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Homenaje por su natalicio

Roberto Burgos Cantor: escritor ejemplar, maestro de nuestra generación

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá se presenta “Orillas”, su último libro de cuentos bajo el sello Seix Barral. Un amigo y colega valora su obra.

Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena el 4 de mayo de 1948 y murió el 16 de octubre de 2018 en Bogotá. Aquí en la Universidad Central junto al nobel de literatura chino Mo Yan. / Cortesía

Desde su primer libro de cuentos, Lo amador (1981), hasta su última novela, Ver lo que veo (2017), Roberto Burgos Cantor expresó, mediante un estilo muy personal, de acendrada médula poética, el desmadre de nuestra sociedad y su posición frente a ello, su solidaridad con los desposeídos, su desazón, su inconformidad por la situación que padecen los marginados, pero también pintó el gozo de estar vivos, de simbolizar mediante la escritura y todas las artes, de entregarnos al placer de amar y zambullirnos en el mar, de comer arroz con coco y mojarra, de bailar o ver una buena película o asistir a un concierto de Alejo Durán o Totó la Momposina, de viajar y regresar a casa y cargar a las nietas o tomarse un trago con los amigos. Porque lo que sí tenía claro es que nuestro objetivo en esta vida es “ser felices”. (Cómo no ser devorado por el monstruo García Márquez).

Sobre el notable aliento poético de su escritura, que todos los críticos destacan, algún día me dijo: “El asunto de lo que señalas como poético es que termina uno por encontrarse con que lo único que le devuelve la libertad a la prosa es la poesía. Si no la prosa se vuelve muy doméstica, ‘muy prosaica’; la poesía le permite libertad y le confiere mucho ritmo”. (La poética de la memoria de Burgos Cantor).

Hay lazos sutiles entre los cuentos que le inspiraron los vecinos del barrio Lo amador, donde creció, y su última novela, en la que uno de los escenarios es un barrio de invasión en Cartagena, como si un sentido premonitorio lo hubiese llevado a tejer y atar cabos sueltos. Además, Cartagena sufrió, en el término de su primera juventud a su madurez, una transformación impresionante, y él como todos fue testigo y supo consignarlo en sus textos.

Desde su primer libro de cuentos trazó los linderos de su campo narrativo, de su experimentación con las palabras. Quiso ante todo aprovechar la oralidad, la subversión del lenguaje popular, el humor, el erotismo de la gente común y corriente, regresar a su infancia, al puerto, a los muelles, al mercado, a sus islas, meterse en los barrios donde viven las modistas, contar historias de muchachas que quieren ser cantantes, hablar de mecánicos, de ladrones, de sirvientas, de boxeadores, de putas… Esos cuentos están escritos con mucho ritmo y desparpajo, son la habladuría del pueblo que no escribe libros, son chismes metafísicos, polifonías que nacen de las voces en la radio, en las canciones, en el cine, en la calle.

Aun cuando vivió los últimos cincuenta años de su vida en Bogotá, Burgos Cantor jamás dejó de pensar y escribir sobre su ciudad, de la que se alejó al terminar el bachillerato para estudiar Derecho en la Universidad Nacional, institución que le otorgó un doctorado honoris causa en 2015.

Autor de una docena de libros, entre ellos la colosal Ceiba de la memoria y de centenares de notas periodísticas, en las que hablaba de lo que veía y leía y nos deleitaba con sus observaciones materiales y espirituales, su humor y sus certeras críticas a las injusticias y la locura de nuestra sociedad, la obra de este cartagenero nacido el 4 de mayo de 1949 está ahí al alcance de esta generación y las venideras como un testimonio del humanismo y el “aguaje” de un hombre sabio, honesto y muy discreto, generoso y cariñoso, poeta más que cronista, y a quien, parafraseando a Montaigne cuando hablaba de su gran amigo Etienne de la Boétie, lo queríamos mucho “porque era él, porque éramos nosotros”.

Como su gran amigo Arnulfo Julio Jiménez, y como su hermano, el médico Javier Alonso Burgos Cantor, leía mucho a Montaigne, autor francés del siglo XVI, que entre muchas otras cosas enseña lo de la concentración, “algo que cuesta mucho, concentrarse bien en lo que vale la pena, en lo que es interesante, y descartar el resto”, como explicaba el escritor chileno Jorge Edwards, autor de una novela llamada La muerte de Montaigne.

Roberto Burgos se concentró en la escritura y en la lectura desde el fin de su adolescencia, y aquí es inevitable recordar ese poema de Álvaro Mutis, “Amén”, cuyo comienzo es: “Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos… al retorno de una furiosa adolescencia”.

Puede sonar catastrófico lo que voy a decir, pero siempre se escribe para no morirse, para durar, para no desaparecer, dijo en varias oportunidades. Hasta el 16 de octubre de 2018, cuando se despidió de esta vida, mantuvo intacto el sueño de crear y durar, soñando y haciendo esa obra en marcha, pensando en esa nueva novela que tenía ya casi completa en la imaginación, anotando ideas para esos nuevos cuentos que se le ocurrían. En el balcón del apartamento que él y sus hermanos heredaron en Manga pasó sus últimos días escribiendo.

Gracias al ejemplo y a la biblioteca de su padre, Roberto Burgos Ojeda, desde niño comenzó a leer a los clásicos y los modernos, y a desear en el fondo de su alma, no ser abogado, sino cantar y contar, convertirse en escritor. Uno de sus libros de cuentos se llama precisamente Quiero es cantar.

“La exigencia de la palabra que revela el consentimiento del sentir. Como si el mundo existiera más y fuera más verdadero si lo nombro”, dice el narrador del cuento “Con las mujeres no te metas o macho abrázame otra vez”, del libro Gozos y desvelos.

En su novela Ver lo que veo, una obra de aliento balzaciano, con más de 500 páginas, también está, como en toda su obra, la risa, que ayuda a ahuyentar los pensamientos serios. Al final, al borde del suicidio, un personaje se dice: “debía escribir y dejar una carta, un cartel, una escritura pública de reclamo a la vida, de constancia de sufrimientos o de desdeño”.

El nunca dejó de escribir y en eso fue ejemplar. Para él no era un trabajo aleatorio sino una práctica cotidiana. Y después de jubilarse de lo jurídico y dejar atrás el tiempo de la diplomacia, se convirtió en maestro de jóvenes escritores en la Universidad Central de Bogotá.

Cuando lo leemos sentimos su palabra envolvente, su complicidad, su placer al narrar, al irse por las ramas y tararear canciones que nos gustan… “Cuidar de las borracheras del papá que después del jolgorio regresa a casa con el cuentecito triste de que a él nadie lo quería que la vida era una letrina de moscas zumbonas y culos gordos sin fondo y se le escurrían las lágrimas inocentes al cantar sus sentimientos destemplados en el paseo sabanero ay… buscando consuelo, buscando paz y tranquilidad el viejo Miguel del pueblo se fue muy decepcionado”.

“Al acercarme a este mundo de lo popular, lo que encuentro es una vida muy intensa, una vida que está siempre al borde de lo dramático y que representa una interesante posibilidad de exploración”, dice en una de las numerosas entrevistas que concedió, algunas de las cuales fueron publicadas por Ariel Castillo y Adriana Urrea en el libro “Memoria sin guardianes”.

“La presencia de la música en la obra literaria es una deuda que todos tenemos con Guillermo Cabrera Infante, especialmente con su novela Tres tristes tigres (…) Por esta vía de acercamiento a lo popular, la música es un elemento indispensable: la gente expresa sus emociones por intermedio de la música”, añade.

Sentimos que, como dice Flaubert al referirse a la tarea investigativa de un escritor antes de sentarse a escribir –“hay que beber océanos y luego mearlos”, Burgos Cantor ha bebido océanos de libros y de películas, ha escuchado mucha música y viajado y observado, y ha sabido luego aliviarse, quizás contra las murallas.

Él es un contemplador, una suerte de asceta, de monje o santo parrandero, con una mirada penetrante, pícara, tierna, sabia, serena, igual a la que se ve en sus fotografías. Un maestro en oír el lenguaje popular y en plasmarlo, esa actitud que las palenqueras resumen con una expresión: “Velo, ve”, como quien dice: “véanlo, dichosos los ojos que te ven”.

También analiza, como quien no quiere la cosa, la desidia estatal en la construcción de lo público, la organización social que ha sido dejada “a la bulla de los cocos”. En Ver lo que veo reaparecen de alguna forma muchos de los temas y juegos de sus libros anteriores, frutos de su entusiasmo, su disciplina, su dedicación y su consigna: morirse o salvarse escribiendo, “deseo puro de vida”. El erotismo, “los movimientos de vértigo de las morenas y negras timbas, su picardía de abrazar y soltar, la levedad de las faldas, descalzas, inalcanzables y los hilos de sudor que se deslizaban por la piel de poros cerrados, tambor nuevo, superficie de caricias desconocidas”. En su última obra vuelven más maduros, más hechos, los boxeadores, los rateros que quieren ser cantantes, las aspirantes a reinas del barrio de su libro de cuentos Lo amador, y las muchachas de los bares de Tesca, “la alegría del sexo sin mentiras”, donde debutó el Joe Arroyo, protagonistas de El patio de los vientos perdidos (1984). La suerte me permitió estar cerca de él en Bogotá, cuando publicó esa novela. Grabamos entonces un diálogo para El Espectador del que he extraigo: Nuestra generación piensa en Burgos Cantor con gratitud por su ser y la poesía de su narratividad, por su consagración a la reflexión ética, sacando del fondo de su “Baúl de mago” -así se llamaba su columna semanal en El Universal de Cartagena- palabras balsámicas.

Le pregunté por la hechura del Patio. Me contestó: “Hubo un proyecto con más intenciones que trabajo y ese proyecto empezó, pero seguramente yo no tenía el entrenamiento ni el ring ni la pega necesaria para esa carrera de... ¿qué será la novela? ¿Una carrera de tiro largo?... y en resolver los problemas de la novela paré y me puse a trabajar el libro de cuentos (Lo amador) -como libro de cuentos aunque tú piensas que es una novela “disimulada”. Tal vez la narrativa de estos tiempos ha hecho más difusos los límites entre los géneros y de pronto la novela es el gran revoltillo de la extinción de todos los géneros...”.

En Pavana del ángel (1995) puede leerse lo que significa novelar: “La locura de nombrar con mi sueño loco que es revelación, porque acabo de llegar y alguien enterró en sal y cenizas la historia de mi padre y de mi abuelo y sus dioses espantados”. Burgos Cantor también saldrá de su patio. Este pensador y narrador establecerá lazos, desde su humanismo de hombre del siglo XX, entre la trata negrera, la esclavitud en América y el holocusto de los judíos por los nazis. Todo ello impregnado de sus conocimientos de la filosofía europea.

En La ceiba expone a través de los monólogos de los jesuitas Alonso de Sandoval y Pedro Claver el pensamiento de la filosofía eclesial, dogmática, medieval y compasional. A través del personaje de Dominica de Orellana, la inteligente belleza, nos dejaremos envolver por su amor al saber, por el pensar renacentista inspirado en la astronomía y la ciencia. San Agustín y Giordano Bruno de Nola podrían ser las figuras tutelares de ese flujo de pensamiento que atraviesa la novela. El mito del árbol sagrado que cobija bajo sus ramas el recuerdo de muchas generaciones está sembrado en el libro de Burgos Cantor.

* Fragmento de una conferencia dictada en el Instituto Caro y Cuervo. Fue corresponsal de El Espectador en París. Es autor de los libros “Vestido de bestia”, “Los domingos de Charito”, “Trapos al sol” y “Dionea”. Su más reciente novela es “Pechiche naturae” (Collage Editores).

Filbo 2019: Libro de cátedra en homenaje a Gabriel García Márquez

Roberto Burgos, como director del Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central, defendió el legado de su amigo y colega Gabriel García Márquez y fundó la cátedra con el nombre del Nobel de Literatura. Para esta Filbo dejó editado “Caminos divergentes: una mirada alternativa a la obra de Gabo”, el libro que se presenta hoy en el stand de la U. Central (pabellón 3, piso 2), que recoge los estudios de la cátedra 2018: “Rizomático y fractal, el Caribe de Gabriel García Márquez”, por Alberto Abello Vives, magíster en Estudios del Caribe; “Ficción y realidad: las raíces periodísticas de ‘Cien años de soledad’”, por Ariel Castillo Mier; “Gabo o la adivinanza del mundo latinoamericano”, por Víctor Manuel Moncayo, exrector de la Universidad Nacional; “García Márquez: ¿historiador o desfacedor de entuertos históricos?”, por Caroline Lepage, doctora en Literatura Latinoamericana y profesora de la Universidad de París Nanterre; “Mi experiencia con García Márquez y el cine”, por el cineasta Lisandro Duque, y “Así enseñaba Gabo a leer y escribir”, por Nelson Fredy Padilla, editor dominical de El Espectador.

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Julio Olaciregui * / Especial para El Espectador

Cultura

Roberto Burgos Cantor: escritor ejemplar, maestro de nuestra generación

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