Análisis: ¿Es posible un acuerdo de paz con el Eln?

En opinión de Luis Eduardo Celis, especialista en temas de paz y posconflicto, a la guerrilla le "falta madurar" para alcanzar un acuerdo negociado y ello solo se logrará si "hay nuevas realidades políticas, que explorando, les den certezas".

Archivo AFP

Esta semana se cumplió un año de una mesa de diálogos y negociaciones entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y el Eln, se instaló luego de sortear las dificultades del secuestro de Odín Sánchez, lo cual llevó 10 meses y se logró acordar un proceso, tras tres años largos de negociaciones discretas, estas temporalidades muestran que está es una negociación muy difícil y el presente lo reafirma: la mesa está suspendida, porque el Eln asumió el camino de tensionar el conflicto y abandonó el de una distensión lograda en el cese bilateral, que funcionó entre las partes del 1 de octubre al 9 de enero.

Luego del aleve ataque a la Policía en Barranquilla, la opinión ciudadana es más reticente a un proceso, que tiene poco espacio en el devenir nacional y cada hecho de violencia, reafirma una extendida opinión que está afincada en la convicción de que pensar en un acuerdo negociado con el Eln es “misión imposible”. Si se ve la línea de tiempo desde el año 91, cuando la guerrilla fue por primera vez a un intento negociado en Caracas, pasando por Tlaxcala, El Palacio de Viana en Madrid en 1997, Maguncia en Alemania en 1998, Caracas y La Habana en 2000-2002, para volver nuevamente a estas ciudades en 2005-2007, para concluir con esta mesa en Quito en el último año, no es fácil, desvirtuar la extendida convicción que no ve al Eln en el camino del acuerdo negociado.

Un conflicto se resuelve cuando las partes tienen la madurez para resolverlo, y en este caso, todo indica que falta madurar y mucho para que podamos tomar una senda de trabajo positivo y de construcción de un acuerdo negociado.

El tiempo del gobierno del presidente Juan Manuel Santos está en cuenta regresiva, las condiciones para que este proceso avance pasan por reactivar la mesa, tarea nada fácil, en lo cual hay terceros trabajando y esperemos que con discreción y eficiencia se logre.

Salir de un alzamiento armado no es decisión fácil: el peso de los años de trasegar la acción armada, la convicción de que no hay garantías para competir, la rutina de manejar territorios y controlar economías. Todo esto pesa y saltar de la acción ilegal a la acción legal es un desafío de gran calado. Llegar a la convicción de que las armas no son presente ni futuro es una construcción de autonomía de las organizaciones que han agenciado una acción política con armas. El Eln no es la excepción, desde su interior, en la complejidad de una estructura clandestina, que disminuida y todo sigue siendo un aparato organizado, con arraigo en comunidades y una historia de más de medio siglo, trasegando territorios, participando de conflictos e insistiendo en que no hay garantías para la acción legal, en lo cual la evidencia de violencia sistemática contra líderes, le da en parte la razón, no hay plenas garantías para la acción legal en muchos territorios de esta Colombia de atropellos y matones, no hay Estado que los controle y los sancione de manera efectiva.

La otra cara de esta tragedia es que un largo conflicto armado tiene llena de rabia a la sociedad, que no cree ni comparte la acción armada y de manera ampliamente mayoritaria, hace por lo menos dos décadas ha sido categórica en un NO MÁS, a la violencia como instrumento de acción política.

Colombia quiere transitar el camino del cierre definitivo del conflicto armado, luego de la paz de los 90, que permitió la integración a esta precaria democracia del M-19, del EPL, el Quintín Lame, el PRT, la CRS y varias milicias de Medellín, tenemos la buena noticia del acuerdo de paz con las Farc, falta el Eln, pero ellos aún no están maduros para el acuerdo, tienen dudas, cálculos políticos, escepticismo, rutinas arraigadas en su resistencia armada sin rumbo de futuro, pero esa es su realidad y solo maduraran si hay nuevas realidades políticas, que explorando, les den certezas.

El clima político de una continuidad de violencias regionales, el desorden y la pugnacidad que produce las inmensas rentas de las economías ilegales, llámese narcotráfico, minería ilegal o lo que sea que se controle con violencias y coerción, sumado a una lenta y difícil implementación del acuerdo firmado con las Farc y el desangre visible de los líderes –porque desangre siempre ha existido, que solo baja cuando la derecha dura gobierna y se siente tranquila en sus intereses– nada de esto anima al Eln y lo refuerza en sus dudas del camino negociado.

Razones para mantenerse en la resistencia armada habrá siempre, razones para el cierre de la resistencia armada igualmente abundan, son construcciones políticas y los actores que protagonizan estas apuestas son los únicos que pueden definir su rumbo, de manera autónoma, nadie les puede imponer nada, son las organizaciones con sus dirigentes y su capacidad de persuasión en un rumbo u otro el que define el camino, allí está el Eln, con sus retos de presente y futuro, podremos desear que salgan de la resistencia armada, pero solo ellos pueden definir, con autonomía y asumiendo las consecuencias de sus decisiones.

Quienes tenemos la convicción de que el camino de la resistencia armada no lleva a ningún lado de futuro deseado y si son presentes de tristezas y sangre derramada, seguiremos diciéndole al Eln, que persista en el camino negociado, que se concentre en él, que tensionar el conflicto aleja la participación y la construcción de nuevas realidades, pero en ultimas será el propio Eln quien decida su caminar.

Por ahora tenemos una mesa congelada que hay que reactivar y un gobierno en sus postrimerías que quiere avanzar, junto a unas comunidades y unas regiones que no aguantan más violencia.