Perfil

Una feminista llamada Chimamanda

La naturaleza de Chimamanda Ngozi Adichie es intrínsecamente curiosa. Esta es la historia de uno de los íconos feministas más importantes de nuestra época.

Ilustración de Chimamanda Ngozi, activista y escritora nigeriana. / La Ché

La casa estaba en la ciudad de Nsukka, en el campus de la Universidad de Nigeria. Su papá, James Nwoye Adichie, era profesor de estadística. Grace Ifeoma, su madre, era la secretaria de admisiones, la primera mujer que ocupaba el cargo desde que la universidad abrió sus puertas en 1960. Ella era la quinta de los seis hijos del matrimonio. Todos de la etnia igbo. Era una niña presumida, risueña, de ojos almendrados, piel marrón y lustrosa. Una niña que se ponía medias de encaje para ir a misa, que tenía una bicicleta, muñecas y libros, y que a veces encontraba balas oxidadas entre la hierba del jardín.

La naturaleza de Chimamanda Ngozi Adichie es intrínsecamente curiosa. No se conformaba con saber que las balas que encontraba en el jardín de su casa eran el residuo de una guerra de la que sus padres no querían hablar. La Guerra Civil de Nigeria empezó en julio de 1967, cuando la región sudoriental del país quiso independizarse para establecerse como la República de Biafra. El conflicto terminó en enero de 1970 con la rendición de Biafra ante las tropas del Gobierno nigeriano. Adichie nació siete años más tarde, en septiembre de 1977. Estaba obsesionada con la historia del conflicto armado. Sabía que dos de sus abuelos habían sido asesinados, que fueron enterrados en fosas comunes y que al menos un millón de personas perdieron la vida. Pero desconocía los detalles. Los detalles eran fantasmas ausentes, casi tanto como los muertos.  

Para la escritora nigeriana, cuestionar es un arte que merece ser exaltado. Necesitaba romper el silencio que pesaba sobre la memoria de su familia. Así que empezó a tener largas conversaciones sobre la guerra con familiares y gente de su entorno. Preguntaba, lloraba, escribía. Hasta que aquella obsesión se convirtió en su segundo libro: Medio sol amarillo (Random House, 2014), una novela que muestra cómo la guerra de su país afectó las relaciones humanas.

Abandonó sus estudios de medicina porque sintió que avanzaba por el camino equivocado. Si bien es cierto que tenía un plan, trabajar de día y escribir de noche, su urgencia por contar historias era superior a todo. A los 19 años obtuvo una beca para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad Drexel, en Filadelfia. Después se trasladó a la Universidad del Este de Connecticut. A los 26 años, mientras cursaba su último año de carrera, publicó su primer libro, La flor púrpura (Grijalbo, 2004), la historia de una familia asfixiada por el amor enfermizo de un padre tirano.

Con dos novelas publicadas, Adichie se despojaba de sus dudas de principiante y apostaba por una imagen de “escritora seria”. Resultó ganadora de los premios Commonwealth Writers' Prize for Best First Book 2003 y Premio Orange Prize For Fiction 2007, los comentarios de la crítica eran favorables y el nigeriano Chinua Achebe, conocido como el padre de la literatura moderna africana, le daba la bienvenida: “No solemos asociar la sabiduría con los principiantes, pero he aquí una nueva escritora dotada con la habilidad de los antiguos contadores de historias.”

Cuando llegó a Estados Unidos, Adichie aprendió lo que significaba ser negra lejos de su país. En Nigeria, las divisiones sociales están relacionadas con la religión y la etnia, no con el color de la piel. De pronto, los negros estadounidenses la llamaban “hermana”. Adichie no entendía: “¿Hermana? Yo no soy tu hermana”. Necesitaba tiempo para entender que en su país de acogida el color de la piel sí importa. Necesitaba largas horas de reflexión para descubrir dónde está “el problema”.

En octubre de 2017, durante una conferencia que ofreció en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), la autora nigeriana dijo: “El problema no es tener la piel de un color o de otro, porque esta piel es genial. Este color es magnífico. ¡Se los juro! A mí me encanta. Si volviera a nacer otra vez, querría tener este mismo color de piel. El problema es la gente que cree que este color quiere decir que no eres nada inteligente, que eres incapaz, ese es el problema”.

Para demostrar que era “la hija obediente de la literatura” y que merecía estar en el podio, junto con las escritoras consagradas, Adichie dijo adiós a los zapatos de tacón, las chaquetas de mangas abullonadas, los aretes de gran tamaño, los vestidos de colores brillantes y los pintalabios llamativos. Creía que en la cultura occidental las escritoras que querían ser tomadas en serio no debían mostrar mucho interés por su apariencia. Pero no era suficiente: “A menudo me han dicho que no puedo hablar sobre ciertos temas porque soy joven y soy mujer, o, para usar el despreciativo lenguaje nigeriano, porque soy una ‘niña pequeña’. También me han dicho que no debería hablar porque soy una escritora de ficción”.

Adichie tenía mucho que decir, dentro y fuera de la literatura, y estaba resuelta a hacerlo vestida con ropa de diseño made in Nigeria y con tacones de infarto. Escribió el libro de relatos Algo alrededor de tu cuello (Random House, 2015) y la novela Americanah (Random House, 2014). El peligro de la historia única fue la primera charla TED (Tecnología, Entretenimiento, Diseño) que la nigeriana ofreció en 2009. En diciembre de 2012 repitió la experiencia con una segunda charla: Todos deberíamos ser feministas. El éxito de ambas conferencias ––visualizadas más de 10 millones de veces y editadas por Random House–– y la popularidad de su obra literaria ––traducida a 30 idiomas y lectura obligada en escuelas africanas y estadounidenses–, convirtieron a Adichie en una celebridad de la literatura contemporánea y en un ícono feminista.

Si en su primera charla Adichie abordaba la inmigración, el racismo y la concepción estereotipada que algunos tienen de África –animales corriendo por la sabana, hambrunas, guerras, enfermedades–, en la segunda se centraba en su manera de ser feminista, contradiciendo la idea del feminismo que tienen muchos nigerianos –las feministas odian a los hombres, no se maquillan, están enfadadas–. “En un momento dado llegué incluso a ser una feminista feliz africana que no odia a los hombres y a quien le gusta llevar pintalabios y tacones altos para sí misma y no para los hombres”.

Beyoncé incluyó un fragmento de Todos deberíamos ser feministas en una canción de su álbum Lemonade. La casa Dior diseñó bolsos y camisetas que llevan el título de la charla. Una marca de maquillaje eligió a Adichie como imagen para una de sus campañas y en 2016 la revista Vanity Fair la incluyó en su lista de los “Mejores Vestidos”. Algunos críticos opinan que la presencia de su discurso en la música popular y en las pasarelas contribuye a la banalización del feminismo.

“Mi discurso no pretende ser académico –dijo Adichie en Barcelona–. El feminismo no perderá fuerza si está en boca de todos. Las chicas necesitan un lenguaje que exprese lo que viven en la calle. Las palabras no cambiarán las cosas, pero tengo la esperanza de que hablar les dé fuerzas para decir no”.

Cuando su amiga Ijeawele le pidió consejo sobre cómo educar a su hija en el feminismo, Adichie pensó que no estaba preparada para asumir semejante responsabilidad. Tras el nacimiento de su hija, se planteó la petición de Ijeawele desde una perspectiva distinta. Ahora que ella también era madre, estaba decidida a escribirle una carta con algunas sugerencias que luego fueron reunidas en un libro: Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo (Random House, 2017).

“Cuidado con el peligro de lo que yo llamo Feminismo Light –advierte Adichie en su carta a Ijeawele–. Es la idea de la igualdad femenina condicional. Recházala de plano, por favor. Es una idea vacua, fallida y tranquilizadora. Ser feminista es como estar embarazada. Lo estás o no lo estás. O crees en la plena igualdad entre hombres y mujeres o no”.

 

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