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Un día cualquiera en la vida de un Nobel

Kim Manresa y Xavi Ayén nos descubren la personalidad más intima de los escritores que han recibido el máximo reconocimiento de la
literatura mundial.

Un día cualquiera en la vida de un Nobel
Los periodistas Kim Manresa-izquierda- y Xavi Ayén -derecha-en la inauguración en Caixaforum Barcelona de la exposición sobre los Nobel.

Estamos en Barcelona, en la cafetería del centro cultural CaixaForum. Nos sentamos en una mesa para cuatro, junto a una ventana. En la mesa de al lado hay un muchacho absorto en la lectura de un catálogo. Unos minutos más tarde, cuando el periodista Xavi Ayén me cuente que la agente literaria Carmen Balcells –también conocida como la Mamá Grande– lo envió a México, con una maleta de 45 kilos y un sobre lleno de billetes de 100 dólares, el muchacho perderá la concentración y nos mirará con cierto disimulo. Después volverá a su lectura. Tratará de controlar su curiosidad, pero repetirá el gesto varias veces. 

Las aventuras literarias de Xavi Ayén (Barcelona, 1969) y del fotógrafo Kim Manresa (Barcelona, 1960) parecen sacadas de una película de espías. En noviembre de 2005 empezaron a entrevistar y fotografiar a escritores galardonados con el Premio Nobel de Literatura. Kim Manresa estaba trabajando en un libro sobre el derecho a la educación en el que quería incluir reflexiones de escritores reconocidos. Le pidió a Xavi Ayén que lo ayudara a solicitar la colaboración de algunos autores. 

“Así surgió la idea –dice Ayén–. Se nos ocurrió que era mejor pedirles a los escritores una entrevista y, si aceptaban, aprovechar la ocasión para hablarles del proyecto de Kim”. Tras 13 años de viajes, por cuatro continentes y 19 países, Ayén y Manresa han logrado fotografiar y entrevistar a 24 premios Nobel. Un trabajo sin precedentes que se exhibe en CaixaForum Barcelona, bajo el título “Paseos de Nobel”, y que también puede verse en el Museo Nobel de Estocolmo.

Un día en la vida de un Nobel

Pocos periodistas pueden decir que han visto a la poeta Wisława Szymborska entonando una canción, al nigeriano Wole Soyinka armado con un frasco de insecticida, aniquilando y maldiciendo a las termitas que atacan sus máscaras yoruba, a Doris Lessing paseándose por su casa en bata de dormir, a José Saramago recitando versos ante la tumba de Fernando Pessoa, a Orhan Pamuk comprando alcachofas en un puesto callejero de Estambul, a Svetlana Aleksiévich preparando té en su cocina y a Toni Morrison dejándose tentar por un trozo de pastel.

“Adónde más nos costó llegar fue a Nigeria –recuerda Ayén–. En el aeropuerto de Lagos, nos detuvieron durante dos horas. La Policía no se creía que íbamos a hacerle una entrevista a Wole Soyinka”. El primer encuentro con Soyinka fue en marzo de 2006, en Oviedo, la capital de Asturias. El nigeriano llegó tarde a la cita porque estaba mediando, a través del teléfono, para que nueve occidentales secuestrados por la guerrilla del delta del Níger fueran liberados. Un mes después, y a pesar de todas las advertencias respecto a la inestabilidad del país, Manresa y Ayén abordaron un avión que los llevaría de Londres a Lagos, donde dos guardaespaldas enviados por Soyinka, los esperaban para acompañarlos a la insólita casa que el Nobel se hizo construir en las montañas de su natal Abeokuta.

Kim Manresa no quería posados de estudio, encuadres calculados ni luz perfecta. Prefería ser invisible, que los escritores llegaran a olvidarse de él y, sobre todo, de su cámara: “Queríamos hacer algo totalmente diferente. Estar con ellos en su día a día, en los barrios en los que viven, caminar con ellos por los lugares que aparecen en sus libros”.

Toni Morrison no quería fotos, “porque no había ido a la peluquería y porque no había hecho dieta”. Svetlana Alexiévich tampoco pudo ir a la peluquería, “porque tenía gripe y 40 grados de fiebre”. En ambos casos, Manresa tuvo que repetir las visitas. García Márquez se negó a salir de su casa y Wisława Szymborska puso condiciones: “¿Qué hace ese señor? ¿Es fotógrafo? No me dispare a las manos, por favor, las tengo horrorosas, me las rompí hace medio año. Ya no soy una persona para ser fotografiada”. Y, sin embargo, hay fotos de las manos arrugadas de Szymborska: las uñas pintadas con esmalte nacarado, con un cigarrillo entre los dedos o sosteniendo, con las dos manos, un trago de vodka que parece una ofrenda.

Xavi Ayén esperaba algo más que “entrevistas de hotel”: encuentros fugaces con escritores que solo hablan de su último libro. Esperaba profundizar en sus pensamientos y en las facetas menos conocidas de sus vidas. “Muchos escritores están involucrados en causas no literarias, pero la mayoría de la gente no lo sabe, porque normalmente con ellos solo hablamos de literatura. Queríamos bajarlos del pedestal”, dice Ayén. Y recuerda que cuando se presentaron en la Academia Sueca para mostrar su trabajo, tenía muchas inseguridades: “Pensaba que ni siquiera nos iban a abrir la puerta”.

—¿Cerrarle las puertas a semejante proyecto?

—Nosotros estamos tan metidos en el día a día de la prensa escrita, pendientes de todos los problemas de los medios, que en lo único que piensas es en lo que te cuesta conseguir que apoyen una idea y que te paguen un billete de avión. Solo ves las dificultades.

El director del Museo Nobel de Estocolmo, Olov Amelin, ha dicho que la primera vez que vio los retratos en blanco y negro de Kim Manresa se quedó anonadado. “Era algo realmente nuevo y a un nivel artístico raramente visto –afirmó–. El trabajo de Kim Manresa y Xavi Ayén es único e irrepetible”. 
En el Museo Nobel no solo los recibieron con las puertas abiertas, les ofrecieron presentar una exposición que se inauguró en septiembre de 2017 y que permanecerá abierta al público hasta septiembre de este año. La muestra se llama Rebelión Literaria, incluye a los 24 escritores que ya han sido fotografiados y entrevistados por los periodistas catalanes y destaca la labor de 12 autores que, para la Academia Sueca, han inspirado cambios en la mentalidad de la gente a través de sus obras.

La maleta de García Márquez

“La única manera de que Gabo os abra la puerta es que le llevéis mis regalos de Navidad. Vosotros vais allá, y cuando os abran la puerta, empezáis a preguntar. Yo hablé con Mercedes, su mujer. Pero no os puedo garantizar que os vaya a dar la entrevista”. Siguiendo las indicaciones de Carmen Balcells, Manresa y Ayén partieron rumbo a México, con los nervios alterados y una maleta de 45 kilos que ninguno de los dos ha podido olvidar. 
Antes de partir, Balcells les entregó un sobre con un fajo de billetes de 100 dólares, “por si tienen problemas en la aduana mexicana para pasar la maleta”. Una vez en México, debían instalarse en un lujoso hotel de la capital, y esperar a que sonara el teléfono. “Ya os llamarán”, les advirtió Balcells. Hacía más de 10 años que el Nobel colombiano no ofrecía una entrevista. Aquella Navidad de 2005, Manresa y Ayén obtendrían un titular que le daría la vuelta al mundo: “He dejado de escribir”, les confesó García Márquez.

Hablaron de sus años en Barcelona, de su mentada relación con el poder, de su preocupación por la extensión del virus del sida, de Colombia y también de su célebre enemistad con Mario Vargas Llosa. “¿No ve posible que, algún día, se produzca una reconciliación?”, le preguntó Ayén. Entonces Mercedes Barcha zanjó el asunto con una frase que dijo que podían atribuirle a ella, ya que su esposo era “más diplomático”: “Para mí no es posible. Han pasado treinta años. Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada”. 

—¿Llegaron a imaginar que aquel encuentro iba a convertirse en la última entrevista que concedía García Márquez?

—Sí, porque, antes de partir a México, Carmen Balcells me dijo: “Te deseo suerte, ojalá hagas una buena entrevista, quién sabe si habrá una más”. Imaginé que lo decía por el diagnóstico –dice Ayén–, porque ellos sabían de su principio de deterioro mental, que entonces era imperceptible para mí.
Una extraña pareja

“Somos como un monstruo de dos cabezas. A veces veo las fotografías de Kim y tengo la sensación de que las hice yo. A él le sucede lo mismo con mis textos. Hemos recuperado la figura romántica del periodista y el fotógrafo que trabajan juntos, una cosa de antaño, algo que ya no se ve”.

—¿Siempre viajan juntos?

—Siempre. Esa es nuestra manera de trabajar.

Las inquietudes periodísticas de Ayén se remontan a los veranos de su infancia. Antes de convertirse en uno de los periodistas culturales más importantes de España, de publicar, entre otros libros, Rebeldía de Nobel –junto con Kim Manresa– y Aquellos años del boom (premio Gaziel, 2014), Ayén dirigía y fabricaba, a mano, su propio periódico. 

Las noticias eran variadas: un escape de agua, un perro abandonado, un señor que intentaba ligar con su abuela. En el bachillerato y la universidad continuó creando proyectos editoriales y en el Diari de Tarragona cobró su primer sueldo como reportero: “Me fui a Tarragona porque era muy joven y sin experiencia. Ningún diario de Barcelona quiso mis servicios.” En 1991 se incorporó como becario en La Vanguardia, el diario barcelonés al que su compañero de aventuras ingresó a los 25 años, y donde los dos han publicado la mayoría de sus reportajes.

Cuando llegó a La Vanguardia, Manresa tenía más de una década de experiencia como fotógrafo autodidacta. Con apenas 13 años, le vendió sus primeras fotografías a un canal de televisión de Suecia que preparaba un reportaje sobre la Transición española. Como siempre llevaba una cámara que sus padres le regalaron, había adoptado la costumbre de fotografiar las manifestaciones de protesta que se encontraba a la salida del colegio: “Era lo que veía en la calle, policías pegando a la gente”. El suyo es un talento precoz, mundialmente premiado, con más de mil exposiciones nacionales e internacionales, más de 30 libros publicados y un sólido compromiso con los derechos humanos y diferentes causas sociales. 

—¿Un niño de 13 años que trabaja para una agencia internacional? Eso es explotación infantil, ¿no cree?
(Risas)

—No, no, no. Eso es emancipación.

—¿Pudo conseguir las dedicatorias que quería para su libro?

—Tú solo querías dos frases de escritores –le recuerda Ayén a Manresa–. Ahora tienes más de veinte.

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SORAYDA PEGUERO ISAAC

Cultura

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