Del miedo y otros mensajes de Casa Verde

Cuando el gobierno de Virgilio Barco siguió apostándole a un acuerdo de paz con las Farc, en 1986.

Carlos Ossa Escobar ha tenido varios cargos públicos: fue consejero presidencial, gerente del Incora, viceministro de Agricultura, concejal de Bogotá, miembro de la junta directiva del Banco de la República y rector de la Universidad Distrital. / Ósc
Carlos Ossa Escobar ha tenido varios cargos públicos: fue consejero presidencial, gerente del Incora, viceministro de Agricultura, concejal de Bogotá, miembro de la junta directiva del Banco de la República y rector de la Universidad Distrital. / Óscar Pérez

“Un día llegué muy temprano a la Casa de Nariño. No recuerdo a quién habían matado. Eran tantos. Me encontré con el ministro de Defensa, el general Rafael Samudio, y le dije: “General, no sé qué vamos a hacer, pero todos los días matan a un miembro de la Unión Patriótica”. “A ese paso no van a acabar nunca”, me dijo con sorna, con un humor negro que me dejó frío. No puedo afirmar que el general Rafael Samudio asesinara a miembros de la Unión Patriótica, pero sí puedo decir que no le importaba ni le preocupaba mucho que eso pasara”.

Carlos Ossa Escobar habla despacio. Casi al ritmo de sus manos, que a veces tiemblan. Tiene 65 años. Está sentado recordando los tiempos en que fue consejero presidencial del gobierno de Virgilio Barco. Esta semana se cumplieron 25 años del día en que Ossa llegó de Casa Verde, el cuartel del secretariado de las Farc durante cerca de dos décadas, trayendo la noticia de una nueva voluntad entre el Gobierno y la guerrilla de llegar a un acuerdo de paz.

Era octubre de 1987. Las Farc ya habían roto la tregua y habían matado a 27 soldados bachilleres en cercanías de Puerto Rico (Caquetá), en junio 16. También las fuerzas de derecha habían asesinado al excandidato presidencial por la Unión Patriótica Jaime Pardo Leal y a cientos de congresistas, concejales y activistas de este movimiento político que nació con la esperanza de paz en el gobierno de Belisario Betancur y pronto se tiñó de sangre. Pero las conversaciones nunca se congelaron, siguieron interrumpidamente a través del Teléfono Rojo que estaba en Presidencia, que comunicaba, con sólo oprimir un botón, con el secretariado de las Farc en Casa Verde.

“En el inicio del gobierno Barco se recrudecieron los asesinatos contra la Unión Patriótica. Nosotros decíamos en aquella época: a los de la Unión Patriótica los matan porque no se desmovilizan, pero no se desmovilizan porque los matan. Era una situación muy compleja”, dice Ossa y continúa:

“Algunos sectores actuaban totalmente en contra de la política de Gobierno. En San José del Guaviare, cuando presencié la marcha de cerca de 20.000 campesinos que hubo en diciembre de 1986, tuve la oportunidad de hablar largamente con varios militares y un coronel me dijo: “Vea doctor, los enemigos de mis enemigos son mis amigos, los amigos de mis enemigos son mis enemigos”. Me dijo con toda franqueza y así justificó por qué tenían que unirse con los narcotraficantes y con los paramilitares. También era cierto que las Farc utilizaban las marchas para presionar el retiro de las Fuerzas Armadas de aquellas zonas donde ellos tenían bastante influencia.

“Todo formaba parte de la guerra. Cuando mataron a Jaime Pardo Leal estaba en Ataco (Tolima), el presidente Barco me mandó a llamar. Nos reunimos con él, Rafael Pardo, Ricardo Santamaría y Chucho Bejarano. Y le contamos nuestra hipótesis: ‘Esto señor presidente es fruto de una conspiración en contra del proceso de paz de su gobierno. Una conspiración para eliminar la Unión Patriótica, que fue permitiendo la configuración de una red en la que estaban paramilitares, las Fuerzas Armadas, sectores económicos, ganaderos e industriales’. El presidente se preocupó mucho. Él no era muy expresivo, pero esa vez sí lo vi muy intranquilo. Me dijo: ‘Cité a los verdes —así llamaba a los militares— y preparé un cuestionario’”.

—¿Y qué decía el cuestionario?

“El cuestionario lo hicimos con Chucho Bejarano. Tenía múltiples respuestas y apuntaba a responder: ¿A qué atribuye usted la serie de asesinatos contra militantes de la Unión Patriótica? A la cita llegaron el ministro de Gobierno, el ministro de Comunicaciones, el director de Instrucción Criminal, el ministro de Justicia, el ministro de Defensa, el director del DAS, el director de Inteligencia del Ejército, el de Policía y al final empezaron las intervenciones. Chucho Bejarano y yo dijimos que creíamos francamente que la muerte de los miembros de la UP era el resultado de esa alianza macabra. Con esa teoría estuvieron de acuerdo el doctor Enrique Low Murtra, que aún no había sido asesinado, y Carlos Lozano. Los ministros de Comunicaciones y Gobierno guardaron discreto silencio. Pero la opinión que tenían los demás era que a los militantes de la Unión Patriótica los estaban asesinando las Farc, fruto de luchas internas por el poder, con el ánimo de crear un ambiente negativo para el Gobierno y así facilitar toda la combinación de las formas de lucha. No lo podía creer. Sentí una profunda depresión. Nadie comentó lo absurdo que era decir eso en ese momento. Cuando salimos de la reunión el presidente estaba con César Gaviria y yo le dije: “Presidente, lo que está sucediendo es muy grave. Tenemos un registro de casi un centenar de grupos paramilitares que están en todo el país. Y esto no puede seguir así”. A raíz de eso, en un debate en el Congreso, Gaviria denunció, como vocero del Gobierno, la presencia de grupos paramilitares en el país. Ese día hubo una especie de quiebre. Hubo una mayor regulación con los ‘paras’, pero no definitiva. De hecho, ya era demasiado tarde”.

—¿Por qué?

“La avanzada paramilitar era imparable. Incluso, me acuerdo que, en una reunión con el presidente Barco, Rafael Pardo dijo “pueden matar a Galán”. Y no sólo mataron a Galán. Mataron a Carlos Pizarro, a Bernardo Jaramillo y esa lista larga de dolorosos etcéteras. No podía creer cuando me decían los campesinos “mire, el que mató al líder tal entró al Batallón Nueva Granada en Villavicencio”. Pero después lo fui entendiendo, cuando algunos militares retirados me dijeron que de los cuarteles salían los sicarios para asesinar a miembros de la Unión Patriótica”.

—¿Por qué se dejó seducir por la política y dejó la Consejería de Paz para aspirar por la Alcaldía de Bogotá, en 1988?

“Porque estaba muy desilusionado. Le dije al presidente: “Como consejero voy a poner un denuncio ante Instrucción Criminal sobre los grupos paramilitares que existen y la ayuda de sus funcionarios”. Él me miró sorprendido, pero no me dijo nada. Fue cuando se presentó la opción de la Alcaldía y la tomé. Me fui frustrado”.

—La negociación en esas condiciones debió ser muy tensa

“Sí. Pero prácticamente tras todas las marchas civiles que hubo en el gobierno Barco hubo acuerdos. Con las Farc iniciamos el proceso con una propuesta de paz concreta, que contenía tres elementos: rehabilitación de las personas afectadas por la violencia, normalización de la vida civil, es decir, la presencia de las instituciones, y la justicia y reconciliación del Estado”.

—¿Hasta dónde avanzaron?

“Alcanzamos a pensar en un proyecto de colonización dirigida en la zona de La Macarena con los posibles desmovilizados. Eran 400 mil hectáreas. Nos reunimos con la cartografía del lugar e incluso se llevaron asesores del Agustín Codazzi para hacer el levantamiento topográfico. Yo los veía verdaderamente decididos a iniciar ese proceso. Ahora, fíjese que en esa época las Farc no volaban puentes ni atentaban contra ambulancias, no secuestraban funcionarios ni asesinaban a niños”.

—¿Qué explica esa degradación del conflicto?

“(Ossa se queda en silencio, luego contesta). Creo que la guerra prolongada acaba con todo. Pero las causas están ahí. El conflicto es político y social”.

—¿Cree que el tema de la Unión Patriótica debería saldarse antes de emprender cualquier proceso de paz hoy?

“El país ha cambiado. Los sectores militares, de extrema derecha, ya no tienen la fuerza que tenían antes. Hay un sentimiento en el país más centrado que apunta mucho más a la defensa de los derechos humanos. La posibilidad de que haya una salida negociada está más cerca que antes”.

—Pero no la ve fácil

“No. Pero es más posible que nunca”.

 

EL FANTASMA DE LA UNIÓN PATRIÓTICA

El segundo punto de la agenda en los diálogos de paz entre Gobierno y Farc es la participación política. En éste se busca pactar unas reglas claras en que la guerrilla, en la eventualidad en que firme un acuerdo de paz, pueda participar —con garantías— en la contienda electoral. La más reciente experiencia en esta materia se encuentra en 1985, tras el proceso de negociación entre varias facciones de la insurgencia y el gobierno de Belisario Betancur. De allí nació la Unión Patriótica, un partido integrado por varias facciones de izquierda. En las elecciones del 25 de mayo de 1986 la UP sacó cinco senadores, entre quienes estaba el hoy jefe negociador de las Farc, ‘Iván Márquez’, nueve representantes a la Cámara, 14 diputados, 351 concejales y 23 alcaldes. Esto produjo la reacción de los grupos paramilitares que, en alianza con organismos de seguridad del Estado, asesinaron a cerca de 5 mil militantes de la UP, entre los que se cuentan dos candidatos presidenciales, Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa—, ocho congresistas, 13 diputados, 70 concejales y 11 alcaldes.

EN LA HABANA SE INICIA SEGUNDA FASE DEL PROCESO

A partir de hoy, y hasta mediados de noviembre, los equipos negociadores del Gobierno y las Farc estarán reunidos en La Habana, Cuba. Se trata de lo que el presidente Juan Manuel Santos ha denominado la segunda etapa del proceso de paz. En ésta se empezarán a abordar los cinco temas de la agenda firmada en el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto. En el transcurso de estas semanas los equipos trabajarán a puerta cerrada. Se espera que el 15 de noviembre se presenten públicamente los avances de la mesa de diálogos. El tema central de estos encuentros será el desarrollo rural integral. Los subtemas que quedaron plasmados en el documento firmado el 26 de agosto en la capital cubana son: acceso y uso de la tierra, tierras improductivas, formalización de la propiedad, frontera agrícola y protección de zonas de reserva, programas de desarrollo con enfoque territorial, infraestructura y adecuación de tierras, desarrollo social: salud, educación, vivienda, erradicación de la pobreza, estímulo a la producción agropecuaria y a la economía solidaria y cooperativa, asistencia técnica, subsidios, crédito, generación de ingresos, mercadeo, formalización laboral y sistema de seguridad alimentaria.

 

 

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