Ciento treinta años de su creación

Sherlock Holmes, tan joven y tan viejo

Desde “El nombre de la rosa” hasta el doctor House han estado inspirados en este personaje, que sólo ha sido superado por “Drácula” en su número de apariciones en el cine y la televisión.

En ninguna de sus historias Sherlock Holmes dice la frase “elemental, mi querido Watson”. Esta fue popularizada por películas posteriores. /Cortesía

Alto, delgado, aguileño e insoportable, Sherlock Holmes, el detective más famoso de la historia, apareció por primera vez en la novela Un estudio en escarlata, en la última semana de noviembre de 1887, como parte del Beeton’s Christmas Annual, una publicación de variedades que salía cada año en la Inglaterra del siglo XIX. Su creador, el médico escocés Arthur Conan Doyle, lo empezó a escribir a los 27 años inspirado en un hombre de carne y hueso, el también médico Joseph Bell, profesor de la Universidad de Edimburgo, reconocido no sólo por identificar con un golpe de ojo la enfermedad de sus pacientes sino también su profesión y los lugares donde habían estado recientemente. Conan Doyle le pasó estas habilidades a su detective, le dio para resolver los casos más estrambóticos que pudo imaginar, lo hizo excéntrico y estudioso, puso al incondicional John Watson como su compañero y narrador, y así creó la obra más recordada en la historia del género policíaco. Aunque el estadounidense Edgar Allan Poe ya había publicado en la década de 1840 algunos cuentos en los que el investigador Auguste Dupin resolvía misterios usando el poder de la razón, fue Sherlock Holmes quien se convirtió en el alfa y el omega de las aventuras de crímenes y deducción. Su temperamento era frío y sus poderes de observación eran insuperables. Sin embargo, no estaba exento de tener un lado oscuro (era maníaco depresivo, aficionado a la cocaína y sociópata) y se regía por su propio sistema moral: no fueron pocas las veces en que dejó ir a algún asesino o ladrón porque entendía sus razones o decidía impartir una forma de justicia distinta a la ejercida por Scotland Yard.

Este detective consultor que recibía a sus clientes en el número 221B de Baker Street en Londres llegó cuando su país más lo necesitaba. Aunque a finales del siglo XIX el poder del Imperio británico era más fuerte que nunca y la cultura de Europa occidental se imponía, a las buenas o a las malas, en casi todos los rincones del mundo, también empezaban a aparecer síntomas de que algo perverso se escondía debajo del optimismo de esa bella época. Las grandes ciudades como París o Londres no sólo eran centros de poder y refinamiento, sino también hervideros de delincuencia. El doctor Freud anunciaba que detrás del manto de normalidad de nuestra mente se revolvía un turbulento amasijo de pulsiones inconscientes. Y mientras los caballeros ingleses disfrutaban el té de los últimos años del reinado de Victoria, en el continente europeo se empezaban a agravar las tensiones que a la vuelta del siglo llevarían a la era del horror de las guerras mundiales. Además, el mundo pensante había perdido a Dios después de que Darwin mostrara que no veníamos de un padre amoroso sino de una naturaleza implacable. Justo en ese momento apareció Holmes, la calma en medio de la tormenta, la voz de la seguridad en una época de incertidumbre, para probar que era posible darle un sentido coherente a un relato que parecía cada vez más incomprensible y absurdo. Como los grandes pensadores de su tiempo (Marx, Freud, Darwin), Sherlock Holmes recogió las piezas desperdigadas de la historia para producir una hipótesis científica que mostrara el derrotero que se esconde detrás del aparente caos.

Las historias de Holmes rápidamente se convirtieron en un éxito masivo y su autor tuvo que seguir produciéndolas obligado por la demanda. Casi se podría decir que Sherlock Holmes se impuso a su autor. Las ambiciones literarias de Conan Doyle iban mucho más allá del género policíaco: escribió historia, teatro, poesía y ciencia ficción (una de sus novelas, El mundo perdido, que trata sobre una exótica isla de Centroamérica donde perviven especies extintas hace millones de años, volvió a ser exitosa a finales del pasado siglo por ser la inspiración de una entrega de la serie de aventuras jurásicas de Steven Spielberg). Sin embargo, en vida el escocés tuvo que servir obedientemente a su personaje más famoso. Aunque sólo pensaba escribir una historia sobre el investigador que tocaba el violín, el éxito de la primera entrega lo obligó a producir más y más. Y cuando pocos años después hizo que su personaje muriera en manos de su archienemigo, el profesor James Moriarty, el público de Londres (incluyendo a su propia madre) envió tantas cartas exigiendo el regreso del querido Sherlock que Conan Doyle lo tuvo que resucitar en nuevas aventuras. La imposición de Holmes ante su autor llegó hasta el punto de que este último no pudo cambiar un ápice de la personalidad de su personaje en toda su larga vida. Ya en su vejez, Conan Doyle se había vuelto un fervoroso creyente e investigador de hadas, espíritus y vida después de la muerte, pero su detective ficticio siguió siendo un escéptico incorregible que no creía en supersticiones y sólo aceptaba lo que la razón daba por cierto. Las tensiones entre Holmes y su autor son evidentes también en la relación que aquél sostiene con Watson, el médico narrador de sus aventuras. Como don Quijote, Sherlock Holmes sabe que es un personaje que alguien más está escribiendo, y no son pocas las veces en que se le ve reprendiendo a su cronista por lo que considera un exceso de sentimentalismo en narraciones que deberían ser más frías y científicas. Pero en esta larga contienda entre el autor y su creación, Conan Doyle tuvo algunas pequeñas venganzas: en varias aventuras puso a su detective a perder el caso, lo aburrió mortalmente al rodearlo de torpes inspectores de policía que hacían más difíciles las pesquisas o incluyó en la trama a astutas y perspicaces mujeres (una de ellas, Irene Adler, incluso venció a Holmes en su propio juego), tal vez como una manera de enervar al protagonista misógino y eternamente soltero.

Conan Doyle siguió publicando aventuras de Sherlock Holmes en la revista Strand hasta poco antes de su muerte en 1930 y alcanzó a ver la enorme popularidad que este llegó a tener. Todas las semanas recibía cartas de personas con graves problemas que esperaban recibir la orientación de la brillante mente de Holmes para resolverlos, y hasta padeció la reprimenda de uno de sus connacionales que no podía creer que Inglaterra no hubiera usado la ayuda de Sherlock Holmes en la Primera Guerra Mundial. El personaje llegó a ser considerado por muchos como un ser real y su ejemplo influyó en la vida extraliteraria: por ejemplo, las técnicas de criminalística e investigación forense nacidas poco después imitaron las prácticas de Holmes, quien no tenía inconvenientes en agacharse a oler, tocar y hasta saborear todos los rastros dejados en la escena de un crimen. Es decir, Holmes creó CSI, no sólo en la televisión sino en las ciudades del mundo azotadas por los delincuentes. Fue representado innumerables veces, empezando por la adaptación teatral del actor William Gillete, quien en la década 1890 impuso la clásica imagen de Holmes con su gorra de cazador de ciervos y su alta pipa. Y en la última década ha seguido apareciendo en películas de Guy Ritchie y en series como Sherlock y Elementary. El personaje influyó en autores como Agatha Christie y Umberto Eco, y fue la piedra sobre la que se construyeron la literatura policíaca y la novela negra de siglo XX. Pero, sobre todo, Sherlock Holmes tiene el gran mérito de haber sido el primer gran exponente de la serialidad moderna, la fuerza omnipresente del entretenimiento de hoy. Desde la Mujer Maravilla hasta Jon Snow, nuestra diversión contemporánea se basa en la idea del personaje que vemos capítulo a capítulo en diversas aventuras diseñadas para saciar el hambre de un ávido público. De alguna manera todos estos héroes que seguimos y queremos en la televisión y el cine actuales vienen del gran detective que con más de un siglo a cuestas sigue tan vigente y clásico como siempre.

 

últimas noticias

“Coppélia”: del horror al rigor