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Qué volumen el de las Puloy de Montecristo

Martha e Isabel Muñoz resguardan la tradición de las Negritas Puloy, una comparsa de mujeres que aportan alegría al Carnaval de Barranquilla desde la década de 1970.

Las Negritas de Puloy se convirtieron en comparsa en 1984. / Emmanuel Upegui

—¿Y es que no podías prometerle a Dios otra cosa? —le reclama Isabel Muñoz a su hermana Martha todos los años en época de carnaval.

—¡Pero, niña! Si es que las promesas se pagan con algo que de verdad duela cumplir.

Una mañana de enero, hace más de veinte años, Martha quedó paralizada cuando quiso levantarse de la cama. Se le doblaron las rodillas, le fallaron las piernas, le pesaron las manos. Algo le pinchaba la piel, le tiraba los músculos y le enfriaba los huesos. Algo adentro, muy adentro, le machacaba las entrañas. Cuando llegó al hospital, le dijeron que tenía una hernia de disco y que necesitaba cirugía.

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Los riesgos no eran muchos: infecciones, daños en los nervios, una mala respuesta a la anestesia. Pero los pronósticos eran poco alentadores: la operación podía ser en vano y no servirle de nada. Fue entonces cuando hizo la promesa, cuando cerro los ojos, apretó las manos y le pidió a Dios que la sanara sin necesidad de cirugías. El trato era sencillo: a cambio, ella no volvería a disfrazarse de Negrita Puloy para el Carnaval de Barranquilla. No bailaría en la comparsa ni desfilaría por la Vía 40. No usaría falda roja con pepas blancas ni mandaría besos coquetos.

Tal parece que Dios estuvo de acuerdo porque Martha volvió a caminar y desaparecieron los dolores. Tiene 53 años y pasan los meses sin que se acuerde de su hernia. Sin embargo, todos los años, cuando se acerca el Miércoles de Ceniza y comienza el carnaval, una punzada en la espalda y una cojera repentina le sirven de advertencia: “Cumple con tu parte, que Dios ya cumplió la suya”.

Las primeras veces fueron difíciles y las siguientes, quizá peores. Las hermanas Muñoz, Martha e Isabel, fundaron la comparsa hace 35 años y desde entonces su casa, en el barrio Montecristo, se ha convertido en la sede Puloy. Los fines de semana se llena de negritas que ensayan coreografías y discuten presupuestos, y en las vísperas, aparecen pelucas sobre las mesas, zapatos brillantes por los rincones y vestidos de pepas en los espaldares de las sillas. La música no se calla, la puerta está siempre abierta y adentro nadie descansa.

—Mira que uno puede hablar con Dios. Le cuentas que tú ya le cumpliste y levantas ese juramento —le insisten a Martha todas las Puloy.

—No puedo. Una promesa es una promesa.

Hay cuatro de días del año en los que Barranquilla se vuelve frenética, la sensatez desaparece y solo queda el delirio de la fiesta. En los que Joselito resucita para volver a morirse, ebrio y cansado de tanto bailar. En los que la música no se apaga y el aburrimiento queda prohibido por orden del Rey Momo. Cuatro días de garabatos, danzas y cumbiambas; de guachernas, desfiles y espectadores blancos de harina; de marimondas, monocucos y Negritas Puloy. Hay cuatro días del año en los que Barranquilla es puro carnaval.

Sobre su origen no existen muchas precisiones. Unos dicen que comenzó hace miles de años, con los romanos y sus fiestas dionisíacas para despedir el invierno y recibir la primavera. Otros, que viene de algún carnaval español con el que celebraban la recolección de la cosecha. Y un par de borrachos amanecidos grita que se lo inventó Belisario Betancur cuando fue presidente para curarle al país el despecho de no haber sido anfitrión en el Mundial del 86.

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Todo arranca con la Batalla de Flores, el desfile más antiguo y tal vez el más esperado. A la cabeza, baila la Reina del Carnaval y la siguen las carrozas, los grupos folclóricos y las comparsas. La idea fue del general Heriberto Vengoechea, que en 1903, después de acabarse la Guerra de Mil Días, propuso flores en vez de balas. El 21 de febrero de ese año, las familias más prestantes decoraron sus carros con flores naturales y recorrieron la ciudad disparando confeti y cañonazos de perfumes carísimos con un atomizador.

Los carros se volvieron carrozas y les añadieron coreografías, disfraces y música. Desde 1991 pasan por la Vía 40 y los espectadores celebran desde sus palcos con graderías, en sus asientos numerados y a la sombra de sus techos de zinc. Pero antes estaban en la Avenida Olaya Herrera y las podían ver desde los andenes, llenándose de espuma y bailando entre marimondas.

Desfilar en la Vía 40 es la meta de todas las comparsas, pero solo 11 de las 150 que se inscriben en cada carnaval salen en la Batalla de Flores, las que hayan ganado el Congo de Oro en la versión anterior, una estatuilla que se llevan los mejores puntajes. Al resto le queda los desfiles paralelos: el del Rey Momo, por la calle 17, y el de las Flores del Recuerdo, por la Vía 44. Esta vez, las Negritas Puloy van a Las Nieves, Chinita, Simón Bolívar y Rebolo, los barrios populares del sur del Barranquilla. En las calificaciones pasadas les quedaron faltando 15 puntos y en vez de la Vía 40 les tocó la del Rey.

—Si en pleno vacile salgo volando, ya saben ustedes por qué fue —dice Marina mientras acomoda un par de toallas sanitarias en unos tacones dorados.

La casa de las Puloy, en la calle 49 del barrio Montecristo, está despierta desde las cuatro de la mañana. Las negritas han ido llegando por turnos y conversan animadas mientras pegan botones, les sacan flecos a las cintas de los moños o esperan su turno de maquillaje. A las que tienen listos los ojos, les falta la escarcha. A las que tienen la escarcha, les falta color en las mejillas. Lo de las toallas sanitarias es un truco viejo, pues el roce del pavimento calienta los zapatos y quema la planta de los pies.

A Marina solo le falta el paraguas. Ya tiene la trusa negra, la falda roja de pepas blancas y las arandelas en los hombros. Lleva puestas las candongas, la peluca afro y el moño que le hace juego. Todos los años hay algo distinto: un abanico, un delantal, un platón con frutas en la coronilla, una falda más corta, unos zapatos más altos o unos labios más rojos.

—Se lo inventó mi suegra, Natividad López, en los años 60 o 70 —cuenta Isabel—. Ella quería ir a los bailes del carnaval, pero como antiguamente las mujeres no podíamos entrar solas porque estaba muy mal visto, se puso de acuerdo con unas vecinas para disfrazarse y que no las reconocieran.

El plan era pasar por hombres vestidos de mujeres. Medias negras en las manos, mallas en las piernas, un delantal muy ancho y enaguas hasta las rodillas. Una máscara de tela negra para cubrirse la cara, un retazo rojo que hacía las veces de boca y una pañoleta en la cabeza. Se colaban en las fiestas con sartenes, plumeros y escobas fingiendo que limpiaban y si por casualidad se encontraban a los maridos bailando borrachos, los sacaban a escobazos apelando a la amnistía carnavalera.

Después de algún tiempo, las negritas de Natividad quedaron olvidadas y volvieron a aparecer en la década de los 80, cuando Isabel y Martha se cansaron de ser público y revivieron el disfraz. Tomaron como muestra el logotipo de una harina venezolana y salieron en un grupo pequeño, “de seis o siete”, cuentan ambas. Al siguiente año ya eran veinte y en 1984 se convirtieron en comparsa.

—Cuando comenzamos les hacíamos homenaje a las negras esclavas y empleadas del servicio. “Puloy” es pull oil, que significa quitagrasa en inglés —explica Martha. Pero esas negras ya son profesionales, empresarias y presidentas. Ellas cambiaron y nosotras también.

Suena un tambor en el barrio bajo, durante el Carnaval de Barranquilla, ya va comenzar el relajo, dice el primer verso de una canción de la Orquesta Shekeré, dos veces ganadora del Congo de Oro. A las dos de la tarde, del primer sábado de marzo, comienza la Batalla de Flores. Por la Vía 40 pasa la reina seguida de las carrozas, los patrocinadores, los medios de comunicación y los famosos de turno.

Viene el cantar del millo y la conga, vienen brincando las marimondas. Diez kilómetros más al sur, en la calle 17 con carrera 33, se alista el desfile del Rey Momo. Lo acompañan las reinas populares, El Loco Peinilla, del barrio La Chinita, y La Barriga de Trapo, un tributo a quien hace veintidós años hizo creer que iba parir ocho hijos de un solo esfuerzo. La gente les grita desde los bordillos y las terrazas de sus casas. Los saludan en los andenes y bailan con ellos en la calle. Una sonrisa burlona tras la Negrita Puloy, pues la brisa le alzó la falda y se le vio su morrocoy. Las Puloy de Montecristo llegaron temprano. Son más de cincuenta y están listas para bailar por la 17. Aunque han ido dejando secuelas entre otras comparsas, siguen siendo la primeras. “¡Hola familia!”, les gritan a los grupos de negros y negras vestidos de pepas cuando los ven pasar. La suya es también la única con solo mujeres. Los papás, los primos y los novios que las acompañan van de chaperones.

A veces nos ponemos a pensar que nos faltan los negritos pa’l vacile —dice Martha—, pero eso es buscar problemas. Ya tú me entiendes.

¡Qué volumen y qué volumen! Que volumen el que tiene la Puloy. ¡Ay, cuánto diera yo por besar su morrocoy! Ellas quiebran las caderas con cada golpe del tambor, hacen girar sus sombrillas y se inclinan coquetas para lanzarle besos al público. Martha e Isabel caminan al lado, con pelucas y guiños a ese fondo rojo de bolitas blancas en el que han que han ido dejando su vida. Ninguna de las dos baila, Isabel porque ya casi cumple setenta años y Martha porque sigue pagando su promesa.

¡Qué volumen y qué volumen! Que volumen el que tienen las Puloy.

 

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