Musa erótica

Sexo y saxo

Conquistar a una mujer que sabe cubrir sus misterios con un velo es todo un desafío para un hombre. ¿Quién está detrás de esa máscara?, parece preguntar Gonzalo Arango en el texto magistral que lleva por nombre Confesiones de un seductor, una bella exposición sobre el amor que bien podría encontrar su aplicación literaria en un cuento suyo de Sexo y saxofón que el fundador del nadaísmo bautizó La señora Yonosé.

Gonzalo Arango promulgaba en sus textos el amor nadaísta, que excluía el matrimonio. / Archivo El Espectador

En una fiesta de disfraces las máscaras danzan sin reconocerse. El personaje de la historia pierde a su compañera Sandra, vestida de bruja entre las brujas, y baila con una mujer encapuchada. “Su cara, sus senos, sus piernas… las adivinaba en la voluptuosidad de la danza”.

Vestido de espectro, ahora sueña con que Sandra no aparezca porque se siente enamorado en ese abrazo de los cuerpos que danzan. Es gringa y tiene un compañero que se perdió en la fiesta. Suben a la terraza a tomar aire y le pide que se identifique, pero ella se niega. Intenta besarla, pero besa la tela.

Llega el amanecer y con otra pareja que estaba en la terraza salen a buscar un grill, en autos separados. Siguen siendo máscaras, pero a él ya no le importa.

“… ya la amaba como era: sin identidad, pura, provocativa y exótica como una ecuación de carne”.

Le pide un beso y ella se lo concede con la condición de que cierre los ojos para no verla. “Entonces supe que era hermosa por la voluptuosidad de su boca que era una primavera de whisky y de pasión”.

Más adelante, los dos vehículos son detenidos por la policía y sus ocupantes tienen que quitarse el disfraz. El protagonista vuelve a ver a Sandra.

Esta historia en particular se vuelve teoría en las Confesiones de un seductor, uno de los artículos de prensa publicados por el poeta en El Tiempo y Cromos, y editados por la Universidad de Antioquia bajó el título Última página.

Es necesario que siempre exista algo por descubrir, dice Arango en su mirada del amor. “Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto para convertirse en un poema de vida”.

El amor, escribe, no es ni felicidad total ni desdicha total, “es un poco de certeza y un poca de duda; (…) no es un divorcio del cuerpo y el espíritu, sino sus bodas”.

He vivido y he amado, afirma Arango con su voz viva que nos llega de lejos. “Siento el susurro del Universo dentro de mi alma, y las caricias del amor en mi carne”.

Y en la nada en que se movió el poeta, restableciéndole a esa palabra su condición rebelde, el amor surge como una luz, existencial y surrealista, que alimenta la idea de que es para toda la vida, pero con una condición nadaísta: nada de matrimonio.

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