¿Quién estás siendo?

Mientras veía Inconcebible, la serie de Netflix, pensé varias veces en lo poco que me pregunto en quién me voy convirtiendo.

Poster de la serie "Unbeliavable" (Inconcebible), creada por Susannah Grant. La serie salió al aire el 13 de septiembre.Cortesía

A menudo, tengo claro quién quiero ser. Incluso, cuando era niña respondía con seguridad si me hablaban de profesiones. Pero voy creciendo, parece que alienándome. Supongo que el afán y el ruido de la vida van disminuyendo esa agudeza para mirarme al espejo y preguntar en voz alta: ¿quién estás siendo?

La serie, entre otras cosas, me sirvió para eso: para no dar por sentado que la mujer que creo que he sido, sigue estando. Para aceptar esos cambios que van llegando y entenderlos, no como una ráfaga que aniquila y sí como el camino mostrando su perspectiva. En nuestra sociedad decirle a alguien cómo has cambiado, casi siempre es la antesala de un reproche, retumba como un mal presagio, como aquello que la otra persona no esperaba de nosotros: de todo lo que podía pasar, eso, eso en lo que te convertiste, era lo peor. Cómo si de quietud se tratase la vida.

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En todo caso, últimamente me he sentido distinta. Vaya uno a saber qué significa esa palabra tan amplia y tan densa, pero así ha sido. Elijo planes cada vez más serenos, lugares menos ruidosos. Me preocupa lo que le estoy entregando a mi mente, porque sé que es mi paz o mi infierno. Opino menos, pero trato que sea mejor. Agradezco por tres cosas después de notar que me quejé de una. Intento verle el lado claro a las cosas con más frecuencia. Supongo que eso es empezar a sentir el paso de la vida. Estoy cambiando, mudando las ropas usadas, como diría Pessoa, para emprender la travesía.

Lo más especial de mirarme al espejo, de preguntarme en quién me voy convirtiendo, es reconocer que soy un costal de préstamos: que a mi papá le copié la música nostálgica, las fotos, el orden, los libros. También la terquedad. Que tengo los gestos de mi mamá, su mirada, su llanto, su manera de dormir. Diminutos ademanes donde parecemos una réplica. Que, además, copio —genuinamente— actitudes, conclusiones de personas que admiro y así voy siendo lo que quiero. Supongo, entonces, que este nuevo hábito, el de darle la bienvenida a mis cambios es parte de la travesía. Me gusta pensar que al final no somos más que un montón de préstamos entre todos y así nos la pasamos: mirándonos al espejo, encontrando lo novedoso, despidiendo lo que ya no, acomodando lo que entonces sí.

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Juliana Londoño

Cultura

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