El poeta conversará hoy con Giuseppe Caputo

Robert Pinsky: el devorador de poemas

El poeta norteamericano Robert Pinsky, de 79 años, será uno de los invitados principales al Festival Las Líneas de su Mano 12 en el Gimnasio Moderno.

Robert Pinsky es el editor de poesía de la revista “Slate”. / Katy Winn - AP

Pinsky no es un poeta muy leído en español si tenemos presente que el único libro que se consigue en nuestra lengua es una selección de poemas realizada por Vaso Roto en el año 2014: Ginza samba. Poemas escogidos. Su publicación supuso la entrada de este poeta al mundo hispano, completamente desconocido para los lectores, aunque entre sus logros se pueda reconocer que ha sido el único poeta estadounidense en ser laureado por el Congreso de su país durante tres veces consecutivas. Pero, es cierto, un poeta laureado no es necesariamente grande. No son las medallas ni los reconocimientos los que hacen importante a Robert Pinsky (Nueva Jersey, 1940), sino su posición estética ante la poesía, el arte y la vida. Y la opción estética que ha escogido Pinsky, su forma de acercarse al mundo, su forma de mirar, viene más de la música, del jazz, que de la literatura misma. Podríamos decir que la suya es una poesía hija de una inclinación por completo pragmática, del apetito del poeta por la realidad.

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“Cuando comenzaba, estaba vagamente consciente de que ignoraba modas: un cierto tipo de imagen o material, un cierto conjunto de palabras, tal vez alentado por categorías académicas. Intuitivamente, desde muy joven, las despreciaba. Términos como ‘Beats’ o ‘confesional’ o ‘imagen profunda’ no significaban nada real para mí. Bendita ignorancia: leía a Allen Ginsberg de la misma manera en que leía a Emily Dickinson o Pablo Neruda, y leía a William Carlos Williams de la misma manera en que leía a William Butler Yeats y a Constantine Cavafis. Era muy ignorante como para ser muy pedante, y muy enconado por los sonidos de la poesía como para sentir alianza con algún partido o escuela. Devoraba poemas. Escupía taxonomías. En ese sentido, respondía felizmente al ABC de la lectura (El arte de la poesía) de Ezra Pound”, comenta el autor en una entrevista realizada por Alí Calderón y Dimitris Angelis para la revista Círculo de Poesía.

La primera vez que supe de este poeta fue cuando encontré unos versos suyos en alguna página de internet y me dio la sensación de que aquello que leía podía ser, fácilmente, la letra apropiada para ambientar las melodías de Duke Ellington o el mismo John Coltrane. Yo sentía algo de misticismo, de musicalidad, en esos versos. Entonces, me vi en la necesidad de buscar alguno de sus libros y el que encontré me permitió confirmar lo que ya había pensado. History of my Heart (1984), título que obtuvo el premio William Carlos Williams en su momento, es una de esas piezas que invitan a la reflexión de nuestros días y, además, ofrecen un momento de lectura nada menos que agradable. Cuando la poesía logra cautivar, mojar la cara, incomodar, es cuando se hace intensa y su propósito consigue razón.

“Los versos de Pinsky se expanden por todos los rincones de lo existente, y lo abrazan, lo manipulan o lo desmienten. No temen a nada; no descuidan nada: cualquier cosa puede ser objeto de un poema; todo, aun lo más nimio o feo, es digno de ser cantado”, menciona Eduardo Moga, en un artículo publicado por la revista Letras Libres. “La transmutación poética de la realidad obedece a un sentido de responsabilidad social: Pinsky ha sido considerado el último poeta ‘cívico’ o ‘público’ de su generación”.

Sus palabras se asoman siempre a lo más próximo, a lo exageradamente cotidiano: un libro, una manzana, un programa de televisión. Esto es algo muy común en los poetas de su generación, los hijos del Beat y la posguerra. Sin embargo, la historia y la política suelen ser temas bastante recurrentes. Aquí, las referencias bíblicas y los guiños al delirio de un maníaco del jazz, el presente y el pasado, se entrelazan sin ningún tipo de fisura ni excepción. “(…) se afirma [además] en epifanías absurdas, como el tenis, al que Pinsky dedica un largo poema de Sadness and Happiness [que debería entenderse] como una alegoría existencial, como una flemática reflexión sobre la victoria y la derrota, sobre la comprensión a la que nos aboca de lo que alcanzamos y de lo que dejamos de lado para alcanzarlo”. Su poesía habla de sexo, en todas sus versiones, pero no por ello su obra se torna erótica, al contrario, se hace mucho más humana; habla, también, de la misma poesía y de aquellos momentos épicos que tanto nutrieron al arte. La música, no hay que dejarla de lado, está más que presente y es una clarísima influencia, como ya lo enunciaba antes. Pinsky ha sido saxofonista antes y uno de sus anhelos era tocar jazz, pero, al no encontrar un camino, decidió cambiar su instrumento por la pluma y el papel. El ritmo de las oraciones, la cadencia de las palabras, el sonido de la declamación, dan cuenta de una melodía percutiente, sincopada, como la del jazz, precisamente, que, “contribuye al flujo discursivo pero imprevisible de los versos, a sus constantes espasmos ilativos (…) El afán globalizador de Pinsky, ese que le lleva a verter la poesía en todos los aspectos de la realidad, o todos los aspectos de la realidad en la poesía, alcanza también a los más ominosos: la muerte [por ejemplo]. Sin embargo, no es una muerte pensada, una angustia abstracta, sino un terror arraigado en las cosas, esas que, dice Pinsky, “cada día se apagan”, como “el golden retriever de al lado, Gussie” o “Sandy, el cocker spaniel tres puertas más abajo / que murió cuando yo era pequeño (…)”.

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Su dicción incorpora, casi al mismo nivel, expresiones cultas y coloquialismos, exageraciones, bruscos giros, puñetazos, palabrotas. No es un poeta que se abstenga de recurrir a las malas palabras, no se escandaliza si llega a ser ofensivo o soez, eso lo hace, incluso, mejor escritor. Dueño de un humor negro que es bien particular, sus líneas son pensadas, a menudo, para ser acompañadas por la melodía del piano o la del mismo saxofón, el sonido de los platillos y el violonchelo que va por lo bajo. La suya es una poesía para leer en las noches, con una copa de vino y el saxo de Charlie Parker como banda sonora. Es, sin duda alguna, una poesía sonora.

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Por: Santiago Díaz Benavides @santiescritor

Cultura

Robert Pinsky: el devorador de poemas

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