Santiago Alarcón: “Me creí Jaime Garzón”

En el Teatro Nacional se encuentra en temporada “Nerium Park”, obra protagonizada por Verónica Orozco y Santiago Alarcón, quien habló con El Espectador sobre la muerte de su padre, sus inicios como actor y su experiencia interpretando a Jaime Garzón.

La necesidad de tener un hijo, el estatus y el desempleo son algunos de los temas que aborda “Nerium Park”, obra en la que participa Santiago Alarcón.Cortesía Teatro Nacional

- ¿Aló?

- ¿Con quién hablo?

- Con Santiago.

-Qué hubo, Santiago, ¿cómo está?

- Bien.

- Ah bueno. Mijo, ¿dónde es el entierro de su papá?

El niño tiró el teléfono. No entendió. ¿Entierro?, pero si sus papás estaban durmiendo. Él vio la puerta cerrada como de costumbre. ¿Qué pasó ahí?, “se equivocaron. Alguien se confundió”, se dijo, pensando que eso de la muerte era algo ajeno. Prefirió alejarse. La incomodidad fue inevitable. Alguien más notó su reacción y cogió el teléfono. Si querían ocultar información, el plan no resultó: ¿con quién hablo?, ¿usted qué le dijo al niño?... ¡Pero él no sabía!, ¡Él no sabía!, ¿¡Por qué le hizo eso al niño!? Al escuchar los gritos, Santiago Alarcón quedó helado. Comenzó a sudar. Sintió vértigo. Salió corriendo hacia el segundo piso, donde quedaba la habitación de sus papás. Tocó fuerte, desesperadamente rápido. Nadie le abrió. Tiró la puerta y se encontró con la cama de sus padres tendida. Pensó: “Algo pasó”. Un segundo después comenzó a escuchar llantos estridentes en el primer piso y se dijo: “Sí es verdad. Mi papá está muerto”.

A José Heli Alarcón lo mató un policía vestido de civil en medio de una discusión. El papá de Santiago era líder sindical. Lo asesinó la intolerancia.

Santiago tenía cuatro hermanos. Durante las jornadas de trabajo de sus padres, los niños quedaban en casa al cuidado de Patricia, una señora atenta que suplantaba la presencia del adulto responsable mientras volvían. El sábado 12 de enero de 1991 los niños se levantaron, como de costumbre, a desayunar. Lo hicieron callados. Susurraron. Fueron prudentes y considerados con sus padres trasnochados, que a las 9:00 a.m. aún dormían en su habitación con la puerta cerrada. Santiago, de 11 años, y Astrid Alarcón, de 10, eran los hijos mayores. Hasta la hora en la que bajaron al primer piso las cosas parecían normales. Después de ese momento nada volvió a ser igual.

Santiago y Astrid se sentaron a ver televisión con Patricia. El niño la volteó a mirar, se percató de que lloraba y le preguntó: “Patricia, ¿qué le pasa?”, y ella le respondió que nada. Se levantaba, se secaba las lágrimas y se volvía a sentar. Minutos más tarde llegó una prima con unas bolsas de mercado enormes, hecho que a Santiago también le pareció extraño. Mientras todo esto ocurría, el teléfono no paró de sonar. Cuando alguno de los dos niños se levantaba a contestar, Patricia se abalanzaba rápidamente y no les permitía levantar la bocina.

La mañana de ese sábado no transcurría como las anteriores. En uno de esos momentos en los que Patricia decidió elevarse, seguramente por las razones que la tenían enterrada en un desconsuelo que fue incapaz de disimular, el teléfono volvió a sonar y Santiago corrió a contestar. Ese fue el momento en el que dijo: “Aló”, y alguien, sin rodeos ni consideraciones, lo puso al tanto de la muerte de su padre.

El teatro: un salvavidas

Desde aquel día la madre de Santiago Alarcón, Nubia Uribe, se convirtió en la heroína de sus hijos. A pesar de las amenazas en contra de la familia denunció al responsable de la muerte de su esposo.

Su pareja muerta, el asesino preso y ella, perdida. Según Santiago Alarcón, su madre cuenta que el peso que cargó le estaba quebrando la espalda. No entendía cómo continuaría con la familia a cuestas y el horizonte brumoso. Un día escuchó a sus hijos llorar por la ausencia de su padre y se dijo: “Son mis hijos y me necesitan. Tengo que reaccionar”. Se secó las lágrimas, se lavó la cara y se juró enfrentar su nueva realidad.

Para Alarcón, la ausencia de su padre fue la razón para el abandono de todo lo que le interesaba de niño. Dejó de ir a las clases de fútbol y al colegio asistía por inercia. Cualquier día, el profesor de sociales entró al salón y les dijo sin una gota de entusiasmo: “Voy a hacer una obra de teatro, ¿quién quiere participar?” Alarcón levantó la mano. El aburrimiento lo estaba matando. Necesitaba huir de esa clase a como diera lugar, “si hubiera sido una clase de peluquería y maquillaje, también levanto la mano”, dice el actor, quien después de esa primera obra en la que interpretó a un payaso descubrió que era posible escaparse del mundo y su realidad hostil. A pesar de ser consciente del difícil momento que atravesaba Medellín, de la sangre, violencia, droga, escasez y apatía, se fortaleció con la nueva alternativa que encontró para dejar de soportar su existencia. Encontró su motivo: actuar.

Estudió tres años en el Teatro de Medellín. Tiempo después viajó a Bogotá con cinco compañeros. Alarcón se fue de su ciudad con el dinero que le dio la parte de su familia que decidió apoyarlo. La otra no le creía. “Yo les decía, quiero ser actor, y ellos me decían que sí, que bueno, pero que consiguiera trabajo”, se ríe y lo recuerda sin rencor. Terminó por entenderlos. Tuvo que sobrevivir con trabajos en la calle. Llegó a disfrazarse de un pollo repartidor de volantes para conseguir el dinero de los buses que lo llevaban al Teatro La Candelaria, donde también tomó clases.

En 1998 le dieron su primer trabajo en televisión. Fue para la telenovela Amores como el nuestro. Sintió que fue su primer gran triunfo y todo el día anterior ensayó su escena sin descanso. “Yo decía: ¡Es mi momento, es mi momento!, y cuando llegó mi momento ni siquiera salió mi cara en la escena”. Paralizó a toda su familia en Medellín porque iba a salir en televisión. Tenía que interpretar a un soldado y sólo salieron sus botas.

Después de las botas llegaron las ofertas en las que sí enfocaron su cara. Fue payaso, soldado, macho alfa, hasta que empezó a interpretar a Nicolás, un desempleado forzado a reencontrarse consigo mismo, en Nerium Park.

La reciente aparición que hizo en televisión fue interpretando a Jaime Garzón.

“La mejor experiencia que he tenido. El man es Germán fue popular. Fue la comedia que siempre quise hacer, pero cuando se acabó entré en depresión y dije, ‘bueno, ¿y ahora qué?’. Apareció Garzón y se convirtió en una obsesión. Le dije muchas veces que no y que sí. Me negaba y aceptaba. Cuando tomé el papel entendí que sólo había una forma para poder asumir un personaje de estos: creerse él. Jugar a ser él”, dice Alarcón, quien describe sus días de preparación como una inmersión absoluta en el humano que fue Garzón. En lo que pensaba, sentía, hablaba, le preocupaba y lo hacía feliz. Se sumergió en lo que esencialmente fue. En la mañana veía videos y hacía ejercicio. Tuvo que bajar 10 kilos. En la tarde leía las revistas que encontró en las que salió Garzón. También leyó los libros que hablaron de él, incluidos los que escribió la hermana, Marisol Garzón, quien nunca estuvo de acuerdo con la realización de una novela basada en la vida de su hermano. Al finalizar el día se ponía los audífonos y reproducía los audios que editó con la voz de Jaime Garzón. Así dormía. Soñaba con él. El primer día de grabación le pidió a toda la producción que no le volvieran a decir Santiago. Él ya no estaba. Ahora respondería al nombre de Jaime.

 

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Laura Camila Arévalo Domínguez

Cultura

Santiago Alarcón: “Me creí Jaime Garzón”

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