El enlace entre la Unidad para las Víctimas y los indígenas del Chocó

Astrid González y la resiliencia de los emberas

Segunda alianza de El Espectador y la Unidad para las Víctimas para dar a conocer las historias de los sobrevivientes de la guerra, que emprendieron caminos de reconciliación.

Entre las tareas que adelanta Astrid en la Unidad para las Víctimas está la de visitar a sus hermanos embera. / Luis Alejandro Vásquez - Unidad para las Víctimas

Su nombre, Astrid González, no delata su origen: es indígena embera chamí, del resguardo indígena de Zabaleta, ubicado en el municipio de El Carmen de Atrato (Chocó). Tampoco revela sus antepasados, que se remontan a los tiempos prehispánicos, y mucho menos que la historia de su etnia se relaciona con el jaibanismo, ese vínculo que la comunidad embera mantiene con los espíritus.

Lo que sí refleja su nombre es la influencia del hombre blanco, sólo que para ella el terror que vivieron tribus norteamericanas, como los apaches, sioux, comanches, cheyenes, entre otras, con la llegada de los “caras pálidas”, lo sufrió cuando agonizaba el siglo XX.

Por esas épocas hubo enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército, que ocasionó el primer desplazamiento masivo de la comunidad de Zabaleta hacia la cabecera municipal de El Carmen de Atrato. Además, como si esas balaceras cruzadas no fueran suficientes, los paramilitares mataron a dos jóvenes de la comunidad. “Huimos hacia la montaña por tres días y la Alcaldía nos mandó a recoger. Éramos cuatro familias y nos quedamos como seis meses desplazados en El Carmen de Atrato. Luego retornamos voluntariamente a la comunidad y ya era una comunidad muerta. La casa estaba quemada y todo destruido”, cuenta Astrid.

De la destrucción pasaron a las filas del conflicto. Hizo parte de un contingente de 14 jóvenes, entre los 13 y los 16 años, que fueron reclutados forzadamente por la guerrilla. “Yo tenía 13 años. Decían que me habían reclutado como una retaliación porque mi papá, aseguraban ellos, era un colaborador del Ejército y de los paramilitares, entonces, que le daban donde más le doliera, o sea yo. Pero yo era rebelde y siempre les respondía con ironía o con la voz alta”, recordó.

Los mantenían encerrados y una noche su prima intentó volarse, por lo que al resto los torturaron. “Cuando la agarraron a ella la trajeron de nuevo. Esa noche un comandante abusó de mí y eso se volvió algo cotidiano. Con el tiempo me di cuenta de que también abusaban sexualmente de las otras mujeres que habían reclutado. Varias de ellas quedaron en embarazo, y a esas las sacaban de ahí y las llevaban a la ciudad a abortar”.

Fue entonces cuando Astrid se inventó que estaba embarazada. “Tenía 14 años cuando le dije al comandante que abusaba de mí que estaba preñada. Para hacer mi mentira más creíble, cuando me dejaron ir a un corregimiento cercano, siempre vigilada, aproveché para hablar con una mujer que estaba en proceso de gestación, quien me facilitó una prueba de embarazo casera, que llevé para despejar las dudas”, aseguró.

Llegó al campamento, mostró la prueba y consiguió que la dejaran ir a Medellín a donde llegó a casa de una tía, tras ocho meses de haber sido reclutada. “Mis papás se enteraron dónde estaba y fueron a recogerme. Me llevaron a Quibdó. Duré encerrada como un año. No salía, no hablaba con nadie distinto a mi núcleo familiar, porque de pronto me encontraba allí con algún miliciano y las represalias contra mí o contra mi papá serían terribles”.

Luego de ese año de estar casi atrincherada por sus miedos buscó una escuela y cursó quinto de primaria en la nocturna. Al año siguiente comenzó el bachillerato. “A los 16 años conocí a una persona que se convertiría en el padre de mi hijo. Nos enamoramos, nos fuimos a vivir juntos y cuando tenía 19 años de edad nació mi hijo, Daniel. Luego nos fuimos a vivir al Cauca y con el paso del tiempo la relación se empezó a deteriorar. Sin embargo, con su apoyo logré terminar el bachillerato en Popayán, un técnico en contaduría, y me consiguió trabajo en una empresa de chance”.

Para el 2010, Astrid ya estaba separada, pero se quedó hasta el 2012 en Popayán para estar cerca de su hijo. En el 2013, de vuelta en Quibdó, comenzó a trabajar con la Pastoral Social Indígena, con la que visitaba resguardos. En ese año recibió la indemnización por parte de la Unidad para las Víctimas por ser sobreviviente del conflicto armado y se matriculó en Quibdó para estudiar trabajo social, mientras trabajaba como docente.

Se graduó en septiembre del 2017. “La carrera me sirvió mucho. Me volví aún más sensible y fui nombrada gobernadora de mi resguardo, es decir, regresé a mi comunidad exactamente 18 años después de haber salido, pero ahora como gobernadora. También fui rectora del colegio de la comunidad, a la vez que apoyaba el proceso de reparación colectiva que adelanta el resguardo con la Unidad para las Víctimas”, señala Astrid.

A comienzo de 2018 fue vinculada laboralmente a la Unidad. Uno de los objetos de su trabajo es traducir y socializar, entre sus hermanos, y en lengua embera, el decreto ley 4633, que dicta medidas de asistencia, atención, reparación integral y restitución de derechos territoriales a víctimas pertenecientes a pueblos y comunidades indígenas.

“Al principio me daba muy duro, porque de todos modos aún hay hechos violentos, y al hablar con ellos se me viene a la mente lo que me pasó. Entonces me duele lo que les pasa a mis hermanos indígenas, pero a la vez me alienta seguir adelante, porque sé que ellos son personas capaces de sobreponerse a las dificultades”, comenta Astrid, quien se siente orgullosa de su hijo Daniel Eduardo, quien cursa noveno grado y quiere estudiar medicina, y con quien se habla todos los días. Las cosas parecían mejorar, sin embargo, la violencia volvió a golpear a su familia: “El 1º de enero de este año desaparecieron a mi hermano Diomedes, de 30 años”. El caso está en la Fiscalía y prefiere no hablar de eso.

No obstante, los eclipses de tristeza que ha presenciado parte de su vida no han impedido que quiera perdonar a quienes tanto daño les han hecho a ella y a su familia, porque en el mundo se puede guardar esperanza cuando se escucha la voz de los espíritus, se dignifica el territorio, se teje la memoria de los pueblos y se habita en la naturaleza, poseedora de riqueza y vida.

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César A. Marín Cárdenas

Posconflicto

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