Reflexiones para el Día de la Mujer

Sobre nuestro patriarcado filosófico

Este artículo pone de presente la profunda relación entre filosofía y exclusión femenina, no sólo en la historia del pensamiento, sino en el exiguo lugar que ellas ocupan en la actualidad como profesoras e investigadoras en las principales facultades de filosofía del país.

Rosa Luxemburgo, teórica marxista alemana, en una de las manifestaciones de comienzos del Siglo XX. Getty images

No deja de resultar irónico que la filosofía, considerada por Nietzsche como la “conciencia malvada de su tiempo”, no se haya percatado suficientemente de que en la historia del pensamiento ha habido una curiosa relación entre filosofía y exclusión. ¿De qué tipo de exclusión estamos hablando? La respuesta es sencilla: la exclusión de la mujer de la historia de la filosofía. Es como si ellas no pudieran trepar las montañas de las cumbres del pensamiento; como si fueran incapaces de ocupar su puesto de pensadoras o catedráticas con suficiencia, rigurosidad, penetración, inteligencia, imaginación y creatividad. Pero, lamentablemente, es así. Es la herencia de la sociedad occidental-cristiana… aunque no sólo de ella.

Por un lado, la Biblia en la interpretación dominante tiene elementos que permiten inferir una degradación del papel de la mujer en la historia, la responsable de la caída del Edén con todas sus consecuencias negativas (muerte, enfermedades, sufrimiento, etc.), así como el sujeto que ocasiona la salida del hombre del idílico paraíso y lo condena al trabajo, a ganarse el “pan con el sudor de su frente”. Ella, desde esta perspectiva, representa el atentado contra la ley divina. De tal manera que, hasta la tarea del pensar que se considera monopolio del hombre, resulta consecuencia de su acto transgresor. En esta concepción ella es pecaminosa, tentadora y embustera.

Lo que se pasa por alto en esta lectura sumamente maniquea, es que le debemos a la mujer el haber salido del aburrido y monótono jardín. En estricto sentido, desde esta perspectiva cristiana deberíamos decir que, gracias a ella, la humanidad es sujeto de la historia, con sus grandezas y sus miserias. Gracias a ella hay civilización y cultura. Por ella, existe la ciencia que ha permitido crear la civilización en la que vivimos. Por eso hoy, y después de las innumerables y, en cierta medida, ocultadas luchas feministas, deberíamos decir que disfrutamos de igualdad y dignidad gracias a su inicial insolencia, atrevimiento y curiosidad… en últimas, somos feudatarios, para bien, de “su pecado original”.

Por otro lado, en la historia de la filosofía, desde Grecia, ya Aristóteles consideraba a la mujer como un ser defectuoso, que necesitaba tutela y gobierno; por eso ella era parte de la hacienda, del gobierno de la casa (oikos- nomos), un ser, superior, eso sí, a los esclavos considerados cosas animadas que trabajan. Ni qué decir de las lecturas medievales, donde la episteme basada en el dualismo cuerpo/alma concibió al cuerpo femenino como lugar de asentamiento de corrupción, deseo, perversidad y pecado. La belleza femenina exalta los sentidos, y “toda exaltación de los sentidos no es sino la apelación que el diablo dirige al cuerpo, quien, gracias a su obra, lo había reducido a la dimensión terrena y mortal”, como señala Virginia Naughton en su libro Historia del deseo en la época medieval.

Si bien en el Renacimiento, como anotó Jacob Burckhardt, especialmente en las familias nobles, la mujer recibió una gran educación, tal es el caso de Lucrecia Borgia en Italia, lo cierto es que la lectura dominante siguió siendo menospreciar sus capacidades intelectuales. En la modernidad filosófica europea, ese menosprecio continúa, y su papel y rol social sigue estando determinado por la sociedad tradicional; siguen siendo condenadas a determinadas funciones sociales. Es lo que Judith Butler llama performatividad de género. Por ejemplo, Arthur Schopenhauer no sólo afirmó que las mujeres eran animales de pelo largo e inteligencia corta, sino que fue un digno representante de esa mentalidad patriarcal construida por siglos que le niega cualquier otra posibilidad en la sociedad. Decía: “A las mujeres sólo se les debería aplicar en los trabajos domésticos, se les debería alimentar, y vestir bien, pero no mezclarlas en la sociedad ni instruirlas en la poesía y la política”. Incluso Nietzsche, que tuvo una relación compleja y ambigua con las mujeres, no sólo pensaba que los derechos femeninos eran fruto del detestable espíritu democrático, el cual él, con su aristocratismo, detestaba, sino que, al ejercerlos, ellas, en verdad, retrocedían. Con cierta malicia llegó a afirmar: “El traje negro y el mutismo visten de inteligencia a cualquier mujer”.

Los ejemplos podrían repetirse hasta el hartazgo. Pero lo que nos debe preocupar hoy es que, a pesar de los avances sociales y los logros obtenidos en las luchas por una mayor expansión democrática, como en muchos otros casos, la mujer no goza plenamente de sus derechos. Su cuerpo sigue siendo “objeto” de posesión, subordinación, maltrato, abuso, acoso, exclusión, discriminación… etc. Dice la Organización de las Naciones Unidas (ONU): “A pesar de que la participación de las mujeres en las carreras de grado superior ha aumentado enormemente, están insuficientemente representadas en estos campos todavía”. Pero esto no sólo sucede en la ciencia dura y otras disciplinas, sino que sucede, como ya se afirmó, en la filosofía, la llamada “madre de las ciencias”.

En las facultades de Filosofía del mundo, la presencia femenina es mínima. No sólo sucede en Inglaterra, como se ha mostrado en el informe Women in Philosophy in the UK. A report by the British Philosophical Association and the Society for Women in Philosophy UK, en el que sólo el 24 % de docentes son mujeres, sino en todo el hemisferio occidental. En Colombia, la presencia de la mujer en las facultades de Filosofía mantiene el mismo patrón. Para sólo mencionar cuatro ejemplos, en la Universidad de los Andes, hay sólo tres mujeres entre un total de doce docentes de planta (25 %); en el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, donde aparecen más de treinta docentes, sólo hay ocho; en la Universidad Javeriana hay cinco mujeres entre un profesorado de planta de veintidós. Tanto en la Javeriana como en la de Antioquia, el porcentaje ronda tan sólo la cuarta parte (25 %) del total de docentes, similar al porcentaje en el Reino Unido. Un caso dramático es el del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, donde sólo hay una mujer entre los 18 docentes, lo que equivale a tan sólo el 5,5 %. Y así se repite el patrón en otras facultades.

No deja de ser curioso, también, que en la enseñanza de la Filosofía la mujer quede al margen, pues la historia oficial de la Filosofía occidental, sin mencionar el desconocimiento que tenemos de otras tradiciones filosóficas, está plagada mayoritariamente de hombres. Es como si la lógica, la dialéctica, la filosofía moral y política, el marxismo, la fenomenología, etc., fueran feudos intelectuales de exclusiva propiedad masculina. Un estudiante colombiano (y sin duda los de otros países) egresado de un programa de Filosofía, rara vez sabe algo sobre Hiparquía, la filósofa de la Escuela Cínica; sobre Hipatia, la filósofa neoplatónica de Alejandría o, para mencionar autoras más cercanas en el tiempo, de Rosa Luxemburgo, Agnes Heller, María Zambrano, Edith Stein, Simon Weil, Hannah Arendt, Martha Nusbaum, Adela Cortina, Chantal Mouffe, Judith Buttler; o de las latinoamericanas Victoria Ocampo, María Luisa Rivara de Tuesta, o Dina Picotti.

En Colombia hay que resaltar los nombres de destacadas filósofas como Lucy Carrillo, Amalia Boyer, María del Rosario Acosta, Laura Quintana, Ángela Uribe Botero, entre otras, quienes se han ganado un notable puesto dentro de un espacio dominado por hombres. Igualmente, hay que celebrar la reciente constitución de la Red Colombiana de Mujeres Filósofas, que busca visibilizar su producción intelectual, entre otros fines.

El inconveniente grave en Colombia es que los problemas y las situaciones sociales tienden a negarse y ocultarse, como si se pudiera escapar ladinamente de la realidad. Se olvida que, como dijo la filósofa española María Zambrano: “Nada de lo real puede ser humillado”, pues al final, la realidad –y sus circunstancias– terminará pasando la cuenta de cobro, y con intereses incluidos, lo que quiere decir que con más graves consecuencias que si se hubiera atendido el problema a tiempo. Lo que se quiere desconocer es que la exclusión es y ha sido real y campea por doquier. Este problema lo reconoce la Constitución Política en su artículo 13 al promover la “igualdad real y efectiva” como fin de nuestro sistema político, superando así las meras declaraciones formales de igualdad. Es por eso que contempla los tratos diferenciados o las acciones afirmativas para los grupos históricamente subordinados y discriminados. A ese mandato constitucional debemos la ley de cuotas para la participación de las mujeres en las corporaciones públicas.

En una sentencia, con ponencia de ese gran Iusfilósofo que fue Carlos Gaviria Díaz, se dice: “No hay duda de que la mujer ha padecido históricamente una situación de desventaja que se ha extendido a todos los ámbitos de la sociedad y especialmente a la familia, a la educación y al trabajo”. Esa desventaja implica discriminación, la cual es un atentado contra su dignidad, su valor, su reconocimiento como sujeto pleno y contra sus posibilidades reales de materializar su proyecto vital. La discriminación histórica y estructural que ha padecido la mujer, pues, no es un invento de feministas mamertas, resentidas o incapaces. No. Es un hecho protuberantemente real. Debemos aceptar, más bien, que esta se ha naturalizado y ha hegemonizado el sentido común prevalente de la gente, y que se ha “somatizado” y encarnado en nuestras prácticas cotidianas. Ya decía Antonio Gramsci que el “sentido común es mezquinamente misoneísta y conservador”, de ahí que nos cueste reconocer ciertas nuevas verdades.

Recordemos, finalmente, que uno de los fundadores de la filosofía en Colombia, el maestro Rafael Carrillo, que tantas generaciones de filósofos ayudó a formar, sostuvo en 1939 que la mujer no era apta para la filosofía, “porque carece de capacidad de abstracción” y ve solo la “parte”, no la “totalidad”, “por eso precisamente, la historia no conoce un caso de mujer que haya filosofado”. Pues bien, ya es hora que se discuta a fondo, y de manera diferenciada, la relación filosofía y exclusión de la mujer, sin intentar tapar y eludir el problema histórico acudiendo al recurso manido de la meritocracia, pues el mérito si bien permite que algunos –muy pocos en realidad– franqueen su situación particular de exclusión, no ataca las estructuras sociales que la hacen posible. Eso sucede, también, en el caso de la pobreza.

Hay que pensar, entonces, qué significa ser mujer filósofa y cuáles son las dinámicas propias en el mundo de la filosofía, pues las relaciones de poder hegemónicas permean todo el espacio social. Y así como no es lo mismo ser negra en Chocó que en Inglaterra o Suiza, no es lo mismo ser ama de casa, cumpliendo el rol que la sociedad hegemónica le ha asignado, que ser intelectual, pensadora, investigadora, mujer crítica, escritora, etc., en un espacio hegemonizado por hombres. En los dos ejemplos, el poder está inscrito en el cuerpo, pero no hay que olvidar que el cuerpo es, también, la geografía de la rebelión y de la sub-versión.