Una alegría opacada

<p>En la selva permanecen 25 canjeables que no corrieron con la suerte de ser rescatados en la ‘Operación Jaque’.</p>

El miercoles, el teniente de la Policía  Vianey Javier Rodríguez cumplió 3.530 días bajo el poder de las Farc. Él y cuatro compañeros más, que fueron capturados por los guerrilleros cuando éstos sitiaron Mitú en 1998. Sin embargo, aunque el conteo paró para Rodríguez, los otros cuatro oficiales hoy vivirán su día 3.531 de cautiverio. Entre ellos está el coronel Luis Mendieta, cuya estremecedora carta, divulgada en enero pasado, dejó frío a todo el que conoció su contenido.

“Me tocaba arrastrarme por el barro para mis necesidades, únicamente con la ayuda de mis brazos porque no podía levantarme”, le contó el oficial a su familia. Otro de los que se quedó ayer en la selva fue el mayor de la Policía Enrique Murillo Sánchez, quien llegó a Mitú en 1997 y un año después fue testigo y víctima de una de  toma  sangrienta realizadas por unos 1.200 hombres las Farc, los cuales, el primero de noviembre, sitiaron la capital de Vaupés  durante tres días. 

En una de las pocas cartas que sus familiares han recibido, el mayor Murillo  les hizo saber que cuando regrese, planea reintegrarse a la institución. Su padre, Luis Enrique Murillo, un jubilado del Seguro Social, y su madre, Robertina Sánchez, una ama de casa, siempre lo apoyaron en la carrera policial. Pero cambiaron de parecer luego de ser espectadores, en primera fila, del cruel espectáculo en el que diez años de la vida de su hijo se esfumaron por culpa de este conflicto.

Margarita Sánchez Rivas rompió en llanto cuando conoció la noticia que ayer martes, en menos de dos horas, ya había dado la vuelta al mundo. “Estoy contenta por los que liberaron, pero, ¿y los que quedan? Ahora que ya no está la doctora Íngrid, que es la que ha movido el tema del intercambio nacional e internacionalmente, ¿cómo vamos a negociar? Yo espero que las Farc  los liberen por piedad”, le dijo Margarita a El Espectador con la voz aún temblorosa, conmocionada por lo que estaba sucediendo.

Ella es la hermana de Elkin Hernández Rivas, un teniente de la Policía que fue secuestrado junto con el mayor Édgar Yesid Duarte, de la misma institución, el 14 de octubre de 1998 en la vía de Paujil a Florencia (Caquetá). Esa fue la fecha que cambió su vida y la de sus padres, un par de sexagenarios que sólo desean volver a ver a su hijo. Hernández fue el único hombre entre cuatro hijos, y cuando era pequeño su única pasión  era el fútbol. Y cuando no tenía los pies sobre la cancha, narraba a todo pulmón las gambetas de sus amigos.

“Mi muchacho todavía no conoce el almacencito de calzado que el papá hizo.  Mi esposo Silvio  tenía un taller de zapatos, por eso en mi mesa nunca faltó el alimento. Ahora tenemos el almacén, el alimento, pero nos falta el aliento. ¿A quién no le faltaría con un hijo  secuestrado?”, dice con pesadumbre doña Magdalena Rivas, su madre. Su padre, don Silvio Hernández, no ha vuelto a preparar arroz cubano porque el mayor comensal de su plato se encuentra en una selva alimentándose con enlatados.

Doña Virginia Franco y don Eufrasio Beltrán, ambos con más de 70 años de edad, fueron ayer otra pareja muy infeliz. Ella, desde el momento en que supo que habían rescatado a algunos militares, salió corriendo a pegarse al televisor para ver si el cielo la recordaba   y su hijo figuraba en la lista. Pero no fue así. De la boca del ministro de Defensa nunca salió el nombre ‘Luis Alfonso Beltrán’, un sargento  del Ejército que fue plagiado en la toma de El Billar (Caquetá), el 3 de marzo de 1998.

“Seguro estaba lejos, en otro sitio, quién sabe qué pasó. Me alegro por los que salieron, pero sí me da mucha tristeza porque se pueden ensañar con los que quedan. Por ahí escuchamos que cuando mataron a Raúl Reyes, a los muchachos los pusieron a aguantar hambre.  Ahora, ¿qué harán con ellos?”, expresa la madre de Beltrán. Su padre, don Eufrasio, reserva más sus opiniones, pero  los achaques que lo han acosado desde el plagio    ya le han pasado la cuenta de cobro con dos operaciones de la espalda.

Ahora, la pregunta que queda en el aire es un grito a voces: ¿qué pasa con  los 22 integrantes de la Fuerza Pública y tres civiles (Alan Jara, Óscar Tulio Lizcano y Sigifredo López) que aún permanecen en cautiverio? ¿Cuál será su destino?

Una sola familia que sigue incompleta

La alegría de la celebración de los familiares de los recién liberados contrastó con la tristeza de los seres queridos de los civiles que se quedaron en la selva. Claudia de Jara, la esposa de Alan Jara, ex gobernador del Meta, no pudo evitar el llanto al enterarse de la noticia. “Estoy muy mal, sólo sé que tengo una gran angustia porque no sé qué pasó con quienes no llegaron”.

El hijo del ex congresista Óscar Tulio Lizcano, Óscar Mauricio Lizcano, reconoció el éxito de la política de seguridad democrática del presidente Álvaro Uribe Vélez, pero lamentó que su padre no hubiera estado entre los 15 liberados. Él sabía que su papá no estaba en ese grupo, por eso se conformó con decir que no le queda más que esperar lo que el futuro les depare: “ojalá los liberen a todos”.

Ese se convirtió en un sentimiento común. También lo manifestó Patricia Nieto, esposa de Sigifredo López. “Somos una sola familia, las circunstancias han sido difíciles, pero doy gracias a Dios. No podemos dejar de sentir miedo, porque no sabemos lo que va a pasar con nuestros seres queridos. Dios les ha dado la oportunidad de regresar a casa, que gracias a Dios fueron rescatados de esa manera”.

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