espinas para el poeta laureado. Este acto simbólico aludía a la coronación de Cristo para dejar en manifiesto el contenido cristiano de la poesía de Zurita.

Fueron más de 15 las apariciones del dúo apocalíptico más famoso de los noventa y finales de los ochenta. Uno de los actos más memorables del par de artistas fue en medio de la ceremonia oficial de nominación a Patricio Aylwin como candidato de la Concertación por la Democracia a la Presidencia de Chile. Las Yeguas del Apocalipsis, sin estar en el programa, ni ser invitadas siquiera, desplegaron en el escenario un letrero gigante que decía: “Homosexuales por el cambio”. La ira de los democratacristianos presentes no se hizo esperar. Lemebel y Casas huyeron rápido del linchamiento en el teatro Cariola. Presidencia ordenó a todos los noticieros de esa noche que lo ocurrido no se publicara en ninguna parte. El acto fue rescatado diez años después por la revista Página Abierta.

Pese a la mala fama que les precedía, Las Yeguas continuaron con aquel espíritu rebelde que buscaba dislocar los discursos de la época y juntar la lucha por los derechos humanos con la homosexualidad y el fin del tabú del sida. Incluso el nombre del dúo estaba comprometido con ese aspecto. Frente a esto, Lemebel señalaba: “El solo nombre ha sido nuestra mayor intervención. Las Yeguas del Apocalipsis tienen que ver con la metáfora del sida que, en ese tiempo, se achacaba a los homosexuales como una enfermedad de fin de siglo, una metáfora del Apocalipsis. Entonces, nosotros no éramos caballos, éramos yeguas, con ese nombre nos solidarizamos con aquellos apelativos utilizados para ofender a las mujeres. Ahora, con el tiempo, el nombre sobrepasó al dúo y eso es trabajar con micropolítica como el Superbarrio en México. Ahora todos son superbarrios. Eso es sembrar un deseo y repartir el desacato a través de un nombre. Había sitios donde no nos dejaban entrar, incluso, en ciertos lugares donde llegábamos, no se nos ocurría nada y la gente ya esperaba algo. Decían: ‘Ahí están Las Yeguas, algo va a pasar’”.

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El 23 de enero de 2015 falleció en Santiago de Chile Pedro Lemebel. Un funeral lleno de gente diciendo: “Adiós, mariquita linda”, gritando el Loco Afán y La Esquina de Mi Corazón. Todos a la espera de la utopía para las generaciones futuras, para que los niños que van a nacer con una alita rota vuelen, compañero, en donde la revolución al fin les dé un pedazo de cielo rojo para que puedan volar.

 

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