María Mulata cantó en la clausura del festival

Percusiones, cumbias e idiosincrasias en Paipa

En la tierra del lago Sochagota, de las piscinas termales y del paisaje cristalino de sus aguas, se viene dando desde hace 44 años el Concurso Nacional de Bandas Musicales de Paipa.

En Paipa, entre reinas y tamboras, y se le rindió homenaje a la cumbia, su valor patrimonial en Colombia, su cultura musical. / Paolo Ávila.

El sábado comenzó bajo la llama de un ardiente sol que no dejó de tocar todo rincón de Paipa. Mientras unos encontraron sombra, otros anduvimos de aquí para allá, desde los hoteles que cerraban —o abrían— la ciudad por el norte, hasta la Concha Acústica, al otro lado. Desde las 9:00 de la mañana hasta un poco más de las 11, cada una de las bandas marchó por toda Paipa, con su montaje a bordo, hasta la Concha. A la llegada se hizo un ensamble que buscaba honrar el eje de esta edición del Concurso: se unieron los sonidos y las fuerzas de distintas bandas para entonar La pollera colorá.

Del vocablo africano “cumbe”, que significa fiesta o jolgorio. De las raíces, de nuestra influencia afrocaribeña. De allí provenía todo. En el asfalto se alejaban los grises, las señales, las flechas que indican un solo camino. Las señales eran los sonidos, las cuerdas, los colores. Parecía mejor guiarse por las guitarras pintadas en el cemento, por los trombones y los tambores que anunciaban un nuevo carnaval. Las verbenas anunciaban nuevos vientos. No eran alarmas ni reportes del clima. Eran vientos de clarinetes, de trompetas, de saxofones. Eran tamboras, bombos, redoblantes. Era la confluencia de la percusión y los instrumentos de cuerda y de viento los que traían a la cumbia para hacerle un homenaje que no termina en las calles de Paipa, sino que se alza como un nuevo argumento para defender la eternidad de la música colombiana, para no dejar a un lado el grito irrevocable de la historia de una música que clama memoria y se lamenta ante el olvido.

En la noche, respondiendo a una suerte de reclamo de la música misma, la oficialidad pasó a un lado y hubo lugar para festejar, para armar una fiesta sin discursos de poder ni sonrisas burocráticas. Niños, jóvenes, adultos, abuelos... Todos retozaban. Todos llevaban un instrumento. Algunas, pequeñas (y a lo mejor también otras grandes) imaginaban tener el traje típico y el vestuario adecuado para bailar cumbia. Algunas simulaban sostener su falda mientras bailaban de forma circular. Algunos simulaban cargar su sombrero y zarandearlo de arriba a abajo mientras observaban con perspicacia a las mujeres y su infinita sensualidad. Los cafés, los restaurantes y las droguerías, así como los puestos artesanales de la plaza —que aprovechaban el desorden para vender a regateadas— y los transeúntes que no se involucraron en la fiesta, pero que tampoco pudieron ignorarla, hacían parte de un fondo que se prestaba como testigo de la algarabía.

Los gritos se fueron transformando con el tiempo y consigo las batallas. Los ecos se tergiversaron y ya no se escuchaban los gritos de clemencia, de libertad, de independencia.

Ya no eran las batallas entre caciques y capitanes. Ya no había lanceros. Las cordilleras guardaron las voces de nuestros ancestros para mantener viva la memoria. El tesoro material se lo llevaron, pero jamás saquearon los paisajes, los sonidos, las historias.

“Me contaron los abuelos que hace tiempo navegaba en el Cesar una piragua”... Y así, con los relatos místicos y arraigados a nuestro territorio, los gritos se convirtieron en cumbias, en letras que decían “Colombia, tierra querida” o “Con la pollera colorá”. Los lanceros desenfundaron sus armas y sus batas. Ahora vestían de ruana, alpargatas y sombrero. Ahora en sus hombros cargaban el clarinete o la tambora. Ahora asistíamos a nuestro patrimonio inmaterial.

En el Parque Principal de Paipa, allí donde alguna vez Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo y otros presidentes pertenecientes a la oligarquía colombiana se asomaron desde al balcón de una casa particular, de estilo colonial y de tan solo un piso, se aglomeraron las bandas, los artesanos y los turistas. Algunos se escondían entre las carpas para observar las joyas y los minerales que pasaron por las manos que también, alguna vez, recogieron trigo, arriaron burros y prepararon chicha y guarapo. Otros caminaban entre sonidos, porque cada 50 metros había una banda, una identidad, unas historias diferentes. San Andrés, Vaupés, Nariño, Cundinamarca, Boyacá, Antioquia, Bolívar y demás regiones del país hicieron de Paipa el epicentro de la cultura musical colombiana. Sus esfuerzos exaltan su tradición musical y reafirman el coraje y el valor de hacer cultura en un país que reduce el presupuesto cultural y, por ende, el apoyo a quienes cambian nuestro país desde las ideas y las artes. Y si bien su objetivo no es ser panfletarios, sí hay que resaltar que su labor, que no es menos que titánica, es meritoria por sí misma, por sus convicciones, sus pasiones y su fuerza contracorriente y resistente.

Tal como dijo un profesor de la banda de San Andrés, cuando respondió a la pregunta de si recibieron algún apoyo del Estado: “La verdad no. Esta venida fue por iniciativa de nuestro director, que con las uñas hizo el esfuerzo de gestionar por todos lados para venir, pero directamente del Estado no”. Y es que una congregación de estas, además de apoyar diferentes manifestaciones regionales, permite una reflexión sobre una de las realidades actuales del país. La banda musical de San Andrés no es la única agrupación que pervive sin apoyo alguno; la única posibilidad de salir que tienen las músicas sanandresanas son espacios por el estilo, sin embargo “a duras penas llevan a alguno que otro grupo una vez al año a Bogotá”.

El Concurso cerró con el movimiento y el ritmo de la cumbia, en voz de María Mulata, esta cantora que desde los cuatro años se acercó a la música, primero a la música andina, después a la música caribeña, como parte de una investigación en sus estudios universitarios y respondiendo a un eco que nunca dejó de sonar en su casa. Ella, la cantora que, al tener un espacio para hablar, curiosamente, le apuntó a lo mismo que el profesor de San Andrés: “Falta más apuesta por parte de las instituciones del Estado. Pienso que el Ministerio sencillamente ejecuta un dinero que le da el Gobierno y es que necesitamos más presupuesto. [En] Paipa se nota la apuesta política del alcalde y de la Gobernación por un evento que lleva muchos años y que congrega procesos musicales, que en realidad eso es lo que garantiza que este tipo de música no muera y se siga propagando. Debe haber una apuesta por el Gobierno, pues no pasa así en otros municipios donde también hay festivales y estos terminan jugándosela por revivirlos, incluso muchos de ellos se aplazan por falta de apoyo. Pienso que es necesario tener este tipo de festivales que nada tienen que ver con economía naranja, sino que tienen que ver con preservación de la ancestralidad, del patrimonio cultural e inmaterial y también una oportunidad para congregar a músicos de todas las regiones, en torno a todas las diversas músicas de Colombia”.

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2018-10-05T07:06:54-05:00

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María Paula Lizarazo y Andrés Osorio Guillott

Cultura

Percusiones, cumbias e idiosincrasias en Paipa

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