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Samanta Schweblin: los libros se bailan de a dos

Es la autora argentina más premiada en el extranjero y una de las más vendidas. En julio del 2018 obtuvo el premio Shirley Jackson en Estados Unidos por su novela “Distancia de rescate”, la misma que en el 2017 la puso entre los finalistas del Man Booker International Prize. Este año, Schweblin estrena “Kentukis”, su segunda novela.

“Kentukis”, su libro más reciente, también surgió entre viajes. A China, Australia, República Checa, Israel. / Cortesía

“Lo que a mí me cansa es la exposición”, dice Samanta Schweblin, “no me gusta y hasta creo que me hace mal. Esas olas interminables de ferias, festivales, entrevistas. Hay algo ahí que me resulta violento, como cuando ponés un pingüino por fuera del agua. Y es que al final, cuando yo escribo un libro, dejo completo lo que hay en mí. El libro es mucho mejor que yo y cualquier cosa que diga es arruinarlo. Entonces, siento un malestar cuando me dicen: ‘¿De qué va Kentukis?’, me quedo pensando: ¿cómo de qué va?, ¿en un minuto esperás que te responda sin quedar en deuda? Y escucho mi voz diciendo: ‘Bueno, es sobre un dispositivo’”.

La interrumpo: —Pero yo no he preguntado de qué va Kentukis.

“No, tú lo has hecho divino. Lo que te digo es que la palabra hablada es muy tramposa. Clarice Lispector tenía una frase que me encanta: ‘La palabra es mi dominio sobre el mundo’. La palabra escrita, diría yo. Si en un texto me quedé tres meses en la número 14 antes de encontrar la 15, el lector no lo va a saber. Él pasa de una a otra sin sentir nada más que eso que yo sentí como la forma más precisa de comunicarme”.

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Schweblin aprieta las manos y cuelga la mirada de un punto fijo. A los doce años dejó de hablar. Iba de la casa al colegio en completo silencio y se pasaba los días leyendo. Un mutismo voluntario, un refugio, una trinchera. Una protesta ante la imprecisión de las palabras. Una solución, quizá.

“Mirá que es curioso, siempre me he sentido más cómoda en el cuento, ese es mi lugar común. Cuando tengo una idea, lo primero que hago es pensarla en diez o quince páginas, si después de varios intentos no sale, lamentablemente tengo que escribir una novela y llenar las doscientas que me faltan. Eso pasó con Distancia de rescate y eso pasó con Kentukis”.

Una chica adolescente que come pájaros: vivos, tibios y llenos de plumas. Un hombre que cuanto más deprimido se siente, más feliz hace a quienes tiene alrededor. Una mujer que encuentra la receta para que los meses de su embarazo vayan en reversa. Las historias de Schweblin habitan un lugar extraño, un mundo inverosímil y a la vez real. Un espacio absurdo y perfectamente posible.

“De niña inventé un personaje al que volvía todo el tiempo: una verdura. En una colina alta, había un pueblo y en su parte más elevada, una verdulería. Allí, en el último cajón, casi pegada al techo, estaba esta verdura. Vivía en una angustia indescriptible porque todo el tiempo pensaba: cuando venga una de estas mujeres enormes que nos revuelven para encontrar a su elegida, me va a hacer temblar y voy a empezar a rodar hacia abajo. Voy a salirme de la verdulería, del pueblo, de la montaña y no voy a poder volver. Quizá todo esto de lo insólito me vino por mi abuelo. Lo conocí cuando tenía seis años y comenzamos a encontrarnos cada quince días para pasar tiempo juntos. Nos dedicábamos a algo que él llamaba ‘el entrenamiento del artista’, que, en esencia, era aprender a vivir sin dinero. Me enseñó a robar relojes de una feria de antigüedades que quedaba a la vuelta de mi casa”

—¿Su abuelo le enseñó a robar relojes?

“Era parte del entrenamiento. Él distraía a los vendedores y yo, que apenas alcanzaba a la altura del mostrador, ponía la manito y me sacaba el reloj en el bolsillo. Pero también íbamos al teatro, a los corsos —carnavales— y a los barrios marginales. Mi abuelo me mostró Buenos Aires de una manera muy insólita y mentirosa, pero con una carga inmensa de verdad. Viajábamos por la ciudad y, de regreso, llenábamos diarios con resúmenes del día que cerrábamos con algún verso de Gabriela Mistral o de Alfonsina Storni”.

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Kentukis, su libro más reciente, también surgió entre viajes. A China, Australia, República Checa, Israel. A lugares que le eran extraños el primer día y que al cuarto se le volvían el mismo. A ciudades calcadas con personajes repetidos, de rutinas y preocupaciones idénticas. Y es que al final, en las cosas esenciales siempre nos parecemos.

“Pensaba en eso y pensaba, también, en los problemas que le ha traído la tecnología a la literatura”, sigue Schweblin. “Es como si al escribir tuviéramos que desentendernos de ella. Existen libros contemporáneos en los que la gente no habla por teléfono ni consulta cosas por Whatsapp. Entonces, cualquier poema en el que aparece la palabra Instagram se vuelve poesía tech. Se me hace extraño cuando hablan de ciencia ficción con Kentukis. Yo me inventé un dispositivo que las personas usan para comunicarse, verse, espiarse. ¿Qué de eso responde a un mundo del futuro con el que todavía no estemos lidiando?”

“Marvin cerró la puerta del escritorio y encendió su tablet. Su ama había cumplido la promesa y lo había dejado bajo las escaleras de la galería. Marvin la vio alejarse y esperó para mover su kentuki. Bajó del cargador y movió el dragón a lo largo de la calle, hasta asomarse a la vereda. Cuando giró a la izquierda, para comprobar que no viniera ningún coche antes de cruzar, descubrió el mar”, escribe Samanta Schweblin en Kentukis, 2019.

“Hay una frase de Rebecca Solnit que dice: ‘Un libro es un corazón que late en el pecho de otro’. Para mí, es exactamente eso, un baile que se baila de a dos. Si falta uno, no tiene sentido. Es una ridiculez pensar que vos podés dar todos los pasos. Es uno y uno, uno el autor y uno el lector. No hay espacios en blanco, son todos muy concretos. A veces paso por ingenua e intento calcular las palabras exactas que pronuncia en secreto quien me lee cuando llega a un renglón determinado; no creo mucho que sea así, pero estoy segura de que ese momento existe en abstracto, con algo de misterio y algo de verdad. Es una conexión emocional que no necesita la precisión de una palabra, ese instante en que le sucede algo al personaje y al lector al mismo tiempo. De eso se trata, si bailás solo, no pasa nada”.

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2019-05-13T17:30:00-05:00

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2019-05-14T11:19:23-05:00

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Laura Galindo M. / @LauraGalindoM

Cultura

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