Caminos cruzados

De la Calle organizó las elecciones que le permitieron a ‘Márquez’ llegar al Congreso en 1986.

Humberto de la Calle junto a ‘Alfonso Cano’, ‘Francisco Galán’ e ‘Iván Márquez’ durante los diálogos de Caracas. / Archivo
Humberto de la Calle junto a ‘Alfonso Cano’, ‘Francisco Galán’ e ‘Iván Márquez’ durante los diálogos de Caracas. / Archivo

No se vieron, no se conocieron, ni siquiera se hablaron, pero a comienzos de 1986 las vidas de los dos hombres que hoy protagonizan la mesa conversaciones entre el Gobierno y las Farc, se empezaron a cruzar. Humberto de la Calle era, por aquella convulsionada época, registrador nacional del Estado Civil y fue el encargado de organizar las elecciones al Congreso del 9 de marzo. Era una jornada electoral diferente: por primera vez en la historia del país un movimiento político, la Unión Patriótica, participaba en unos comicios como resultado de un proceso de paz. Y en las listas de la UP en Caquetá estaba Luciano Marín Arango, comandante de las Farc conocido como Iván Márquez.

El abogado De la Calle, con varios posgrados a cuestas, llegó a ese cargo en 1982 porque el presidente Belisario Betancur lo convenció de que abandonara Manizales, donde había sido docente y decano de Derecho de la Universidad de Caldas, secretario de Gobierno, tesorero y juez municipal. Además de brillante jurista era un apasionado por la literatura y era conocida su militancia en el nadaísmo, al punto que muchos pensaron que le costaría más trabajo abandonar la tertulia Las Trece Picas, donde alcanzó a escribir versos, que su cómoda vida de profesor y hombre de leyes.

Luciano Marín, en cambio, ya había comenzado en la política como concejal de Florencia, cargo al que llegó en 1980 por un movimiento de izquierda llamado UNO. Luego de un año de encabezar debates sobre derechos humanos y garantías para la oposición, desapareció. Tres meses más tarde, sus amigos y copartidarios se enteraron de que el profesor de ciencias del Colegio Preinmaculado de Doncello, el mismo que estuvo a un año de ordenarse como sacerdote, el brillante dirigente de la Juventud Comunista, se llamaba ahora Iván Márquez y era el comandante del tercer frente de las Farc.

Tenía apenas 31 años —y cuatro como guerrillero— cuando salió de las selvas caqueteñas en 1985, por orden de Jacobo Arenas, para integrar la fuerza política de la UP en desarrollo de los acuerdos de La Uribe firmados un año atrás. Esa campaña estuvo signada por la esperanza de que el proceso de paz avanzaría hasta la reincorporación de las Farc a la vida civil, pero también por el miedo que había llevado a Luciano y a decenas de dirigentes de la izquierda a irse al monte, para no ser asesinados como ocurrió con más de 3.000 copartidarios.

La campaña era decisiva. El registrador Humberto de la Calle salió a los medios a alentar al pueblo colombiano a refrendar con sus votos los acuerdos de paz y a los militantes de la naciente UP a integrarse como jurados de votación para garantizar la transparencia. Esas elecciones medirían las fuerzas políticas con miras a las presidenciales que se cumplirían unos meses más tarde y que tenían al liberal Virgilio Barco como el seguro ganador.

Y así fue. El Partido Liberal arrasó al Conservador por un millón de votos, mientras la UP se ubicó como la cuarta fuerza política, después del Nuevo Liberalismo, con 14 congresistas, 21 diputados y al menos 150 concejales. Aunque algunas curules se obtuvieron gracias a alianzas con otros movimientos para derrotar a los caciques de cada región, fue indiscutible el triunfo en “los territorios nacionales”, sobre todo Arauca, Guaviare y Caquetá.

Iván Márquez, apelando a su formación en el Seminario Menor de Florencia, a su paso por la docencia y a su combatividad como dirigente sindical y de la Juco, alcanzó a participar en un par de debates en la Cámara de Representantes, al lado de otros primíparos, como Álvaro Uribe Vélez, antes de volver al monte por los asesinatos de militantes de la UP.

Humberto de la Calle fue nombrado magistrado de la Corte Suprema de Justicia y luego consultor de las Naciones Unidas. Se tornó una figura del Partido Liberal, al punto que el entonces presidente Cesar Gaviria fijó sus ojos en él y lo nombró ministro de Gobierno en 1990. Esa designación lo llevó a ser ficha clave en la Asamblea Nacional Constituyente, en la que participaron grupos guerrilleros desmovilizados, menos las Farc. Por esos días, Márquez también ascendía: fue nombrado miembro del secretariado, en reemplazo de Jacobo Arenas, quien falleció ese mismo año.

Un año después, en junio de 1991, De la Calle y Márquez se vieron por primera vez. Fue en Caracas, durante la instalación de la mesa de diálogo entre el gobierno de Gaviria y la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. No hay muchas anécdotas de sus encuentros porque el entonces ministro sólo iba en momentos claves para revisar los avances de la mesa, que no fueron muchos, y porque la cabeza de la delegación de las Farc era Alfonso Cano.

“Márquez era introvertido”, recuerda Andrés González Díaz, por esos días viceministro de Gobierno y quien acordó con la guerrilla dialogar en el exterior. Francisco Galán, delegado por el Eln en esas conversaciones, lo evoca como un hombre culto que conocía bien la institucionalidad y estaba al tanto de los desarrollos de la Constituyente. “Era más dialogante que Cano”.

De la Calle, como ministro y por ser el delegado del presidente Gaviria, era el que recibía los informes de los negociadores. Los voceros de la guerrilla lo respetaban. En 1992 la mesa se trasladó a Tlaxcala, México, porque la situación política de Venezuela estaba convulsionada con el famoso Caracazo. A las pocas semanas, el diálogo se rompió y el gobierno se paró de la mesa por la muerte en cautiverio del exministro Argelino Durán Quintero.

En poco tiempo De la Calle se convirtió en una de las principales cartas del liberalismo para llegar a la Presidencia en 1994 y Márquez llegó al bloque Caribe, a imponer a sangre y fuego su hegemonía en la zona. Ahora se vuelven a encontrar en una mesa de diálogo, pero esta vez serán ellos los encargados directos de una negociación que se prevé será muy dura.

 

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