Profesores que no leen

Hace unos días me sorprendí con la confesión de un profesor universitario. Con gran carga de candor dijo ante varias personas que no había leído a Rayuela, que sí había escuchado hablar de Julio Cortázar, pero que no tenía la menor idea del libro.

Archivo particular

Alguien de inmediato le explicó la fascinante estructura de la novela, del juego al que es sometida la subjetividad del lector y de sus múltiples finales. Se le explicó que puede leerse de muchas maneras y que constituye una de las obras centrales del boom latinoamericano. “¡Múltiples finales?, no entiendo”, dijo. El profesor quedó entusiasmado. Le hablaron del Capítulo 7 y le dijeron que en YouTube podía escucharlo en la propia voz de Cortázar. Con ojos de hallazgo, aseguró gozoso: “Voy a leerla”.

En un principio me pareció ejemplar su honradez, porque no todos los profesores están obligados a conocer a determinados autores. Es obvio. Pero después me di cuenta de algo aciago en esa apreciación que denuncia un desmedido problema en la educación universitaria en nuestro país, pues acto seguido me enteré de que este señor es, nada más y nada menos, que profesor de Creación literaria.

Surgieron entonces preguntas: ¿Cómo se ha mantenido durante todo este tiempo este señor como profesor de creación literaria? El asombro se volvió pasmo al pensar: ¿cómo puede un hombre, con escasas lecturas, convertirse en profesor de creación literaria?

El orden de las cosas es claro, el camino, expedito. Este profesor es conocedor de todo el andamiaje oficinesco de la facultad. Es competente en el manejo de formatos. Tiene un buen puntaje en las evaluaciones. Es posible que sea un experto en estas rutinas y tiene el camino despejado.

Pero esta falencia ––que no debería tener importancia––, el desconocimiento de una de las obras cumbres del boom latinoamericano, encarna un doble riesgo: 1. Este profesor tendrá problemas ante los alumnos que vienen con cierto bagaje de lectura de su secundaria. 2. Este profesor será un problema ante los alumnos que no tienen unas lecturas suficientes. Doloroso. La maquinaria anquilosada de nuestra educación explica cómo el orden de las cosas convirtió a este profesor en el “guía” de alumnos que quieren escribir.

Hay que decirlo tal cual: casi todo el tiempo los educadores en nuestras universidades están en medio una burocracia educacional. ¿En qué momento leen? ¿En qué punto del día tienen la tranquilidad para crear nuevas ideas en pro del desarrollo de las competencias de sus alumnos?

Se trata de actas, informes de cada alumno, evaluaciones de las evaluaciones, formularios sobre el trabajo del docente, actas de reuniones, actas de no reuniones, memorias, requerimientos, llamados de atención, autoevaluación, unidades didácticas. Me quedo corto.

Toda esta labor se justifica en las rendiciones de cuentas de los trabajadores, tan ardua no en sus contenidos sino en sus reiteradas formas que terminan impidiendo que los profesores dediquen su tiempo a asuntos verdaderamente productivos como la investigación y la preparación de las clases.

El afán de asegurar una supuesta meritocracia en el ámbito universitario ha hecho que el control de los profesores se traduzca en una desmedida cantidad de trabajo burocrático forzado por la supervisión de las jerarquías. Pero a pesar de esta supervisión a los docentes se les endosan asignaturas sin revisarles el perfil, situación que influye en la calidad educativa.

No sólo es dictar clases

La labor del docente universitario no sólo es dictar clases, también es investigar, ir a congresos, escribir, evaluar, solicitar fondos para nuevos proyectos, publicar, confrontar sus propias ideas con las ideas de otros investigadores, y, sobre todo, concebir nuevas realidades y senderos de su disciplina.

Le sugiero al lector que hable con cualquier profesor universitario y lo confirmará. No hay tiempo para nada de eso y mucho menos para la mejoría, la reflexión y la creación.

La docencia, la investigación, la extensión a la comunidad ––tres labores básicas de la educación–– son rebasadas de manera abrupta por la gestión, una labor que puede ser cumplida por un auxiliar administrativo y no por un docente.

A mi juicio creo que sólo se salvan aquellos cuya formación estuvo guiada por la pasión y la dicha que surge del acopio de información necesaria para ser profesionales íntegros y formadores.

Se desconfía del personal docente “investigador”, y también del administrativo. Todo ello conlleva un control de todos sobre todos. La obligatoriedad es tal que los procedimientos largos, costosos y, en la mayoría de casos inútiles, le quitan el puesto a la dedicación para forjar nuevos profesionales.

El imperio de lo administrativo

Alguien con sensatez debe repensar a las instituciones educativas que aspiran a la eficacia, a la eficiencia y a una mayor productividad, estas estrategias sin duda lo estropean todo.

Así las cosas, entonces, no hay diferencia entre burocracia pública y mercado privado. Las labores administrativas han proliferado, están por todos lados. Nos trenzan los espacios. Nos ahorcan.

Ser operador del papeleo es desconocer la ley de Pareto. No hemos aprendido la lección de austeridad del presente siglo, pareciera que no tuviéramos la tecnología moderna a nuestro alcance, ya que las labores administrativas nos imponen trampas.

Tontos somos si creemos que el papeleo encarna aquello del Mejoramiento Continuo del que hablan los teóricos de la nueva empresa. Tontos somos si pensamos que llenar formularios es aplicar el kaizen, ese ritual personal e íntimo que llevó a los japoneses a convertir a su país en líder de la economía mundial y cuya raíz lo explica todo.

Con el piano del papeleo encima los profesores no tienen maneras de servir a una sociedad. Se limita su propio conocimiento, reduce sus posibilidades de leer la realidad y estropea su motivación, pues él sabe en su fuero íntimo que todo eso no tiene sentido.

Hay mucho de impostura en todo esto porque convierte a los educadores en seres pasivos y adictos al papeleo. Pues es una manera cómoda de sortear otras responsabilidades que exigen un mayor esfuerzo creativo, como sin duda le ocurre al desconocedor de Rayuela. En cambio, lo que se crea en el ambiente de las universidades es una impronta de competitividad insana.

Ese papeleo es un conjunto de reglas en apariencias perfectas y estables y que virtualmente ofrecen transparencia e igualdad a cambio de un pequeño esfuerzo. Pero se trata de un engaño.

De todos los trabajos del orbe, el de profesor es el más difícil de cuantificar por lo ambiguo de sus resultados, por lo intangible de sus recursos y sobre todo porque­, en el epicentro de una investigación, el esfuerzo y su recompensa no son constantes y porque una investigación es en realidad una “construcción”.

La docencia universitaria puede mejorarse por medio de la experiencia, la formación y el esfuerzo y no en el acto de tachar formularios. Es humillante para la razón humana el no conducir a nada en su utilización pura, aseguró cierta vez Emmanuel Kant.

Robar el neshumah

El panorama para los profesionales futuros es triste. A todos les robarán el neshumah. Esta expresión en yiddish quiere decir que es pecado arrebatarle la alegría a alguien, o, apagarle su llama.

Este profesor universitario, con herramientas tan escasas, es capaz de robar el neshumah a sus alumnos. Ocurre cuando, por ejemplo, un joven que está orgulloso de su cuento o de su poema, su profesor en lugar de darle una palmada en el hombro, lo que hace es cortarle sus alas.

Destruir los planes ajenos, el demérito, es lo primero que hace un profesor que no lee.

El decirle a alguien que su trabajo no sirve para nada, para los yiddishes, es el peor de los pecados, nos vuelve ruines, es crear una cadena de dolor que se transmite hacia uno mismo.

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