Drama del secuestro no termina con la libertad

Así lo evidencian a lo largo de los años los testimonios de decenas de colombianos que han sido víctimas de este flagelo y que, tiempo después, dicen no haberse repuesto de las lesiones psicológicas que les dejó el cautiverio.

Durante los últimos seis meses, en Colombia han recuperado su libertad 21 políticos y militares que estaban en poder de las Farc: 15 fueron rescatados por el Ejército colombiano el 2 de julio y los otros seis quedaron libres por iniciativa del grupo insurgente.

Las cifras de la Fundación País Libre, que promueve la liberación de las personas secuestradas, hablan de 12.298 secuestros en los últimos 12 años cometidos por las Farc y el Eln.  Casi todos son secuestros "extorsivos", es decir, por pago de dinero.

Otros, la minoría, son considerados políticos y los insurgentes condicionan la liberación a negociaciones con el Gobierno. Los que recuperan la libertad, ya sea porque pagaron rescate, por un operativo militar o porque se escaparon, tienen algo en común: profundos daños psicológicos, de acuerdo con testimonios y entrevistas a ex secuetrados y expertos consultados por The Associated Press.

Tal es el caso de John Freddy Díaz, un ex soldado colombiano que hoy tiene 31 años. El 3 de agosto de 1998, Díaz fue


tomado como prisionero en un ataque de las Farc contra la base militar de Miraflores, en el departamento del Guaviare, al sur del país.

Tras 35 meses de cautiverio, los guerrilleros decidieron dejar libres incondicionalmente a Díaz y a 241 de sus compañeros uniformados, algunos de ellos retenidos en otros ataques contra bases en distintos municipios del país. La libertad le llegó a Díaz el 28 de junio de 2001.

Pero a pesar que perdió las cadenas con que los insurgentes lo ataban a árboles para evitar su fuga, el ex militar ahora padece otros males. Sin razón aparente, confesó entre sollozos, muchas veces choca su cabeza contra las paredes, o peor busca "golpear a personas que ni conozco".

Y es que lo que Díaz, con compañera y con dos hijos, vivió durante los casi tres años de secuestro dejan huella. "Nos humillaron, nos encadenaron, nos maltrataron física y mentalmente", aseguró Díaz, el penúltimo de seis hermanos. El menor, Diego Alonso Díaz, que tenía 19 años, murió en el ataque de las Farc a Miraflores.

Ante constantes crisis de depresión, Díaz estuvo internado un mes en la clínica Santo Tomás, en las afueras de Bogotá, especializada en enfermedades mentales, en septiembre del 2006. Tras su liberación abandonó las filas militares y ahora esporádicamente trabaja en la microempresa de su tía Lucy Díaz, donde hace avisos plásticos de publicidad para comercios.

"John, antes de ser secuestrado, era muy activo, muy alegre... Cuando regresó del secuestro llegó con muchos ánimos, con ganas de hacer muchas cosas. Pero poco a poco se le fueron cerrando y ahora se mantiene muy desmotivado", aseguró su tía Lucy Díaz.

Cuando en Colombia y el mundo aún se celebra la liberación de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt y de 14 personas más ---entre ellas tres contratistas estadounidenses -- el pasado 2 de julio en una operativo de rescate militar, Díaz comparte el regocijo, a medias. Dice no tener nada en contra de Betancourt, ni sentir envidia por ella.

De hecho, la admira por haber soportado el secuestro durante seis años. Sin embargo, dijo que le parecía injusto su protagonismo en los medios de comunicación."Hasta la quieren nominar a un Premio Nobel (de la Paz). Entonces deberían nominarnos a todos", dijo Díaz, resaltando que como la ex candidata, los que han estado secuestrados han sufrido los mismos maltratos, desde las cadenas, las extenuantes caminatas en la selva, las tensiones de salir corriendo y ocultarse debido a que los insurgentes escuchan helicópetros militares sobrevolando algunas zona selváticas cercana a campamentos insurgentes.

En la toma de Miraflores fueron retenidos 127 militares. Con casi todos, Díaz mantiene contacto. Algunos se casaron y tienen hijos. Uno de ellos, según Díaz, está en la cárcel, y otro se perdió en las drogas y terminó en la indigencia por las calles de Bogotá.

Díaz dice que no le pide mucho a la vida: Quiere que Estados Unidos le conceda una visa para vivir al lado de su padre, Jorge Alonso Díaz, quien lleva más de 20 años en Nueva York. Ya visitó a mediados de julio la sede de la embajada para iniciar los


trámites. El caso de Díaz refleja lo que está por llegarles a los últimos liberados en Colombia. De hecho, algunos de ellos explicaron que aún hay cosas a las que no se han acostumbrado.

Un ex parlamentario liberado el 27 de febrero, Jorge Eduardo Gechem, afirmó que ha tratado de regresar a su vida normal."Pero no ha sido del todo posible. En las noches, cuando duermo, despierto unas seis o siete veces, las mismas que despertaba cuando estaba secuestrado", dijo Gechem, un economista de 56 años, quien estuvo seis años cautivo en manos de las Farc.

El 25 de junio pasado, Gechem anunció públicamente su separación de su esposa, Lucy Artunduaga, con la estuvo casado 23 años, incluyendo los años de cautiverio. Los insurgentes "se llevaron uno, me devolvieron otro", dijo Artunduaga a medios locales tras conocerse el anuncio de Gechem.

Rogelio Cotes, de 71 años, y quien fue liberado en agosto del 2002 por el Eln tras año y medio de secuestro en una región del norte colombiano, aún no logra por la tarde ni bañarse solo ni estar solo, contó su esposa Margatita de Cotes. "Cuando empieza a caer la tarde él empieza con un desasosiego, una intranquilidad, comienza a llamar a los hijos a ver cómo están", dijo la mujer. Tampoco "volvimos a viajar porque le da miedo. Teme que nuevamente caiga en manos de esta gente” si viaja por carreteras, dijo de Cotes, cuya familia pagó rescate por Rogelio, pero declinan revelar el monto. "Pienso que lo más lindo que le quitaron a él fue su alegría", indicó.

Lo que hoy les sucede a Díaz y a los demás secuestrados que vuelven a la libertad es para los expertos en salud mental algo entendible desde el punto de vista clínico. "Los secuestrados salen con una desorientación psicológica bastante grande, que se incrementa en la medida de la intensidad del secuestro y su prolongación", dijo el psiquiatra Ismael Roldán, quien fue director del departamento de siquiatría de la Universidad Nacional.

Otra cosa, destacó, "es que ellos (los liberados) no han dicho totalmente la verdad sobre las condiciones en las cuales estuvieron allá en el cautiverio. Ahí eso sí puede explicarse más como un síntoma de una expresión del estrés postraumático".

Ingrid Betancourt, por ejemplo, ha dicho que no está lista para comentar detalles sobre su largo cautiverio. "Muchas cosas pasaron en la selva que tenemos que dejar en la selva", ha dicho Betancourt en varias entrevistas tras su liberación."Eso es lo que nosotros llamamos ’la evitación” ’ o evadir hablar realmente de lo que sucedió en cautiverio, dijo Roldán. "Otros tienen la reexperimentación de los hechos ocurridos allá, por ejemplo, a través de ilusiones, alucinaciones, pesadillas".

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