Entrevista

“Soy un optimista compulsivo”: Guillermo Arriaga

Con Guillermo Arriaga es fácil hablar de muerte, vida, venganza, renacer o amor. Tal vez esto ocurre porque su vida ha sido una mezcla de todo, y al mismo tiempo, porque se niega a ceder ante la debilidad. Cuando dice el nombre de sus hijos, se enciende el corazón de niño que a veces se esconde. Cuando habla de su papá, sus ojos de mar o de lobo, se encharcan. 

Guillermo Arriaga, escritor y director de cine, un hombre que va por la vida en busca de historias y de testimonios. Cortesía

Hay un personaje en “El Salvaje” llamado Amaruq, que significa “lobo”. Es cazador y tiene una obsesión heredada de su abuelo: cazar a Nujuaqtutuq, un lobo, que, según la leyenda, era su dueño. Los lobos son temibles y también nobles, buenos líderes y cuidadores. Guillermo Arriaga, el director de cine y escritor mexicano, es como esos animales. Es grande e imponente, y de sus ojos azules surge una fuerza magnética. Elli H. Radinger escribió en “La sabiduría de los lobos” que ellos “no dejan indiferente a nadie”. Guillermo tampoco.

Arriaga tiene 61 años. En un cajón de su armario tiene creaciones literarias como “Escuadrón Guillotina”, “Un dulce olor a muerte”, “El búfalo de la noche” y la colección de cuentos “Retorno 201”. En su otro cajón, tiene la autoría de las historias para las películas “Amores Perros”, “21 gramos”, “Babel”, “Los tres entierros de Melquiades Estrada” y “The Burning Plain”. 

Con Guillermo Arriaga es fácil hablar de muerte, vida, venganza, renacer o amor. Tal vez esto ocurre porque su vida ha sido una mezcla de todo, y al mismo tiempo, porque se niega a ceder ante la debilidad. Cuando dice el nombre de sus hijos, se enciende el corazón de niño que a veces se esconde. Cuando habla de su papá, sus ojos de mar o de lobo, se encharcan. 

En esta entrevista quedan varios detalles del autor y mucho del ser humano. Para antojar a los lectores, aquí van sus historias sobre sus películas, y “El Salvaje”, su novela más reciente, presentada al público en la Feria del Libro de Pereira (Colombia). 

Claudia Morales: Quisiera empezar con su trabajo en “Amores Perros”, “21 Gramos” y “Babel”. Con esas películas sentí que había cambiado la manera de hacer cine, especialmente por la fragmentación de las historias. ¿Por qué narra de esa manera? Pareciera como si hubiera una cierta intención de confundir para luego empezar a descubrir, y en ese proceso de descubrimiento revolver los sentimientos. 

Guillermo Arriaga: No, yo nunca quise confundir a nadie, lo que creo es que usamos estrategias narrativas muy sofisticadas en el día a día. Nadie cuenta historias de manera lineal, siempre vamos para atrás y para adelante, en la vida diaria así es. Si yo te cuento por qué soy director de cine, probablemente empiece hablando de mi padre, no de mí y de ahí puedo ir a mi hijo, y de ahí vuelvo, voy y vengo, puedo hablarte de mi hija, paso a mi abuela o a un amigo. Nadie dice cómo se enamoró de manera lineal, entonces más que confundir, quise ser orgánico con la forma como contamos historias.

C.M.: En sus obras, es fuerte el peso de las experiencias en su vida, con razón, y también es conocida la influencia de escritores como Faulkner o Rulfo, y directores de cine como Francis Ford Coppola. Lo oí decir que cuando escribe no sabe para dónde va, lo que va saliendo lo va encajando hasta que finalmente tiene un producto. Me gustaría saber si hay en su mente alguna conciencia de orden entre las vivencias, los autores, los directores y todo lo que puede influenciar su acto de creación.

G.A.: No hay ningún orden, la verdad, nunca tengo claro qué voy a escribir. Cuando escribo, es fundamentalmente la vida la que está rigiendo el texto, ya no es la influencia de autores. Los autores son una reflexión que haces de manera previa, es decir, me gustaría descubrir estructuras narrativas como hizo Faulkner o me gustaría la precisión del detalle que tiene Coppola, pero una vez que entro al proceso de creación ya no tengo influencia de esos autores. A veces como director sí me baso en fotos o en cuadros. Por ejemplo, hay un fotógrafo que me ha influenciado que es Edward Hopper. Hay cuadros en “The burning plain” que son la estructura de Hopper. Hay otros dos fotógrafos que me gustan mucho, el brasileño Miguel Rio Branco y Stephen Draschan, me encanta como hace fotografías, las hace muy simples, casi de tarjeta postal de los años 50. 

C.M.: Desde la mirada de una espectadora no experta en cine, un actor como Tommy Lee Jones es muy particular, tiene una fuerza especial, y usted trabajó con él en “Los tres entierros de Melquíades Estrada”, en el año 2005. ¿Cómo es él, y qué tal fue la experiencia? 

GA: Cuando llegué a Hollywood aprendí que no debía impresionarme por nadie, así sea el más famoso o la persona que más admire. No puedo mostrarme como un fan porque entonces ya entras en una relación de desbalance, y yo siento que lo que tengo que ofrecer no lo pueden ofrecer otros, y si me están buscando es porque les gusta lo que yo ofrezco. Tommy Lee es un actor que a mí me ha sorprendido siempre. Cuando lo conocí me invitó a cenar y me dije, “tengo que saber si tiene el mismo gusto que yo”, porque lo peor que puedes hacer en el cine es trabajar con quien no tiene tú mismo gusto. Hacer una película con alguien es una especie de matrimonio, son 2 o 3 años en los que debes estar con esa persona de forma muy cercana. Entonces le pregunté cuál era su director de cine favorito, y me pidió que volteara, y detrás de mí había una acuarela de un Samurai. Me dijo, “eso lo pintó Akira Kurosawa para enseñarle a la gente de vestuario y de arte cómo quería que fueran sus Samuráis en su película “Ran”. Mi director favorito es Kurosawa”. Entonces pensé, “el tipo tiene buen gusto cinematográfico”. Luego le pregunté, “¿quién es tu escritor vivo favorito?”. Y contestó, “es Cormac McCarthy”, que es casualmente uno de los dos escritores americanos que más me gusta. 

Y llegó la pregunta crucial: “¿Te gusta la cacería?”, y me dijo, “me encanta, te invito a cazar”, y entonces concluí que éramos el uno para el otro. Me invitó a cazar en su rancho en Texas donde filmamos “Los tres entierros de Melquiades Estrada”, me llevó en su avión privado, y recuerdo que llevó un chef y me puso unos quesos franceses y medio kilo de caviar de beluga y me dijo “para que veas las ganas que tengo de trabajar contigo”.

C.M.: ¿Qué es lo que le genera respeto a un actor frente a una persona como usted?

G.A.: Que no se doblegue, porque si lo haces te convierte en uno más de la maquinaria a la que ellos ya están acostumbrados. Si te enfrentas a ellos y tienes un punto de vista autoral empieza a haber una relación completamente distinta.

Sean Penn me lo dijo una vez: “Tu eres un autor, no eres un guionista, y hay que tratarte como un autor”. Eso es lo que yo siempre quise vender en Hollywood, yo soy un autor, no soy un escribano. Siempre dije, “tengo esto que ofrecer si te interesa te lo entrego con mucho gusto”. 

C.M.: ¿Qué sintió en el debut como director en “The Burning Plain” (Lejos de la tierra quemada)?

G.A.: Disfruté muchísimo dirigir, y es que a mí me lo habían planteado como algo dificilísimo. Ahí estuve en el desierto que yo escogí, con las actrices y actores que escogí, con los fotógrafos que más he admirado en mi vida, con un gran editor, con un par de productores bestiales famosísimos. Me rodeo de la gente que más admiro y gente a la que con confianza puedo decirle, “no sé qué hacer ahora”. Cuando es tu primera película y no tienes tanta experiencia necesitas gente que te diga que si estás cometiendo un error o no.

C.M.: ¿Eso no le produjo nervios?

G.A.: El primer día estuve nervioso hasta que me dijo mi asistente de dirección: “mira jefe, a donde tú vayas te seguimos, pero si tú dudas no te vamos a seguir, entonces toma tu decisión y mantenla”. Y a partir de ahí, decisión que tomaba, vivía con ella, nunca más volví a dudar como director. Hago algo, le pido fotos a todo el crew con sus nombres, me paro a las 4 de la mañana y estudio los nombres de tal manera que cuando llego al set, al del café o al que recoge los cables no le digo “oye tú”, le digo “buenos días” con su nombre. Saludo de mano y al final a todos les doy un abrazo y les agradezco.

Algo que aprendí de Alejandro Magno era que se sabía el nombre todos sus soldados y guías. Cuando iba a la batalla lo hacía de primero, de hecho, por eso murió. Y me dije, yo quiero ser ese, el que va adelante, ser el primero en llegar y el último en irme, no quiero ser un director diva como los he conocido que le gritan a los demás, soy incapaz de gritarle a un colega, incapaz de humillar a una persona.

C.M.: ¿Cuál ha sido una anécdota que recuerde con cariño de ese trabajo como director?

G.A.: Lo más bonito que me ha pasado es que se me había acabado el tiempo y necesitaba más días de rodaje, y el productor me dijo que ya no había dinero. Y se me fue acercando todo el mundo a decirme, “jefe no te vamos a cobrar un quinto, estaremos los días que necesites, contigo a donde vayas”. Muy conmovedor que todos, actores, técnicos, choferes, me hubieran dicho eso. 

Alguna vez a Orson Welles le criticaron que por qué metía a sus amigos que no eran tan buenos, y respondió, “mira, para mí es más importante la vida”. Yo conozco directores que son muy malditos y lo que les interesa es la obra, y tienen una vida muy fea, muy triste. Yo quiero disfrutar el proceso y si sale mal la película, pues créeme que le eché todas las ganas, pero no voy a humillar a nadie en el camino.

C.M.: Eso es tener buen corazón, pero también un sentido de justicia y de humanidad.

G.A.: Yo soy hijo de humanistas. Creo que los que crecimos en un hogar liberal, no creyente, entendemos que lo que queda siempre es ver al que tienes al frente. Todos mis hermanos son humanistas, y afortunadamente mis hijos, Mariana y Santiago, que ahora son directores, también lo son. Y la gente los ama.

C.M.: Hablemos del equilibrio entre la vida y la muerte. Siento que en sus creaciones narrativas hay una carga de dolor que está por encima de la alegría que puede dar la vida, pero también sé que lo que pienso es contrario a lo que usted defiende sobre su obra. 

G.A.: Sábato decía, “tu no escoges tus obsesiones, las obsesiones te eligen a ti”. Alguna vez un muchacho hizo su doctorado sobre mi obra y me pregunto por qué siempre hay amputaciones, y le dije, “no, no siempre”, y luego repasé y pensé, “ah, sí, hay bastantes amputaciones”. Es más, a veces quiero escribir una comedia y termino haciendo otra cosa. Pero en mi inconsciente sí me gustan los personajes que van hasta el límite, que van hasta el abismo y luego tienen la capacidad de remontar y salir adelante. Yo siento que lo que escribo es bastante luminoso. 

C.M.: Veo que los hombres en sus películas llevan una carga de emoción enorme. Pienso en Sean Penn y su rol es estremecedor, él duele. Esto lo digo exceptuando a “Lejos de la tierra quemada” y otros roles de mujeres en otras películas. ¿Eso es espontáneo o hay algo calculado?

G.A.: Para empezar, no me interesa hacer sufrir a los personajes. Me interesa la capacidad de resistencia y resiliencia. En toda mi obra me interesa la potencia de la vida. Por ejemplo, el personaje de Benicio del Toro en “21 Gramos” es un reo que encontró a dios en la prisión, que alega que dios le da todo, se gana una camioneta en una rifa y dice que se la dio dios, y resulta que con esa camioneta mata a una familia. Entonces, el tipo dice, “soy el juguete de un dios perfecto que me usó para matar a alguien”, y al final, entra a su casa, ve a su mujer y a sus hijos y se da cuenta de que el verdadero sentido está en su familia, que debe dejar de estar viendo a otros lados, que ahí en el amor es donde va a encontrar la fuerza para salir adelante. Naomi Watts, no quiere entrar al cuarto de sus hijas muertas, y al final está embarazada. Hay mucha luz en estos personajes que sí terminan por recuperarse.

C.M.: Tal vez es que vemos las historias dependiendo de la vida de cada cual. Puede haber una mirada de tristeza o una más esperanzadora. Usted dice que no quiere que los personajes sufran, pero también es posible que yo, con mis referentes subjetivos, lo sienta de otra manera y por eso me duele más. 

G.A.: Claro, como espectador no puedes dejar de lado lo que te sucede en la vida. Pero también quiero que una obra se convierta en un principio de diálogo con uno mismo. Si veo unos personajes que tuvieron una situación tan dolorosa como la mía y salieron avante, entones reflexiono sobre mis propias pérdidas. Me imagino que en tu caso has salido adelante. Sí hay una salida a pesar de que estamos impregnados de pérdidas dolorosísimas. Soy un optimista compulsivo.

C.M.: ¿Es el guionista el verdadero autor de una película?

G.A.: La palabra autor significa quién tiene autoridad sobre algo. Creo que el fotógrafo, el productor, el editor, el actor, el director de arte tienen una participación fundamental en lo que se hace, es un trabajo en común. Si quieres llevar al extremo la pregunta, podrías decir, de quién son las huellas digitales. Cuando tú ves una película, puedes pensar a quién le pertenece el mundo de esa película. En las películas de Charlie Kaufman, están por todos lados sus huellas digitales. O pasaba también con Sam Shepard. Hay escritores que dejan claro que el mundo de una película les pertenece. En lo personal, creo que es un ejercicio colectivo, de hecho, me niego a tener solo el crédito de una película, aunque yo la dirija. Y nunca jamás permito en mi equipo que me digan, “oye, cómo va tu película”, siempre obligo a decir “nuestra película”.

C.M.: Sus hijos, Mariana y Santiago ahora son directores y usted con ellos tiene el rol de escritor. 

G.A.: Hay un cuento que escribí cuando yo tenía 26 años y que adapté con Mariana cuando ella tenía 23. Fue la primera directora mujer mexicana en ir a la sección oficial de cortometrajes de Venecia. 1.500 cortometrajes y el suyo fue el 14. Son mucho más talentosos que yo. Tienen un ojo bestial, tienen un sentido especial de dónde poner la cámara y cómo contar historias. Tienen un conocimiento del cine que yo no tengo, yo aprendí haciéndolo, no lo estudié, ellos, en cambio, se dedicaron a estudiarlo a fondo. 

Yo fui jurado, por ejemplo, en Venecia y San Sebastián, y ellos iban conmigo siendo chiquitos a las juntas y veían cómo discutía Tarantino, Frances McDormand, o Alex de la Iglesia, gente súper pesada en el cine. Ese proceso para ellos fue muy importante. Hoy de todos lados quieren trabajar con ellos. Son muy impresionantes esos chamaquitos. 

C.M.: ¿Le llama la atención el mundo de las series? ¿Qué le parece el rol del show runner? 

G.A.: He estado en dos experiencias de series donde no hay show runner. Yo no voy a trabajar con un show runner, ni voy a ser un show runner. Yo escribo y dirijo todo, si no, no le entro. Es muy difícil el mundo de la televisión. Yo conozco muy bien cuál es la agenda del cine y me cuesta trabajo entender la de la televisión. 

C.M.: Hablemos de “No One Left Behind”.

G.A.: Me llamaron unos amigos y me dijeron que les gustaría que hiciera algo sobre inmigración que les pueda servir de piloto para una serie. Les dije que sí con una condición, que me dejaran filmar en el pueblo donde hago cacería, que está a 1.500 kilómetros de Ciudad de México. Acepté filmarlo en tres días. Filmamos 30 minutos. Escribí basado en mi experiencia buscando locaciones en los Estados Unidos donde me di cuenta de que los migrantes tenían altares de sus hijos muertos en la Guerra de Iraq. Los Estados Unidos te prometen para tu familia la Green Card si peleas con su ejército. Tenía a un actor listo que me renunció dos días antes por miedo a filmar en México y por fortuna el productor, Santiago García, era amigo de Danny Huston, con quien trabajé en “21 Gramos”, y él aceptó. 

C.M.: Sobre su novela “El Salvaje”: un niño de 14 años llamado Juan Guillermo pierde todo su piso afectivo: su mamá, su papá, su hermano, su abuela, sus mascotas. Usted también ha tenido pérdidas, a su papá, por ejemplo, y me pregunto de dónde sale la fuerza para superar tanto dolor. 

G.A.: Es el amor en todas sus manifestaciones: filiar, paterno, de amigos, de pareja, de mascotas. Hay dos animales fundamentales en la novela que terminan por convertirse en el motivo por el cual vale la pena seguir viviendo. Hay un personaje llamado Sergio Avilés, inspirado en mi amigo, que es un hermano para mí, y aproveché su personalidad de buena persona para dárselo al protagonista. Es un tipo mucho mayor, que le explica que quiere estar con él (Juan Guillermo) porque también es huérfano, “los huérfanos debemos cuidarnos los unos a los otros”. 

C.M.: Usted es cazador y en la novela es clarísimo el gusto por esa práctica. ¿Se sentiría cómodo si lo llamo Guillermo, el salvaje?

G.M.: No, al contrario, desde chiquito es lo que quería. Sería muy triste que me dijeras Guillermo el domesticado. Yo sí quiero tener esa parte que todavía se resiste a ser controlado.

C.M.: Usted creció en el barrio Unidad Modelo. Lo resumo: Allí vivió atrocidades, fue víctima de horrores, luego tomó decisiones, salió de allí, entró al mundo de la literatura, y después al del cine. Con su vida de infancia y adolescencia, una opción era encontrarme con un ser vengativo, y no. Pero hay cosas en la creación narrativa, como en “El Salvaje”, que sí pasan por la venganza. ¿Qué es la venganza?

G.A.: En “El Salvaje” planteo una reflexión sobre el acto de la venganza, a qué conduce. Porque en países como los nuestros donde no hay justicia, donde la impunidad campea, donde se mata a la gente y no pasa nada, qué te queda. Entonces lo que hace la novela es estudiar las vías de la falta de justicia y otras vías al respecto. Mi respuesta está en ese libro. Yo le dije a mis hijos desde chiquitos: “que tu calidad humana no dependa nunca de la de los demás”.

C.M.: Usted dice: “Vamos cambiando en la vida. Algunas veces nos pone, como con el nacimiento de mis hijos, y quita como cuando murieron mi papá y mi abuela”. Siento la fuerza de su papá en cada conversación que hemos tenido. ¿Cómo era Carlos Arriaga?

G.A.: Es indivisible de la figura de Carlos y Amelia (su madre), porque fue una pareja muy unida. Estaban por llegar a setenta años de casados cuando mi papá murió. Trabajaron y viajaron por todo el mundo juntos. Mi papá era un hombre lleno de energía. Fue comerciante, se retiró a los 72 años y se dedicó a la cultura. Fue director del Centro Cultural Sor Juana Inés de la Cruz, donde nació la poeta mexicana, se convirtió en un sorjuanista; hizo un museo, una orquesta sinfónica, hizo dos congresos mundiales de poesía. Una vez se le ocurrió que Nepantla había sido un centro importante de la Revolución Mexicana con los ferrocarriles y dijo, “voy a traer la locomotora de un tren de la revolución”. Hasta que no la consiguió no quedó tranquilo, y fue todo un problema, y ahí está. No le gustaba ir a las reuniones de sus amigos porque hablaban de enfermedad y muerte, y él hablaba de proyectos. Escribió cinco o seis libros entre los 88 y los 93 años. 

C.M.: ¿Quién es su papá en “El Salvaje”?

G.A.: En “El Salvaje” es Carlos, tiene su personalidad. Obviamente mi papá no fue un malandro como el personaje del libro, pero sí se parecía por la cultura. A los 16 años, mi padre se compró una colección de libros de Filosofía, Sociología y Economía y se puso a estudiar. Aunque estudió Ingeniería no se recibió, lo cual le dio mucho pesar, se retiró faltándole dos materias para acabar la carrera porque tenía que mantener a mi abuela, era hijo único. Pero siempre estudió, era un hombre cultísimo. Era un lector muy agudo de mis textos.

C.M.: “Hay algo que no ha cambiado: la cacería y la adicción por contar historias”, lo oí decir. Quiero concentrarme en la creación literaria y quisiera saber dónde está el origen de esa adicción.

G.A.: No podemos olvidar que el arte y la literatura vienen del arte de cazar, son hijos de la cacería. Si tú vas a las Cuevas de Altamira, ¿qué ves?, piensa en cuáles son las primeras narraciones, en todos lados está la cacería. Son dos de nuestros grandes ritos, la cacería y contar historias. Yo sí siento que algo genético me obliga a cazar, desde chiquito quiero ser cazador, quiero ser salvaje y quiero contar historias.

C.M.: Usted dice: “Empecé a escribir a los ocho años porque me gustaban mucho las mujeres y no sabía cómo hablarles. Escribiendo podía poner más claras las ideas”. ¿Funcionó la estrategia?

G.A.: No, es que yo escribía cartas muy lindas a estas chicas, pero pues estaban muy jovencitas. 

C.M.: Y ya siendo adulto, ¿no logró una conquista con sus cartas? 

G.A.: Yo creo que sí. (Risas) Es más, puedo decirte que a algunos amigos que tienen problemas con sus mujeres porque ya los mandaron a volar, les escribo algo, y hay tres o cuatro que se reconciliaron. Tuve un amigo, que la mujer que amaba con toda su alma, lo dejó y estaba a dos semanas de casarse. Y a través de cartas se la recuperé. 

C.M.: Usted dice: “21 gramos es el peso de las personas que queremos y que no nos podemos quitar de encima”. Cómo entendemos eso, ¿es una especie de maleta que llevamos? 

G.A.: Puede ser una maleta, puede ser un lastre, puede ser una mole encima, o puede ser alguien que te está ayudando. Hay muertes que te lastran y hay muertes con las que puedes agradecer que esa persona estuvo contigo. Muchas veces para honrar ese amor o cariño, dices, voy a seguir adelante.

C.M.: Voy a decir unas palabras y usted me dirá qué significan.

El amor: todo.

Sus hijos: mis maestros.

La muerte: el sentido de la vida

La vida: lo mejor que nos puede pasar.

La justicia: el ideal.

Su papá: mi amor.

Su mamá: mi otro amor.

Hollywood: un lugar donde me han dado generosamente trabajo.

La literatura: mi pasión.

Los animales: mis grandes compañeros.

La amistad: otro de los grandes valores del ser humano.

Los premios: la cereza en el pastel, pero no es el pastel.

Las mujeres: lo mejor que le puede pasar a un hombre.

886880

2019-10-19T20:00:00-05:00

article

2019-10-19T20:00:01-05:00

faraujo22_102

none

Claudia Morales / @ClaMoralesM

Cultura

“Soy un optimista compulsivo”: Guillermo Arriaga

52

24011

24063

 

Las memorias de Carlos Holmes Trujillo

Filosofía a pedalazos

El lector inmortaliza a Marcel Proust