Entre líneas

¡Que vivan los libros incómodos!

Hace unos días me encontré con una mujer en una librería que buscaba un libro para regalarle a su hija de nueve años. Le hablé de 24 señales para descubrir a un alien, una novela que escribí sobre un niño que, imaginando que su padre es un extraterrestre, llega a entenderlo un poco mejor. O por lo menos a conocerlo más sin que duela tanto su diferencia, su distancia.

24 señales para descubrir a un alien fue la ganadora del 3er concurso de escritura Tragaluz en el 2016.Cortesía

 La mujer me devolvió el libro. Dijo que justamente su hija tenía una relación difícil con el padre y que le daba miedo abrir esa herida.

¿Realmente cuidamos más a un niño evadiendo hablar de lo difícil que es el mundo, cuando él, por sí solo, ya se dio cuenta de eso? ¿No sería acaso mejor intentar sanar esa herida en vez de dejarla ahí, arraigada, irresuelta? Les huimos a libros, a conversaciones, a realidades que nos incomodan, pero solo dilatamos lo inevitable: que nuestros temores, rabias y dolores nos confronten y nos hagan ver más allá de lo que consideramos “seguro”.

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De niña, lo que más me dolía era que los grandes no me hablaran de lo que pasaba, aunque sí lo discutían entre ellos, tras la puerta a la que yo pegaba la oreja. Yo sabía que mamá no estaba en la casa, que algo no andaba bien, pero nadie decía nada. Como si escuchar que estaba enferma fuera a hacerme más daño que lo que yo estaba pensando, porque uno a veces puede pensar lo más terrible.

Tengo la convicción de que leer un libro (y a veces escribirlo) es la manera más poética de comprender eso que nos molesta. No importa la edad. Los buenos libros no nos dan discursos, sino que nos cuentan historias que se sienten nuestras, historias que dan la vuelta, que hacen preguntas, que ofrecen otro mundo posible.

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Por ejemplo, habría que leer Tengo miedo (Babel), de Ivar Da Coll, para abordar el desplazamiento, el secuestro o los desastres naturales que igual se ven en las noticias del país, pero sin esas ilustraciones tan gentiles, sin esa reflexión de que los malos nunca descansan. O buscar en 48 palabras (Tragaluz), de Pilar Gutiérrez y Alefes Silva, esas palabras que nos unen y separan de los que más queremos, que nos muestra que no hay relación plana, sin matices. Y si de ausencias se trata, vendría bien Cuando los peces se fueron volando (Cataplum), de Sara Bertrand y Francisco Javier Olea, porque podemos aparentar que no sentimos ese vacío del otro, pero no podemos negar cuánto nos importa. Sí, los libros deberían incomodarnos a veces. Ellos nos hablan con las frases más francas, con todo el tiempo del mundo, para que así podamos entender.

 

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