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Xavi Ayén: siguiendo el rastro del Boom

Esta es la parte de la historia secreta de uno de los movimientos literarios más trascendentes de la literatura del Siglo XX: El Boom.

Ilustración: Tania Bernal

Xavi Ayén les contó a sus amigos que estaba escribiendo un libro sobre el Big Bang de las letras latinoamericanas. Pasaron tres años, cinco, ocho. Sus amigos sospecharon que lo del libro era una excusa de Ayén para acceder a Gabriel García Márquez, a Mario Vargas Llosa, a secretos guardados bajo rigurosos códigos de honor, y a Carmen Balcells, la agente literaria más poderosa del mundo editorial. En 2014, RBA publicó la primera edición de Aquellos años del Boom. Tras diez años de investigación minuciosa, los amigos de Ayén pudieron constatar que el escritor y periodista catalán asume sus obsesiones con la paciencia de un santo.

El crítico Luis Harss fue quien bautizó el fenómeno literario con la palabra boom. Según la Real Academia Española, es una adaptación del inglés que significa estruendo, éxito o auge repentino de algo. Decía García Márquez: “Eso de ‘Boom’ era una expresión que se usaba y nosotros, los escritores, nos la encontramos hecha. Quiere decir exactamente lo que dice: una explosión”. En la edición renovada de Aquellos años del Boom (Debate, 2019), Ayén incluye hechos y testimonios inéditos de una etapa fundamental para la literatura hispanoamericana. La historia comienza en Barcelona a finales de los años 60 y termina en el ocaso de los 70.

Comencemos por donde empieza el libro de Ayén. Comencemos por el final:

“El 12 de febrero de 1976, en un parque frente a la sala de proyecciones de Canacine, en la colonia Churubusco de Ciudad de México, Elena Poniatowska corre azorada hacia una hamburguesería y pide un filete crudo. Gabriel García Márquez la espera atontado en un banco porque uno de sus mejores amigos lo acaba de noquear en público (…). Los nudillos de la mano derecha de Mario Vargas Llosa aún laten. Fue solo un golpe, pero bien medido. Los amigos de ambos se mueven entre agitados y compungidos. Nadie tiene tiempo de pensar. Hay un inquieto hormigueo humano, los comentarios brotan como espasmos y los rostros exhiben un catálogo de muecas. El mundo ha dado un giro. En ese justo momento acaba de romperse el Boom”.

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¿El Boom se rompió por un puñetazo?

Simbólicamente se rompe ahí. Pero hubo otras razones. Se rompe porque la vida lleva a sus integrantes por caminos diferentes. Se rompe porque algunos escritores tienen mucho éxito y se convierten en millonarios, y otros no. Eso crea celos, resquemores. Se rompe por Cuba, porque unos siguen siendo fieles a la Revolución y otros se convierten en opositores del castrismo. Se rompe porque García Márquez y Vargas Llosa, los dos principales exponentes del grupo, se pelean y no se vuelven a hablar.

Ayén llega a nuestra cita con diez minutos de retraso. Dice que tiene una buena excusa, que lo voy entender. El consulado de Colombia en Barcelona está a una esquina de la librería en la que nos encontramos. Ayén tenía una reunión allí que terminaba al mediodía, pero cuando estaba a punto de salir, le lanzaron un cebo apetecible. Le dijeron que habían encontrado la ficha de García Márquez en un antiguo libro de registro. La inscripción es de mayo de 1969, dos años después de que el colombiano se mudara en Barcelona. En una foto del documento que Ayén hizo con su celular reconozco al ilustre residente, con chaqueta y suéter blanco de cuello alto, bigotudo, sin canas visibles y ese gesto serio que uno suele poner para las fotos de carné. “Me han dicho que la van a enmarcar”, dice Ayén.

El boom llegó a Barcelona en un Seat verde que conducía García Márquez. Era el otoño de 1967. El escritor colombiano, junto con su esposa y sus dos hijos, pasará una larga temporada en la ciudad. La razón por la que vinieron en avión desde México, y en coche desde Madrid, tiene mucho que ver con Carmen Balcells. La agente literaria de García Márquez, también conocida como la Mamá Grande, vive en Barcelona. El chileno José Donoso y su familia desembarcan en la ciudad en 1969. Un año más tarde, el verano de 1970, Mario Vargas Llosa abandona Londres para trasladarse a la capital catalana con su esposa y sus hijos. No había que pensarlo dos veces, Balcells se ocupaba de todo: buscar apartamento, colegio para los niños, médicos, tinta para la máquina de escribir, papel, adelantos para pagar las facturas, depresiones, líos amorosos. La “superagente” estaba encantada de tener a sus protegidos cerca, sobre todo a García Márquez, su kriptonita.

Ser la agente del colombiano es una oportunidad que Balcells aprovechará para poner en marcha su plan maestro: mejorar las condiciones laborales de los escritores. En diciembre de 1977 firma un contrato con Sudamericana, la editorial argentina que publicó Cien años de soledad en 1967. El contrato establecía la renovación de todas las obras de García Márquez, el compromiso de fijar las liquidaciones y ventas en fechas concretas y un incremento del 10 al 15 % en las ganancias que recibía el autor por las ventas de su obra. Balcells es una mujer astuta, sabe que puede permitírselo. Tiene al autor de una novela que en su primera semana vendió 1.800 ejemplares, un éxito sin precedentes en Latinoamérica que seguiría aumentando hasta alcanzar millones.

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Usted dice que el Boom es lo más importante que le ocurrió a la literatura en español del siglo XX.

El mundo literario, tal y como lo conocemos hoy, fue creado por el Boom. Mucho antes de internet, mucho antes de la globalización, se creó un mercado único de novedades literarias en español y una expansión del universo de lectores brutal. Cuando los autores del Boom publicaban una novela, salía a la vez en todos los países hispanoamericanos. Antes, los escritores colombianos se leían solamente en Colombia, los españoles en España, los peruanos en Perú. A partir del Boom se crea un mercado común y la primera generación de escritores profesionales que puede vivir solo de sus novelas.

¿Por obra de Carmen Balcells?

Sí, esto ocurre gracias a los cambios en los contratos que consigue Carmen Balcells. La manera en que hoy los escritores firman los contratos viene de ahí. Los contratos tienen un límite temporal, y en cada país se hace uno distinto. Antes se vendían todos los derechos en todas las lenguas, y de por vida, a un solo editor. Seguramente estos cambios hubieran acabado sucediendo, pero en mucho más tiempo y con otros autores.

En esta nueva edición de “Aquellos años del Boom”, usted cuenta cosas que Carmen Balcells le pidió que no publicara hasta después de su muerte. ¿Cómo se ganó la confianza de la agente catalana?

Me preguntó la hora y la fecha de mi nacimiento, tomó nota y le encargó a su astróloga italiana que me hiciera la carta astral. Parece que la carta salió bien, porque me dijo: “Ahora eres uno de los nuestros”.

¿Por qué piensa que Balcells es el personaje más enigmático de esta historia?

Carmen irradiaba un carisma que si no la has conocido no lo puedes entender. Se dirigía a todo el mundo dando órdenes, y la gente aceptaba esas órdenes. Me sorprendió su poder. Ella llamaba al rey de España, y el rey se ponía al teléfono. Yo la vi llamar al Palacio de la Zarzuela y decir: “¿Se puede poner su majestad?”. Luego se inventaba cualquier excusa. Le gustaba demostrar de qué era capaz. Me llamaba la atención que utilizara ese poder para lo que ella consideraba un bien superior. Quería que los escritores fueran como los futbolistas. Luchaba para que tuvieran otra consideración social, otro estatus. Yo creo que ese idealismo y esa parte de poder y de las malas artes era una combinación muy atractiva.

¿Usted también le tenía miedo?

(Risas) A mí nunca me pegó. Me habían contado de los lanzamientos de objetos a gente que trabajaba con ella. Pero lo que recibías, una vez que eras parte de los suyos, compensaba sus arranques. Un día me negué a darle el nombre de una fuente y me echó de su casa. Me dijo que era un desagradecido, que no volviera más. Al día siguiente me llamó como si nada. Así era Carmen.

¿Pasamos lista a los apóstoles del Boom?

Cuando empecé a escribir el libro pensaba que era fácil, pero no lo es. Solo hay tres autores que salen en todas las clasificaciones: García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Para algunos son cinco autores, para otros diez, para otros veinte, porque entienden el Boom como un sinónimo de la literatura latinoamericana de la época. Yo aplico un criterio muy restrictivo, que incluye a los autores que tenían una relación de amistad comprobada entre ellos, los que se encontraban todos los años en La Habana o en Barcelona y compartían proyectos comunes. Son el último ismo de la literatura, no en el sentido estético, porque sus novelas no tienen nada que ver, pero sí en el sentido de actuación grupal y de una camaradería que iba más allá de lo literario. Me refiero a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Carlos Fuentes y Julio Cortázar.

¿Formar parte del Boom exigía el cumplimiento de algunas reglas?

Dicen que era el club más selecto de la historia de la literatura, que solo había cinco sillas, y que una de esas sillas cambiaba. En México los llamaron “la mafia”. Ser parte del Boom era como ganar la Champions. Ellos no aceptaban más de un escritor por país, si ya estaba Fuentes no podía haber otro mexicano. Cuentan que García Márquez se iba de jurado a los concursos literarios para leer los trabajos de los colombianos y asegurarse de que no había ninguno que le pudiera hacer sombra.

Julia Urquidi, la primera esposa de Mario Vargas Llosa, dijo que su exmarido tenía el talento, pero que el sacrificio fue de ella. ¿Es una idea compartida por todas las parejas de los protagonistas del Boom?

Creo que Urquidi recoge el pensamiento de todas las esposas de los miembros del Boom. Las mujeres se consagraron a la carrera literaria de sus maridos. La excepción fue Aurora Bernárdez, la primera esposa de Cortázar, que tenía su propia carrera de traductora.

¿Había un acuerdo entre los integrantes del grupo para no admitir mujeres escritoras?

Escritoras como Cristina Peri Rossi, Luisa Valenzuela y Nélida Piñón podrían haber sido integrantes del Boom. Tenían la calidad, incluso vivieron en Barcelona esos años, pero por lo que fuera no las incluyeron. Creo que tenía que ver con el machismo de la época.

¿El Boom hubiera existido sin Carmen Balcells?

Si no hubiera sido por Carmen, García Márquez no hubiera venido a Barcelona. El hecho de que ella estuviera aquí los reunió a todos a su alrededor. Todos vinieron por Carmen, que les decía que aquí iban a cobrar en pesetas. En aquella época, la peseta era más fuerte que la mayoría de las monedas de los países latinoamericanos. Además, ella se ocupaba de resolver todos sus asuntos prácticos. ¿Quién dice que no a escribir así? Era una oferta difícil de rechazar.

Vargas Llosa ha expresado cierta incomodidad por su libro...

Me han dicho que considera que cuento cosas de su ámbito privado. Yo creo que he sido muy cuidadoso. Solo explico un caso que desembocó en un puñetazo que le dio en la vía pública, y delante de testigos, a García Márquez. No puedes hacer una biografía sin vida privada. Esta es una biografía de grupo. Cuando rompes de esa manera con un amigo tuyo, y eso tiene unas consecuencias de estas características, no puedes esperar que la gente se conforme con un “eso es asunto de ellos”.

García Márquez se refería a Vargas Llosa como su “hermanazo”. Vargas Llosa bautizó a su segundo hijo como Gabriel Rodrigo Gonzalo, el nombre del nobel colombiano y los nombres de los dos hijos de éste. ¿Cómo pasaron del cariño fraternal a la enemistad eterna? Ayén lo cuenta en su libro con detalles que pasan de lo trágico a lo cómico. Antes de noquear a su amigo, Vargas Llosa le advirtió: “Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”. El peruano se refería a algo que García Márquez le dijo a Patricia Llosa, su esposa, en el interior de un coche en el que solo viajaban ellos dos. Algunos hablan de traición, otros de un desafortunado malentendido. Todo apunta a que un arranque de celos acabó con la amistad y sacudió los cimientos de lo que hoy recordamos como aquellos años del Boom.

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2019-03-24T20:00:00-05:00

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2019-03-24T19:24:56-05:00

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SORAYDA PEGUERO ISAAC

Cultura

Xavi Ayén: siguiendo el rastro del Boom

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