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hace 1 hora

Tocar la realidad

La historia de Francisco Carranza, quien fue reportero gráfico de El Espectador por 35 años.

Competidores en arranque, 2000. /Francisco Carranza

Como si fuera un presagio del destino, su padrino de bautizo le regaló una cámara fotográfica a los 18 días de nacido. La condición fue que la recibiría al cumplir los ocho años de edad. Fue así como la ruleta de la vida marcó poco a poco el camino y la profesión que ejercería Francisco Carranza, quien fue reportero gráfico del El Espectador por 35 años. (Lea la historia de Carlos Caicedo)

Una vez cumplidos los ocho años, Carranza recibió la “groban” alemana que le había prometido su padrino y comenzó su historia con la fotografía. “Mi padre era un ferviente lector de El Espectador, por eso a mí me gustaba ver las fotos que sacaban y luego iba al sitio donde las tomaron y trataba de hacerlas”.

Cuando su padre reveló el rollo fotográfico de aquellas primeras imágenes, mucho tiempo después de que su hijo las hubiera tomado, Patojito, como lo llamarían luego, se sorprendió de ver sus imágenes como en un lejano pasado. Era como transportarse en el tiempo. Su curiosidad lo llevó a desarmar la cámara para ver cómo era que ese objeto rectangular podía congelar el tiempo y el espacio por un instante y, a su vez, para siempre. (Lea la historia de  Manuel H. Rodríguez)

El 3 de marzo de 1967, Francisco Carranza entró a trabajar a El Espectador. Apenas era un muchacho. Se convirtió en el todero del periódico. Durante esa época le llamaba mucho la atención lo que hacían los fotógrafos. Su perseverancia y ganas de aprender lo llevaron a los laboratorios de fotografía, donde ayudaba a revelar las fotos.

“En esa época había ocho reporteros gráficos en el periódico y ellos fueron mis maestros, porque cada uno tenía un estilo distinto. Sus ejemplos me ayudaron a forjar mi propio estilo”, recordaría Carranza, a quien con cariño sus compañeros de trabajo y amigos lo apodaron como Patojito.

En el laboratorio aprendió todo acerca del revelado de los rollos. Usaba su tiempo libre para ir al archivo del periódico y ver ediciones anteriores, con el objetivo de observar con detalle las imágenes del pasado. Realizó varios cursos de fotografía. Su proceso de aprendizaje le abrió las puertas para conocer a fotógrafos reconocidos de la época a quienes también admiraba, como Nereo López, Leo Matiz y Hernán Díaz.  ( Lea la historia de Nereo López)

Timidez en su máxima expresión, 1988.
 

En 1978, cuando tenía 16 años de edad, viajó al Vichada y trajo consigo su primer reportaje. Desde aquel momento se volvió inseparable de sus compañeros Alfredo Pontón, Sánchez Puentes y Guillermo Sánchez. “Yo decía que quería ser el mejor. Por eso, en una ocasión, el maestro Manuel Sevilla me preguntó: ‘¿Usted quiere ser un gran fotógrafo y aprender?’ Le dije que sí y él me aconsejó tocarlos. Que fuera y tocara a cada fotógrafo que me encontrara. Era tanto mi entusiasmo, que me creí el cuento y comencé a hacerlo”.

Desde ese momento empezó a hacer esto con cada uno de los fotógrafos que admiraba. Los tocaba en el hombro, en la espalda, pero sobre todo, aprendía de ellos. Eran sus referentes. Con ellos y por ellos aprendió las más secretas técnicas de la fotografía. Lo demás lo fue adquiriendo a través de obturar y buscar, y de preguntar y ver el trabajo que hacía Carlos Caicedo, por ejemplo.

Después de estar en el laboratorio de fotografía pasó a formar parte del equipo de reporteros gráficos de El Espectador, donde desarrolló todas sus habilidades y realizó toda su carrera de fotógrafo. Allí presenció momentos históricos, tanto del país como internacionales. Fue testigo de momentos importantes de la historia de este país: el asesinato de Guillermo Cano y la toma del Palacio de Justicia. Además, cubrió el final de la revolución sandinista en 1990.

“Cuando me desempeñé como fotógrafo me tocaba llevar el laboratorio portátil en los viajes. Al llegar al hotel, lo primero que hacía era mirar que el baño de la habitación no fuera muy pequeño, porque lo usábamos como un cuarto oscuro para revelar las imágenes. Eso era muy lindo. Mágico. Ahora no entiendo cómo sobrevivíamos en nuestra misión”.

Carranza se retiró de sus labores como fotógrafo de El Espectador hace 15 años, pero este no fue un alto en su camino de los lentes, ángulos y encuadres, al contrario, sigue congelando momentos en el tiempo. Por eso anda con su cámara colgada en el cuello y observando detalladamente todo aquello que considera puede ser una buena foto. “Me gustan todas mis fotos, pero las que más quiero son las que les tomo a mis hijas, aunque a mis fotos también las considero como mis hijas”.

 

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