Ambientada en el segundo imperio francés

Pablo Montoya: Sobre el deseo y la desnudez

El libro “La sed del ojo” (Random House), de Pablo Montoya, propone un acercamiento a la idea de una belleza inalcanzable por medio de la fotografía erótica francesa del siglo XIX.

Pablo Montoya estudió Filosofía y letras en la Universidad Santo Tomás. / Crédito: Marlon Meza

David Hume, filósofo inglés del siglo XVIII que perteneció a la corriente del empirismo, afirmó en La teoría del gusto que “la belleza de las cosas existe en el espíritu que las contempla”, refiriéndose a la belleza como una categoría que es aplicada desde la experiencia subjetiva de cada individuo y no como una característica propia de los objetos susceptibles al análisis. Y esa belleza, sometida a un ejercicio reflexivo, está supeditada en gran medida a la imaginación del sujeto, al deseo de agregar aquello que le hace falta al objeto o cuerpo observado y así experimentar una sensación de júbilo donde la exaltación de las pasiones nos acerca al ideal de belleza que se muestra como un elemento inalcanzable o inagotable.

Usted habla del deseo como un elemento que se impone ante la moral. En esa relación también está implícita la razón en el sentido de que uno realiza una especie de raciocinio para dejarse llevar por el deseo y no acudir a las virtudes. ¿Cómo se podría explicar este roce entre estos elementos?

La sed del ojo gira en torno al deseo. El gran tema de la novela, más que mirar la desnudez, es el deseo. ¿Qué hacer con el deseo? ¿Cómo asumirlo en una sociedad altamente represiva como fue la Francia del segundo imperio? ¿Cómo entender el deseo en esas circunstancias un poco aciagas? Justamente es en el medio de una sociedad represiva donde la libertad anda suelta; donde el demonio de la libertad anda suelto. Y uno de esos demonios es representar la desnudez a través de la fotografía. Pero, la fotografía, y así está asumida en la novela mediante su personaje, es una experiencia del conocimiento. Es decir, una de las tesis que plantea el texto es que el personaje fotografía los cuerpos femeninos a partir de una serie de experiencias racionales que tienen que ver con el manejo de la luz, de la sombra, de los cristales, de los elementos químicos. Nunca esa pesquisa por la belleza está disociada del conocimiento científico. A través de esas disputas, esos elementos que usted menciona en la pregunta siempre están allí. La represión, el asunto moral y ético, el deseo que está vinculado a la belleza y a la sexualidad y el asunto de la ciencia, de los conocimientos experimentales para poder acceder y lograr una excelente fotografía.

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¿El fotógrafo carga siempre con la obsesión de no alcanzar la belleza? Esa es una de las tesis que se tocan en el texto, la imposibilidad de concebir la belleza...

Eso tiene que ver con una idea muy propia que yo tengo sobre las pesquisas que he realizado sobre la belleza en mis libros. No solamente en esta novela sino también en Lejos de Roma, Tríptico de la infamia, Los derrotados... Siempre está presente esa certeza de que el arte es una vía a través de la cual se está buscando la belleza, pero esta nunca se alcanza. Hay momentos en que se roza, en que se pasa por ella, y la persona que ve los cuadros, que escucha la música, que ve las fotografías, tiene la sensación de que ese fenómeno de la belleza existe, pero existe en tanto que fugacidad. Es como la paradoja que hay entre artistas. Se dedican obsesivamente a tratar de capturar la belleza y finalmente dejar la intención de que esa belleza es inasible, fugaz, breve, que nos deja en un estado de perplejidad. En la fotografía erótica eso sí que tiene unas implicaciones particulares: en primer lugar, porque esas mujeres que fueron fotografiadas fueron prostitutas casi todas y sin embargo nosotros vemos esas fotos y algo semejante al encuentro de la belleza estética queda ahí como flotando. Siempre en esas fotos existe esa contradicción ante esa imagen que me quiere revelar algo bello, pero que está hecha con modelos que ya perecieron, que ya son polvo y ya se degradaron. Esos fenómenos están ahí planteados, pero nunca hay una respuesta clara. Todas son posibilidades para que el lector las interprete, las considere y reflexione sobre ellas.

Una de las frases que captan la atención en la novela es: “Lo inmoral posee horizontes más amplios que las buenas costumbres”. ¿Cómo podemos ahondar en este postulado?

Alguien, muy simpáticamente, me dijo hace días que el pudor todavía nos acompaña en los momentos en que estamos solos y desnudos. Por ejemplo: nosotros estamos desnudos en la casa, no hay nadie y vamos al baño y nos ponemos una toalla. Todavía tenemos esos problemas frente a nuestra propia desnudez. Es verdad que en ciertos sectores lo moral predomina y lo moral sigue siendo una regla de juego social. Pero yo creo que en esas sociedades reprimidas y donde lo moral sigue siendo tan fuerte, el deseo, las perversiones, las fantasías, los juegos que establecemos con nuestra desnudez y la del otro ocupan un espacio importante, al menos en la privacidad. En el siglo XIX, y bien adentrado el siglo XX, en una región como Antioquia, la gente hacía el amor, sobre todo las clases más pudientes, a oscuras, no se podían ver desnudos. La gente orientaba su sexo a través de la oscuridad. La fuerza del deseo, todo lo que propone el erotismo, que es un asunto de imaginación más que de otra cosa, poco a poco va rompiendo esas trabas y va encauzando a los seres humanos a una experiencia más libre del deseo y su propia sexualidad.

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Habla en un momento de la pintura como un ejercicio artístico que antecede a la fotografía. Y así mismo menciona que el fotógrafo erótico realiza poesía. ¿La poesía cómo juega en estos dos campos?

La discusión que había en el momento en que surge la fotografía erótica es: ¿la fotografía como ciencia o sirvienta de la ciencia puede encargarse de asuntos que le corresponden a la pintura y que finalmente son temas que en realidad tienen que ver con la poesía? Esa es la pregunta que se hace Baudelaire. Él dice que no, que la pintura debe encargarse de la desnudez, de representarla, porque la pintura sugiere, no tiene nada que ver con la realidad. La pintura es una especie de artificio que reproduce la realidad, pero no tal como es. Y él lo que entendía de la fotografía es que muestra la realidad tal como es y por eso le parecía que lo que mostraba era arte, porque para Baudelaire la realidad reproducida tal como era no tiene nada que ver con el arte. Lo que hace la fotografía al reproducir un cuerpo desnudo no es que lo reproduce tal como es, sino que plantea una serie de asuntos que tienen que ver con la imaginación del cliente. La poeticidad tiene que ver con la persona que ve la fotografía, no tanto conquien la hace sino con quien la ve. Hay una correspondencia entre quien la hace, el modelo y quien la ve. En esa correspondencia lo que brota, o eso es lo que quise mostrar, es la imaginación erótica. Que tiene que ver con el erotismo como experiencia.

¿Podemos concluir que la belleza está ligada al ejercicio de la imaginación?

Para mí es fundamental eso. La relación de arte y belleza está intermediada por la imaginación, la invención.

 

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