Simón Vélez
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Simón Vélez: “Usted no puede negociar con un fundamentalista”

El arquitecto habla de la importancia de tener una política dinámica, pero advierte que odia a los comunistas. Ahora trabaja en un proyector arquitectónico con el gobierno de Catar.

Simón Vélez en uno de los rincones preferidos de su casa en La candelaria. Mariana Gómez

“No hablo de política; solo de arquitectura y de golf”. Con este mensaje Simón Vélez aceptó una entrevista para El Espectador. Luego, vía WhatsApp, envió la dirección de su casa, un terreno de al menos 2.000 metros en el barrio La Candelaria, en el centro de Bogotá. Violó sus propias reglas. No hizo ningún esfuerzo para evitar hablar de política y no dijo una sola palabra sobre golf. De arquitectura sí habló, de hecho, habló más de la cuenta. “Ahora está de moda la ecología y que hay que salvar el planeta; a mí eso no me interesa, yo entré a esto (construcción con guadua) por hippie, no porque quería salvar el planeta. Los ambientalistas se han vuelto una especie de fanáticos religiosos y les tengo mucha pereza (…). La guadua es un material natural extraordinariamente fuerte y mucho más resistente que el acero, es un material de altísima tecnología creado por la propia naturaleza”.

Aunque dice que su deporte favorito es el golf, pareciera que bajarse la caña es el que más practica. “Gané reconocimiento internacional por una tremenda pendejada: inyectarle cemento y hierro a la guadua. ¡Qué genialidad! Lo que pasa es que a nadie se le había ocurrido, pero lo que yo hago no es ningún arte, como dicen muchos especialistas y periodistas lambones; lo que yo hago es un oficio, que es muy distinto. Todo el que tenga la pretensión de ser artista termina haciendo una cosa que se pasa de moda rapidísimo”.

Vélez está sentado sobre una silla hecha con guadua. Pese a estar en la sala de su casa, siempre tiene el sombrero puesto. Gesticula. Habla fuerte pero no rápido. El acento manizaleño lo tiene intacto, pese a que hace más de cinco décadas vive en todos los lados del mundo, menos en Manizales. Nunca aprendió a hablar un idioma diferente al español y le dice a Stefana, su esposa —una neoyorquina veinte años menor que él—, que no es necesario que lo aprenda, “porque ese es el idioma que uno usa para comunicarse con la servidumbre”. Tiene tres empleadas del servicio.

En diciembre del 2018, cuando acudió a la Corte Suprema a ofrecer los primeros testimonios relacionados con el video en el que se ve a Gustavo Petro guardando un fajo de billetes en unas bolsas plásticas (dinero que según Petro le prestó Vélez), el arquitecto dijo al grupo de periodistas que esperaban una declaración suya: “Yo no hablo con periodistas, ustedes son más peligrosos que los odontólogos”. Desde entonces, había evitado los medios. Hasta hoy. “En esos días estaba yendo a la odontología y eso uno con la boca abierta y un tipo con un taladro, uno se siente muy vulnerable. Frente a un periodista uno está igual de vulnerable. Precisamente por eso no debería hablar, porque se me suelta la lengua, pero ya qué…”, se ríe, se acomoda las gafas y se le sigue soltando la lengua. “La guadua está prohibida. Está prohibido cortar guadua en Colombia porque estos hijueputas ambientalistas de mierda decidieron que hay que salvar el planeta. Eso no es ni siquiera una ley del Congreso, es una ley de la corrupción. Todo tiene que pasar por las Corporaciones Regionales, ellos no se inventaron esa ley, pero yo no puedo comprarle guadua al dueño de la finca porque es ilegal. Me toca comprársela a un intermediario que carga la licencia en el bolsillo, que es un socio de esos corruptos”.

Su discurso: mordaz, visceral y políticamente incorrecto, se asemeja al del escritor Fernando Vallejo. Ambos parecen estar dispuestos a dar de qué hablar, a llamar la atención, a fumigar —con su discurso— a políticos, curas, militares e instituciones. “Está prohibido hacer andamios de guadua, pero no me importa. La construcción en Colombia es ilegal. Es más, y dígalo, yo soy un constructor ilegal. Jamás saco una licencia, eso va contra mi esencia. Conmigo sí se mueren de hambre esos hijos de puta que dan las licencias”. Se acomoda en la silla, se ajusta el sombrero y sigue disparando. “Yo fui abusado por curas en el colegio, y eso dígalo. Son unos hijos de puta. Perversos y malignos. Fui muy mujeriego en la juventud —que en esa época no era pecado— y siempre les preguntaba a mis novias: ‘¿A ustedes cómo les fue con las monjitas?’ Nunca escuché una sola queja de mis novias contra las mojas, las monjas son mejores seres humanos, los hombres somos muy malos y cuando nos vamos de curas somos realmente perversos”. Tal vez si no hubiera sido víctima de ese abuso que denuncia, habría sido religioso o militar, pero terminó odiando esos oficios y entregándose por completo a la arquitectura, el mismo oficio con el que su padre le pudo pagar la carrera en Los Andes. “Desde niño me gustó la arquitectura, yo jugaba con los hijos de los obreros de mi papá y llegó el momento en que salí del colegio y mi papá había tenido una crisis económica muy grande y tocó venirme a estudiar aquí, por pobre, porque yo tuve que haber estudiado afuera (…). La educación gringa es realmente extraordinaria y por más que uno critique a los gringos, las mejores universidades del mundo están allá”.

En la universidad fue como un bicho raro. Mientras se consolidaba como hippie, evitaba al máximo las ideas comunistas. Fueron los primeros pasos de un pequeño burgués aristócrata paisa. “En la universidad todo el mundo era muy comunista, yo estudié en Los Andes, una universidad privada, y entre más rico era el estudiante, más comunista era. Yo no entendía eso. Eso me parece una traición a la clase. Entre más oligarcas, más comunistas y todos esos oligarcas comunistas, hoy en día son banqueros”, se ríe de nuevo. “Odio los curas y odio los comunistas. Ambos, una religión. Mire la tragedia de hoy que es el Eln, es un movimiento guerrillero y católico, ultracatólico, con eso no hay cómo negociar, son fundamentalistas. Con las Farc se negoció relativamente fácil, pero con el Eln no hay por dónde. Usted no puede negociar con un fundamentalista”.

Su reconocimiento en el mundo de la arquitectura no ha menguado. Está vigente. De hecho, actualmente trabaja en un proyecto para el gobierno de Catar; sin embargo, la cosa política tocó a su puerta en el último mes de 2018 cuando, en un debate en el Congreso contra el fiscal Néstor Humberto Martínez por el escándalo de Odebrecht, la senadora Paloma Valencia mostró un video en el que se ve a Gustavo Petro contando un fajo de billetes y guardándolo en bolsas plásticas. Según el senador, el dinero se lo prestó Simón Vélez. “Simplemente quiero que quede claro que yo no soy petrista. Y sí le ayudé a conseguir plata y me arrepiento profundamente, pero yo no tuve nada que ver con esos fajos de billetes, ni con la filmación de ese video. Ya me había distanciado de Gustavo Petro desde hace mucho tiempo”. Me acerqué inicialmente porque realmente me pareció un tipo con talento y una alternativa democrática de poder y si no hay oposición no hay democracia. Y aunque yo sea ultragodo, un país no puede serlo tanto. Se necesita una oposición”. Todo parece indicar que el caso del Petro-video pasará a la historia como un escándalo mediático más. Sin embargo, Vélez, por ahora, parece estar más interesado en que se sepa lo que está haciendo con el gobierno de Catar. “Esta gente quiere hacer un pueblo beduino en guadua. Pero simplemente como un tema recreativo, no para realmente vivir sino para que, en temporada de vacaciones, sus hijos vayan y aprendan arte, literatura, gastronomía, teatro, arquitectura, textiles. La idea es hacer un pueblo beduino para hijos de millonarios”. Para los hombres ricos y poderosos, Simón Vélez es como un imán y aunqué él quiera evitarlos, no lo logra porque si no, dice, “me muero de hambre (…) Los ricos son realmente malas personas. Pero las mujeres de los ricos son peores, eso sí lo vuelve a uno comunista”, es la última carcajada que suelta durante la entrevista.

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2019-02-21T14:04:33-05:00

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Joseph Casañas - Twitter: @joseph_casanas

Cultura

Simón Vélez: “Usted no puede negociar con un fundamentalista”

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