Perfil

Sobre las raíces que danzan y forman un legado

Fernando Montaño, nacido en Buenaventura, es el primer bailarín colombiano en hacer parte del Royal Ballet de Londres. Él fue el encargado del espectáculo central en la entrega de los premios de “Titanes Caracol”.

Fernando Montaño durante su presentación de anoche en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. / Gustavo Torrijos

Pocas veces vio a su papá bailar. Recuerda que lo vio bailar currulao. Al final siguió sus pasos, no los del baile, pues con una risa tímida afirma que su papá no era un buen bailador. Siguió sus pasos virtuosos, los que no dictan el oficio pero sí la voluntad, la convicción y el ritmo que acerca al destino anhelado.

Una y otra vez se cambiaba el calzado. Fueron más de cuatro horas ensayando y haciendo eco en las tablas del Teatro Julio Mario Santo Domingo el pasado 8 de octubre. Hacía pocas horas había llegado al país y los posibles efectos de la altura y del cambio de horario no lo afectaron para empezar a medir los detalles e imaginar la conexión que siempre sueña con su público, en especial si este es colombiano.

Cada movimiento era milimétrico. La perfección no le asusta porque acepta que la esencia de la danza, que la esencia misma del arte está en la interacción con el espectador, con sus asombros, sus dudas, sus intrigas y sus emociones. Los giros dan la sensación de desprender pétalos, los saltos son una finita alegoría al vuelo, a su similitud con la sensación de libertad y desprendimiento de muchos misterios terrenales.

“En este espectáculo hago el solo de las copas de Don Quijote, ahí estoy en una plaza y soy un barbero al que le gusta tomar el vino. Es algo que puede verse muy realista, como si uno fuera al pub a tomarse una cerveza. En ese sentido sé que mi personaje es un hombre aventurero, al que le gusta divertirse. Al mismo tiempo busco que mis saltos sean bien potentes y lograr gran altitud sin mostrar ese esfuerzo. En el cierre, en el show de la marimba, ya es más conectarme con el público colombiano, que sientan la música del Pacífico y esa efusividad que normalmente define lo que somos en este territorio. Se trata de sentir esa conexión y no de pensar tanto en esa perfección del movimiento”, contaba Montaño luego de varias horas de ensayo en las que no solo participó como bailarín sino también como un director de su obra, como el que lleva la batuta de la danza y el compás del sabor que yace en la marimba, en el sonido característico que transporta al oyente a las calles húmedas, a las sonrisas imborrables y resistentes al olvido y a la violencia que han deambulado por el Pacífico, sin lograr amilanar el jolgorio, el carnaval y el calor de sus habitantes.

“Es una forma de regresar a esa Buenaventura, o a esos recuerdos de esa Buenaventura tan felices que yo tuve, porque en esos cinco o seis años que viví en mi niñez fueron muy alegres y que ahora es una tristeza escuchar esas cosas que se dicen sobre Buenaventura, porque creo que antes no era así. Esto es un viaje al pasado, pero, en mi caso, es un viaje de mucha felicidad”. Así reafirma Fernando Montaño que las raíces bailan, que no es solo la virtud, que también es la tradición, es la semilla y el recuerdo los que resguardan la armonía de un son que sabe a jugo de borojó o a un aborrajado de pescado.

“El baile puede revelar todo el misterio que la música concede”, afirmaba el poeta francés Charles Baudelaire. Citarlo es descifrar el espíritu de Montaño y reafirmar que sus palabras sobre las oportunidades en la vida y sus añoranzas pueden esfumarse en los vientos de un giro y un salto; que el baile, como la sonrisa, pueden ser lenguajes universales que cualquiera puede hablar sin musitar palabra alguna. La sutileza de un movimiento y un cuerpo que se contorsiona para hacer de la danza un acto poético son elementos que surgen de unas manos abiertas al público, que se alzan anhelando los cielos y pintando el espacio como un infinito lienzo.

Montaño pronuncia algunas palabras con dificultad. Se da cuenta y acepta al tiempo que su acento “ya no es tan colombiano”, pero que la salsa que aún baila ocasionalmente y que el olor al café, que no toma porque no le gusta, lo hacen arraigarse a nuestras costumbres y a nuestra identidad que permanece y resiste en medio de tanta confusión y de tantas enemistades. Con una sonrisa que nunca desapareció y una vez tenue y dulce, el bailarín reconoce que es justamente esa alegría y esa energía llena de carisma lo que lo diferencian de otros bailarines. Su concentración y su cuidado con los detalles no lo apartan de su esencia y de la autenticidad que es capaz de adaptarse a un ballet clásico o a un currulao sin perder su figura, su norte y su libertad.

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2019-10-09T22:14:12-05:00

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