“Monos” se estrena este jueves, 15 de agosto, en Colombia

Sofía Buenaventura y el placer de la ambivalencia

La actriz interpretó el personaje de Rambo en la película “Monos”, un trabajo que, según ella, se le facilitó debido a que no tuvo que esforzarse por mostrar lo mucho que se le dificultaba encajar en un mundo que no la satisfacía.

Sofía Buenaventura nació en Cali y tiene 17 años. Gracias a su trabajo en “Monos” fue reconocida con el premio a mejor actriz en el Montclair Film Festival.Grupo Trébol comunicaciones.

En la película, Sofía Buenaventura interpretaba el papel de un hombre, así que se rapó (o le raparon) la cabeza. Cuando terminó de rodar dejó de actuar y el cabello le creció. Ya era ella, o él, no decidió en ese momento ni tampoco ahora. No se siente totalmente cómoda con ningún género. A veces habla de su vida en clave femenina y a veces como si fuese un él. No tiene mucho afán de decidirlo, así que transita por los dos universos con fluidez. Ahora es rubia, y se gusta, y les gusta a los demás. “Siempre he sido alguien que llama la atención y no me molesta. Ya me acostumbré”, dice. Con lo que ha tenido que lidiar después de grabar la película es con el interés extra, con el justificado. Con los momentos en los que alguien se acerca y le dice que le gusta su trabajo y que su carrera será brillante. Con los que la premian. “¿Premios? Cuando me dijeron no lo creía. Esto es irreal”.

Vive en Cali con su mamá y su hermano menor. Generalmente se levanta, desayuna y se va para la Universidad del Valle a ayudar a su madre con su negocio de pasteles. Está terminando el bachillerato en un instituto acelerado, así que de 3:30 p.m. a 5:30 p.m. está ocupada. El resto del tiempo lo usa en patinar con su mejor amigo y escribir poemas.

“Es de madrugada y mi cabeza sigue girando en torno al recuerdo de tus pupilas, de ese atardecer naranja y púrpura”.

“Me dejo llevar por el sonido de tu cuerpo y me encuentro frente a frente con tu silueta, esa figura perfecta que tanto surca mi cabeza en pro de provocación y baile”.

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“No soy muy buen bailarín”, dice Sofía, que ama la salsa porque “está absurdamente bien hecha”. Cuando sale “de fiesta” elige el tecno, y los recuerdos de esas noches se la llevan. Se olvida de que está hablando con alguien que la observa, suelta la risa, se encarta con las manos y pierde el foco. Su mirada se desorienta. Tiene ojos color miel y también se vuelven independientes cuando habla de su novia, de “su chica”, que le ocupa la mente constantemente. Su visión la delata, y entonces es claro que no finge, que para ella no existen las prevenciones.

“Se aclara la vista y veo tu cuerpo, cúspide del éxtasis y prueba viva de que la felicidad existe y tiene forma de mujer”.

“Percibo la esencia de este y de inmediato reconozco el aroma. Es nuestra fragancia, el perfume que creamos revueltas entre las sábanas llenas de sudor y saliva. Olor a sexo, pero no cualquier sexo, tu sexo: húmedo, cálido, palpitante, exquisito”.

Buenaventura tiene 17 años. Cuando le propusieron que hiciera la audición para la película Monos estaba jugando baloncesto en una cancha de Cali. Interpretó el papel de Rambo, con el que se sintió muy identificada por el “gender fluid”, ya que, como ella, no se siente muy cómodo con su cuerpo, ni con su presente, ni con las órdenes que le dan para que se acople a La Organización, una estructura militar que sobrepasa las voluntades individuales de los que la componen.

A Rambo le duele el mundo. Su cabeza va a mil por hora. No se detiene, parece que quisiera enloquecerlo. Se siente perdido. No sabe si debe verse como hombre, mujer, esclavo, soldado, asesino o revolucionario. No siente que pertenezca al lugar en el que vive, pero tampoco intuye a dónde ir para buscarse. Para Buenaventura, interpretar este papel fue la oportunidad de hablar en voz alta y frente a una cámara de todo lo que le disgusta. Lo que le duele a Rambo también le duele a ella y, a pesar de que su personaje estaba en un constante movimiento emocional, las quejas que los dos tienen del mundo los acercan.

“Estoy a punto de creer que conozco la felicidad, que la he tocado con las manos y de repente escucho tu voz, dulce armonía que calma mis penas; escucho tus gemidos, melodía única transmisora de sensaciones y secretos. No podría estar más seguro de que nada puede salir mal si estoy así, contigo, entre flores y nubes”.

Después del rodaje, Buenaventura se ha ido acostumbrando a su nueva piel. Expuesta al sol, se fastidia y dice “soy fotosensible”, y arruga la cara, y se intenta cubrir con las manos. Después, ante los reflectores de las cámaras, se relaja. Tiene sonrisa generosa. Cuando opina o habla de alguien, se asegura de decir: “No sé los demás, puede que no, pero yo pienso, yo creo, según yo”, confirmando que no le interesa convencer a nadie ni mucho menos hablar de absolutos. Es pura empatía, y dice que gracias a la película aprendió a ver con ojos más solidarios a los soldados o guerrilleros que han tenido que pasar por situaciones que allí se narraron. “Monos te permite conocer las posibles vidas de los que están metidos en toda esta mierda. Personas que se van a la fuerza o que sí se convencieron de unos ideales que a veces se ven absurdos. Puede que ni los entiendan”.

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El libro favorito de Sofía es Satanás. Dice que le gustan los tintes y la diversidad de Mario Mendoza, y que cuando lo vuelve a leer experimenta sensaciones similares a las que siente cuando escribe sus poemas. “Mi catarsis es escribir y leer ese libro”. Con el papel ha logrado juntar palabras que les den sentido a sus emociones, que son intensas y a veces se desbocan. Sus planes se enfocarán hacia el cine, porque de ahí ya no podrá soltarse nunca, y porque ahora es parte de su realidad, que seguirá transcurriendo entre la poesía que le brota y la inconformidad con lo establecido. Ella, o él, seguirán diciendo que no, que mejor lo hará a su manera.

“Vuelvo a la realidad, la madrugada es fría, pero tu recuerdo calienta mi alma, no necesito nada más”.

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2019-08-14T21:00:00-05:00

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2019-08-15T07:52:51-05:00

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Laura Camila Arévalo Domínguez / @lauracamilaad

Cultura

Sofía Buenaventura y el placer de la ambivalencia

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