Sobre héroes y olvido

Un “León” en América

La lucha del teniente Lucas Carvajal fue relegada por las versiones oficiales del Bicentenario. Reivindicamos en este especial a las poblaciones afro, a los excluidos y los extranjeros en la Independencia de Colombia.

Francisco de Paula Santander. Cortesía

Los hechos de la campaña libertadora que concluyó parcialmente en agosto de 1819 confirman que, como dicen desde hace dos siglos en el Llano —hoy colombo-venezolano—, dos más dos no suman cuatro. El imaginario popular, capaz de construir mitos y leyendas, toma siempre distancia de la verdad histórica. Y una evidencia la constituye la vida y obra del general Lucas Carvajal, héroe poco reconocido pero que cabalgó con Bolívar y Santander desde Apure hasta Bolivia, dejando múltiples pruebas de lealtad y valor en cada batalla, hasta morir asesinado mientras dormía en una aldea de Paz de Ariporo (Casanare), durante la oscura madrugada del 2 de abril de 1830. 

La historia oficial refiere que, desde los llanos de Venezuela, luego de pasar del Casanare a Boyacá por un antiguo camino ganadero de tiempo atrás utilizado por los indígenas para el comercio de sal, el ejército libertador sorprendió al oficial español José María Barreiro y lo derrotó en dos batallas memorables: la del Pantano de Vargas, el 25 de julio, y la del Puente de Boyacá, el 7 de agosto. En la primera de ellas, dos frases de Santander reivindicaron el nombre de un olvidado: “La gloria del Pantano de Vargas pertenece al coronel Juan José Rondón y al teniente coronel Lucas Carvajal. A ningún otro se le concedió, sino a ellos en aquel glorioso día, el renombre de valientes”.

Un reconocimiento que saca a la luz una verdad poco explorada: que no solo fue el coronel Rondón quien salvó la patria, como manifestó Bolívar a punto de ordenar la retirada, sino que Lucas Carvajal, o el “León del Pantano”, fue el otro oficial determinante de esa crucial batalla, como lo confirma además el libro de órdenes del ejército de vanguardia de Santander el 27 de julio de 1819, dos días después de la acción de Vargas. Allí quedó escrito: “Su excelencia ha tenido a bien ascender a capitán efectivo de caballería en el regimiento de Guías de Retaguardia al teniente coronel Carvajal”. Paradójicamente ese mismo libro no menciona al exaltado coronel Rondón.

El periplo de Carvajal es más claro en la campaña del sur, cuando obró como marinero, según testimonio del general Manuel Antonio López. “El Libertador dispuso que el coronel Carvajal, con el escuadrón Granaderos y dos compañías del batallón Yaguachí, embarcándose en la goleta de guerra guayaquileña, siguiese a la costa en su persecución, encargándome del detalle de esa columna. En nuestra excursión tocamos en Atacarnes, Esmeraldas, Iscuandé y Tumaco, capturando hasta 43, a quienes se castigó con la pena de muerte. Nos hallábamos en Tumaco cuando el coronel Carvajal recibió orden del Libertador de marchar con su columna por Barbacoas y, atravesando la montaña de San Pablo, salir a Túquerres”.

En Ecuador y Perú, al mando de los Granaderos de Colombia y con dos escuadrones más a su cargo, comandados por los coroneles José de la Cruz Paredes y Mariano Acero, también dejó su impronta Lucas Carvajal. En momentos en que el Libertador se creía derrotado en la batalla de Junín, él fue quien le dio el parte de victoria. Así lo cuenta el general Manuel Antonio López, con una anécdota que deja ver el talante de Bolívar y las calidades de Lucas Carvajal. “Lo oí yo mismo y lo recuerdo con toda precisión. Cuando el general reunía nuestros maltrechos jinetes, llegó el general Lara y le preguntó: ‘¿Qué hay, general?’. El Libertador contestó: ‘Qué ha de haber, que nos han derrotado nuestra caballería’”.

No obstante, hacia las seis y media o más, apareció el coronel Lucas Carvajal, herido, pero con un prisionero al anca del caballo, y se le presentó al Libertador Bolívar anunciándole que, justo cuando él se separaba del lugar de la lucha, el enemigo español se declaraba en derrota. Y fue días después en la Batalla de Ayacucho, la que selló la libertad de América en diciembre de 1824, cuando Carvajal pudo terminar su tarea y fue ascendido a general por el mariscal Sucre. Junto a él ascendieron los generales Jacinto Lara y José María Córdova, y los coroneles Arturo Sandes y Laurencio Silva, como quedó escrito en una misiva enviada por el general Francisco de Paula Santander.

Después de su ascenso militar, se pierden los registros de su regreso a la Nueva Granada y también de las circunstancias exactas de su muerte. La tradición verbal en el Llano dice que su asesinato fue motivado por un rival, celoso del amor de una dama inglesa. Sin embargo, una revisión histórica permite precisar las razones del infame crimen, ocurrido tres años después de su retiro del servicio activo. El general Simón Bolívar, como fue su costumbre, sin rodeos para endilgar responsabilidades, fue directo en este punto cuando afirmó: “El asesino de Lucas Carvajal, Moreno, no ha reconocido al gobierno y distrae con esto a algunos destacamentos”.

Bolívar se refería a Juan Nepomuceno Moreno, quien, dos días después del asesinato de Carvajal, el 4 de abril de 1830, depuso al gobernador de Casanare y, en palabras del general y escritor Joaquín Posada Gutiérrez, incurrió en una alta traición a la patria: “Hasta aquí no había más que uno de tantos hechos irregulares que abundaban en aquella época, pero el general Juan Nepomuceno Moreno fue más lejos, cometiendo, como granadino, el delito de alta traición de declarar aquella inestimable provincia como parte integrante de la república de Venezuela. El repudio que el general Moreno hizo de su patria fue el único que en aquellos días de locuras tuvo lugar”.

La pregunta que surge de este dictamen histórico es: ¿y qué hacía en Casanare, tres años después de su retiro del ejército, el general Lucas Carvajal, buen amigo del Libertador Bolívar, de Francisco de Paula Santander y de Rafael Urdaneta? Además, ¿qué tuvo que ver ese territorio con su asesinato? El citado Joaquín Posada Gutiérrez ayuda a comprender ese entorno: “Había de lo antiguo, en la provincia de Casanare, unas pingües haciendas de ganado pertenecientes a las misiones de jesuitas, en las fértiles orillas del gran río Meta. Cuando la célebre pragmática del rey Carlos III suprimió la compañía de Jesús, aquellas haciendas pasaron, como bienes de temporalidades, al dominio de la Corona”.

Y añade Joaquín Pasada Gutiérrez: “Después de haber sido suficientes a proveer de carne a las tropas beligerantes en la guerra de la independencia, y de haber resistido el robo y el pillaje continuos, tenían todavía en 1829 de treinta a cuarenta mil reses, y más de cinco mil yeguas y caballos. El general venezolano Rafael Urdaneta las había arrendado al gobierno, y había encargado de su administración al general de brigada Lucas Carvajal y al comandante Francisco Segovia, ambos llaneros venezolanos y retirados del servicio. Aquello se recibió mal en Casanare, donde el abuso de tomar cada uno en ellas lo que quería, las hacía considerar como bienes comunales”.

Más adelante expresa: “Carvajal y Segovia trataron de hacer entender lo contrario, oponiéndose al saqueo autorizado por la costumbre; pero las autoridades locales los abandonaron, protegiendo el despojo que el hábito había hecho considerar permitido. Lucas Carvajal, habiendo aprehendido unos tres o cuatro ladrones que se llevaban una partida de ganado y caballos (…) hizo dar cincuenta azotes a cada uno y soltándolos, parece que repitió otra vez la aplicación de la misma pena al mismo delito. Los azotes no habrían sido nada; pero impedir que se llevasen el ganado y los caballos sí era mucho. Aquello hizo ruido, y se cargó en cuenta la partida a Carvajal para dotarla en mejor ocasión”.

El desenlace contiene una explicación suficiente en torno a lo sucedido en abril de 1830: “Juzgarlo no se podía porque su juicio habría producido el de los ladrones, y el de los que los habían mandado a hacer la saca, y la ocasión que se esperaba no podía tardar, visto el estado en que se encontraba la república. En efecto, apenas se proclamó la libertad en la región del Casanare, fueron asesinados Lucas Carvajal y Francisco Segovia. Una inglesa, joven aún, que acompañaba al primero, desapareció sin que se haya vuelto a saber de ella. Las haciendas continuaron siendo bienes comunales, y doce años después no había en ellas quinientas cabezas de ganado”.

El testimonio fue confirmado por Tomás Cipriano de Mosquera, quien añadió: “Habíase recibido al mismo tiempo la noticia de la sublevación de Casanare, encabezada por el general Moreno, para agregarse a Venezuela. No era, por cierto, un sentimiento político (…) sino el deseo del robo y pillaje en época de trastornos. El Libertador había dado en arrendamiento las haciendas de ganado que poseía la república en aquellas vastas llanuras de Casanare al general Urdaneta, quien había hecho un contrato con Carvajal cuando regresó de la campaña del Perú, para que administrase esas propiedades. Moreno encontró que el medio más fácil de adueñarse de ellas era hacer una revolución y asesinar a Carvajal y a su compañero”.

De esta manera, son más claros los motivos del crimen del héroe menos recordado de la campaña libertadora de 1819. Sin embargo, hace falta aclarar otra verdad: el padre de Lucas Carvajal, don Juan Felipe Carvajal, real administrador de las salinas de Chita (hoy municipio de La Salina en Casanare) le había comprado a la Corona española, mediante escritura fechada el 12 de junio de 1794, es decir, casi tres décadas antes de la independencia, la hacienda Caribabare, la posesión más grande de América de los expulsados jesuitas. Una auténtica inmensidad que luego fue parcelada en innumerables hatos y más de 800 fincas, entre ellas, los hatos de La Yegüera, San Nicolás, Sarapay, San Joaquín, San Antonio y Tupanuma.

Antes de la guerra, don Juan Felipe vendió La Yegüera a Francisco Larrarte en el año de 1800, como consta en la tradición de los predios. Pero el resto de las propiedades terminó en diferentes manos, entre quienes se destacan compañeros de Carvajal y lanceros del Pantano de Vargas como Bonifacio Gutiérrez y Juan José Molina. Dentro de Caribabare se encuentran hoy los municipios de Paz de Ariporo (antes Moreno y La Fragua) y Hato Corozal. En síntesis, Carvajal regresó a Paz de Ariporo a recuperar propiedades de su familia, con la venia del gobierno que él mismo ayudó a construir. Y no murió en batalla, lo asesinaron cobardemente mientras dormía y pocos recuerdan que fue héroe en Vargas, Junín y Ayacucho, entre otras batallas.

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