Samuel Rodríguez: de espectador a creador de arte

A lo largo de su vida, este artista bogotano estuvo dedicado a trabajar en el área de mercadeo. Hace diez años, por una marca de accesorios que creó, decidió dedicarse a pintar obras de arte.

Obras del artista Samuel Rodríguez. / Cortesía

Hay diversas manifestaciones de arte que, cuando ya se han terminado, demuestran los obstáculos que la persona tuvo que pasar para llegar a eso último, evidenciando así que los miedos se pueden ir quitando mientras se va creando la obra personal. Esto significa en un pintor, por ejemplo, inventar colores y mezclas; en un escultor, una forma inusual de cincelar una piedra; en un fotógrafo, un plano nuevo en sus composiciones; en un escritor, la manera diferente de contar una historia. Así, a medida que va pasando el tiempo, cada persona va haciendo de su obra una marca que se va formando mientras va avanzando.

Samuel Rodríguez, quien ha estado toda su vida dedicado al mercadeo, quiso experimentar en el mundo del arte para pasar de ser un espectador a un creador. Estuvo toda su vida coleccionando pinturas y obras que le llamaban la atención y que compraba cada vez que terminaba un proyecto, pero después de un tiempo decidió convertirse en el realizador de las obras que se imaginaba tener, transformándose así no sólo en un pintor esporádico, sino en uno de tiempo completo.

La idea de crear algo con sus manos ya la había tenido. Como estuvo todo el tiempo a disposición del mercadeo y la gerencia de proyectos, siempre tuvo la mentalidad de crear una marca que no sólo lo ayudara en su solvencia económica, sino a disfrutar mucho más su trabajo. De este tiempo nació la idea de crear una marca de accesorios en donde las piedras preciosas y semipreciosas eran los elementos principales. Con estos mismos elementos empezó a hacer cuadros. Las piedras preciosas fueron cubiertas por el artista con pintura, de esta manera buscaba que sus cuadros no sólo tuvieran colores explosivos, propios en su obra, sino que además, algunos de ellos se iban a caracterizar por tener relieve.

Ahora toda su obra está rodeando las paredes de su casa y en vez de mandar a hacer un cuadro como lo hacía antes, él pasa horas y horas encerrado en un cuarto que ha diseñado para la creación de estos.

Hasta hace dos años lo que hacía de arte sólo era pensado para él, y si alguno de sus visitantes deseaba algo de su obra, pasaba a ser de éste sin que Rodríguez le cobrara peso alguno. Después de un tiempo, sus obras empezaron a ser guiadas por varios artistas, como Mauricio Zequeda, Claudia Ramos y Germán Tessarolo, quienes se fueron convirtiendo en maestros para el artista.

Rodríguez lleva aproximadamente diez años pintando, pero hace sólo dos quiso empezar a exponer lo que hacía. Sentía que el arte era algo muy íntimo y que, en vez de ser tomado como una manera de comercio, debía conservarse.

Desde que decidió abrirse a exponer, no sólo expone él, sino que lo hace al lado de otros artistas. En la última exposición que tuvo para este año, en noviembre, Rodríguez encontró una artista que iba por el mismo camino que él. Con su obra titulada Sueños a color estuvo al lado de María Mónica Ruiz en la galería Casa Grau.

Todos sus cuadros demuestran el estado de ánimo por el que está pasando, lo que hace que cada uno de ellos sea diferente. Asegura que nunca ha sido capaz de hacer un cuadro similar a otro, porque cada vez que está haciendo alguno, siente cosas diferentes. Prefiere vender, si es necesario, alguno de los cuadros que ya tiene pintados, evitando que algunas de las personas digan qué cuadro quisieran que él hiciera.

Asimismo, cada una de sus obras demuestra los sueños que quiere alcanzar, los miedos que ha superado y a los que aún se enfrenta.

El arte, para Samuel Rodríguez, se convirtió en el bastón para sobrellevar la vida y para seguir luchando como si cada uno de sus días fuera el último.

Por eso, para su vida como para su trabajo, ha tenido un lema que lo acompaña: Forever on vacatation, lo que lo lleva a pensar que su trabajo no tendría que ser un momento para aburrirse, sino para disfrutar y mostrar por medio de sus trazos todo lo que hay en el mundo que aún no se ha pintado.