Entre líneas

Viajes en el tiempo

Abrir un libro de 1480, que vio la luz apenas 30 años después de que se imprimiera la Biblia de Gutenberg, puede ser lo más cercano a viajar en el tiempo.

Cortesía

Imposible tocarlo. Pero saberlo tan cerca, con sus letras intactas, alguna página perdida, con el silencio de tantos años de travesía, de compras y donaciones, de posibles robos. Summa contra gentiles, sive De veritate Catholicae fidei, de Santo Tomás de Aquino, es el libro más antiguo que tiene la Biblioteca Nacional de Colombia, un manual para ayudar a los misioneros “en la defensa del cristianismo contra infieles y herejes”. Otros tesoros del tiempo que reposan aquí son el Amadís de Gaula en su edición sevillana de 1539, impreso a dos columnas con tipografía gótica e ilustrado con xilografías; y la Biblia del Oso, una traducción no oficial al castellano de la Biblia y prohibida por la Inquisición. Imposible no emocionarse con estas joyas del fondo Rufino José Cuervo. Con 51 títulos de incunables, la Biblioteca Nacional tiene el catálogo más importante en Colombia de libros impresos entre 1450 y 1500 y el quinto más importante en América Latina. Todos reposan en la sala de seguridad, al lado de títulos más recientes, como el manuscrito de La Vorágine, que fue escrito por José Eustasio Rivera en un cuaderno de contabilidad donde se puede leer, además de las listas de víveres, “este cuaderno viajó conmigo por todos los ríos de Colombia durante el año 1923, sus páginas fueron escritas en las popas de las canoas y las piedras que me sirvieron de cabecera”. También se encuentra la primera edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, que fue robada hace unos años en la Feria del Libro, luego recuperada y donada por el librero Álvaro Castillo Granada a la Biblioteca. Y aunque estén bajo llave, estas páginas que han viajado en el tiempo, se pueden consultar e incluso descargar en línea en la página de la Biblioteca Nacional.  

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En el Fondo Antiguo de este espacio se pueden consultar en sala los ejemplares que conformaban en buena parte las bibliotecas de autores como José Antonio Osorio Lizarazo, del que se conserva, por ejemplo, El árbol turbulento, con ediciones a mano y papeles pegados sobre las páginas como enmiendas. Un documento imprescindible para el estudio de sus procesos creativos. También están los fondos de Germán Arciniegas, con correspondencia inédita entre él y otras personalidades, y originales de ilustraciones y caricaturas publicadas en los diarios de la época; José Celestino Mutis, con libros de botánica con láminas de plantas estampadas o ectypas; y Soledad Acosta de Samper, que poseía curiosos títulos como “Antídoto único contra todos los males que padecemos, y los que tan de cerca nos amenazan ó plática doctrinal”.

Esta es una mínima muestra de un legado que está a nuestro alcance de forma gratuita, para ser consultado desde cualquier parte en internet o en las tranquilas y luminosas salas de la Biblioteca. Nacional, una entidad que, conservando el pasado, se convierte en una biblioteca del futuro.

*Agradecimientos al coordinador de colecciones de la Biblioteca, Camilo Jaramillo.

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Juliana Muñoz Toro / @julianadelaurel

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