Arte y memoria

Reminiscencias del paisaje

“Tierradentro” y “Un solo río” son las exposiciones temporales del Museo Arqueológico (MUSA), un espacio que resguarda la colección más importante de piezas precolombinas de cerámica.

Cauca y Huila son algunos de los territorios explorados por el Colectivo MUSA. / Cortesía Museo Arqueológico (MUSA)

A tan solo un par de cuadras de la Plaza de Bolívar, en las calles donde aún se conservan rastros de la colonización y en las que se reúne gran parte de los testimonios que han conformado la historia política del país, se halla la que fue la casa de José Miguel Lozano de Peralta, más conocido como el marqués de San Jorge. La edificación, que es un símbolo del auge arquitectónico de Bogotá en el siglo XVII, conserva algunas de las pertenencias del marqués y en sus diversos pasadizos y secciones aún se respira la humedad de la madera que conforma su suelo y aún se escuchan algunas voces de los comerciantes y políticos que visitaban la casa de don José Miguel Lozano y de las directrices religiosas que tomaron la casa en la primera mitad del siglo XX.

En 1973 la casa pasó a manos del Banco Popular. Desde entonces, y tras una restauración del edificio, allí funciona el Museo Arqueológico (MUSA), cuyas instalaciones resguardan la colección más amplia y diversa de piezas precolombinas de cerámica. Junto a la sede que está ubicada en el barrio La Merced en Cali, el Banco Popular se ha encargado de proteger estos tesoros que no brillan pero que sí enriquecen la identidad de nuestro país, pues la elaboración y el trabajo de los objetos de cerámica refleja los rituales y la cotidianidad de nuestras comunidades indígenas. Piezas de las comunidades calima, chimila, guane, guayupe, muisca, quimbaya, sinú, tierradentro y tayrona son algunas de las muestras que albergan las paredes y los jardines del Museo Arqueológico (MUSA).

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Las exposiciones temporales “Tierradentro” y “Un solo río” demuestran el trabajo de los curadores y su compromiso con el reconocimiento y la reflexión sobre los territorios que fueron o son habitados por comunidades indígenas, las cuales han ofrecido una mirada integral de la relación de los humanos con la naturaleza mediante ritos y costumbres que definen su identidad. Empleando distintas capas, tal como lo menciona Óscar Sanabria, curador de la exposición “Tierradentro”, el visitante puede detallar una vista general y una vista específica de las piezas y los paisajes.

“El punto de partida es una reflexión sobre el paisaje”, menciona Sanabria. Quedarse con la simple vista del paisaje, con el asombro de todo lo que lo rodea, es olvidar, quizás, el pasado y la historia que ese territorio ha tenido al pasar los años. Y es justamente ahí, donde el colectivo MUSA quiere suscitar preguntas en el público. ¿Qué rastros o huellas tiene ese paisaje? ¿Cuál es la memoria del lugar? ¿Cómo nos repensamos a partir de ese territorio particular? Ir más allá del paisaje que resulta familiar y no conformarse con lo que tenemos a primera vista es la idea de “Tierradentro” y de preguntas que constatan el objetivo de encontrar otras evidencias y otros elementos que nos digan algo más o que arroje nuevas pistas sobre el pasado y la memoria del lugar.

Algunas de las piezas que conforman “Tierradentro” son cinco urnas fúnebres y una olla con un trípode que datan del año 1000 a. C. hasta el 1600 d. C. Sumada a estos objetos arqueológicos, que hacen parte de la colección del Museo, se encuentra una serie de mapas y videos que nos trasladan a Tierradentro, Cauca, territorio habitado por resguardos indígenas y conformado por algunos hipogeos; es decir, construcciones subterráneas donde se realizaban los rituales correspondientes al entierro.

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“Un solo río” es la segunda exposición temporal del colectivo MUSA. Por medio de los sonidos del agua y con algunas imágenes provenientes de la Fuente de Lavapatas, en el Parque Arqueológico de San Agustín, se busca que los visitantes participen en lo que los curadores llaman una “arqueología de los sentidos”. Imaginarse el flujo del agua, los vacíos de las rocas por donde pasa esa tímida corriente acuática y observar el camino que conduce a territorios profundos, es imaginarse, también, el pasado de la zona, es realizar un ejercicio de retrospectiva en el que un anacronismo nos lleva a comprender los efectos del tiempo en todo tipo de espacios. Las transformaciones a las que se ve sometida la naturaleza y los espacios que habitamos pasan muchas veces desapercibidas, pues tendemos a creer que lo que nuestros ojos tienen al frente ha sido siempre igual, de manera que olvidamos o ignoramos que esos paisajes también han sido víctimas de la inclemencia del tiempo, de giros voraces que trastocan la pureza de lo natural y que también reducen la existencia de las comunidades que por siglos habitaron nuestra tierra y de las que ahora solo quedan sus objetos rutinarios y ancestrales en museos y colecciones, para recordar el valor de su cultura en la construcción de la identidad de los pueblos de América Latina.

 

 

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