"Tráfico": Sergio Blanco y la palabra como pintura

El dramaturgo franco-uruguayo es un referentes de la autoficción como género dramático.

Imagen de una de las escenas de la obra "Tráfico", de Sergio Blanco. Cortesía La maldita vanidad

Como si de sumergirse en un cuadro de Caravaggio se tratase, al entrar a la sala, el universo de los claroscuros fue invadiéndome. Allí estaba él en medio de la penumbra para recibirnos, para acomodarnos en nuestras sillas. Su nombre es Álex, tiene la edad de Jesucristo, sus brazos se bañan de luz mientras nos invita a seguir, lleva un esqueleto blanco y una sudadera gris. En el lugar solo está él y su moto: una Yamaha deportiva de color negro. Mientras el público termina de acomodarse, los brazos de Álex vienen y van organizándolo todo, como si necesitara tener bajo control cada detalle. Nuestra ubicación va al ritmo de sus palabras. Esta pintura es el cuadro de su vida, por ello nada puede quedar suelto.

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Tráfico retrata a Álex, un joven que vive de la prostitución y del sicariato. La obra es la nueva apuesta de Sergio Blanco, dramaturgo franco-uruguayo y máximo exponente de la autoficción como género dramático, quien desde hace varios años es uno de los más interesantes autores de la escena contemporánea mundial. Durante el último mes estuvo radicado en Colombia y, junto con el incansable proyecto de La Maldita Vanidad, viene construyendo este nuevo drama, que, según él, hace parte de su repertorio sobre la autoficción, y, aunque Sergio no es Álex, Álex conocerá al francés, quien es en realidad el dueño de toda esta invención, quien en realidad lo controla todo.

Con el trabajo de Blanco nos encontramos siempre ante una yuxtaposición de lenguajes sobre la escena. Es claro que asistimos a teatro, pero en medio de la penumbra nos sentimos provocados a recordar el trabajo de grandes pintores. Su prosa es tan narrativa que también transitamos el terreno de la literatura; el objetivo de Álex es hacer una transferencia, una transacción de palabras entre él y nosotros.

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Pocos minutos después de que se inicie la obra, el retrato de la vida de Álex parece pertenecer a nuestro país, pero sé de la universalidad que pretende Blanco y lo acertado que suele ser con las fotografías y sus obras. El cuadro de Caravaggio en el que creo estar de repente se convierte en una epopeya que estéticamente le pertenecería más a La Tour. Ahí puedo recordar los juegos de luz de los claroscuros, aunque también sea permanente la fuerte tendencia de superponerse en la obra mientras esta es también una representación de episodios del cristianismo.

Blanco es un experto en el arte de inventarse la verdad. Sabe, a todas luces, que la relatividad de esta es poderosa, que con ella es posible reconstruir el pasado, pero también cambiarlo y volver a empezar. Sabe que puede jugar con él tanto como lo hace la política, porque su obra es un asunto político, pero también poético, humano. Álex cree tener todo bajo control. Nos hace preguntas que nos mantienen donde él quiere. Nos sumerge en cuestionamientos que también lo llevarán a padecer sus propios paisajes.

Es imposible escapar de nosotros mismos, el autor de la obra de arte siempre lo sabe. Hay algo en ese gesto, en ese trazo sobre el óleo o en esa última palabra puesta al final del poema, en el que siempre se queda algo de quien se atreve a crear. Blanco lo tiene claro, por eso su obra literaria, su trabajo dramatúrgico, gira en torno a él mismo. Pero ¿qué significa que la obra gire en torno al autor? ¿Es acaso un acto de narcisismo puro y de prepotencia magnificada de amor por sí mismo? Quizá sí, quizá desde allí se parte, pero vale la pena considerar la base teórica que puede ocultar estos deseos, nobles a pesar de todo.

El concepto de la autoficción que nos propone Blanco contiene dos coordenadas: se trata de una obra que lo tiene a él como materia primordial en la creación, aunque aquí se plantee un desplazamiento del foco central y él solo aparezca como telón de fondo. La otra coordenada es la ficción, un “pacto con la mentira” una posible ingeniería del “yo” que solo es posible en la invención del “sí mismo”; entonces, no siempre se trata de ser transparentes, no, sino de ser humanamente mentirosos.

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Moisés Ballesteros

Cultura

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