La casa de las Farc en Bogotá

En Puentelargo, la casa de encuentros de las Hermanitas de los pobres de San Pedro Claver podría ser la última estancia de los guerrilleros como jefes de las Farc.

Aunque hay presencia de agentes de seguridad, es posible pasar a pie frente a la casa de encuentros en la que se aloja el secretariado de las Farc. Gustavo Torrijos

Al mediodía, las calles del barrio Puentelargo, al noroccidente de Bogotá, son dueñas de una tranquilidad que parece robada del campo. El silencio no es de la ciudad, sobre todo, en las calles que están más alejadas de la ruidosa avenida Suba.

A esa hora, por esas calles pareciera no pasar nada. No porque nada pudiera pasar sino porque los que ahí viven no tienen idea de que desde hace un par de días llegaron nuevos vecinos al vecindario y que, desde ese día, en las noches duermen a pocos metros de donde también lo hacen Timochenko y el resto de la delegación de las Farc, para muchos, uno de los grupos narcoterroristas más ricos del mundo; para otros, el actor armado ilegal de un conflicto atroz de más de 50 años que está a punto de dejar las armas, enfrentar culpas y reintegrarse a la vida civil.

El secretariado de esa guerrilla llegó a Bogotá el pasado lunes para firmar la paz, en un evento sin mucho bombo, más bien sencillo, que se realizará a las 11 de la mañana de este jueves 24 de noviembre en el teatro Colón de la capital del país.


/GoogleMaps

Desde entonces, la casa de encuentros de las Hermanitas de los pobres de San Pedro Claver ha sido el hogar de los alzados en armas. Más que eso, se convirtió en el primer lugar de Bogotá, que reúne los privilegios de un hogar, que pisan los guerrilleros ad portas de la dejación de armas, después de estar entre monte y trocha durante decenas de años, y entre mesas y salones de negociaciones con varios gobiernos.

“La seguridad está muy floja para ser quienes son”, dice un residente del edificio Guadalix, frente a la casa de encuentros, cuya sorpresa de la tarde fue haberse enterado de que la ventana de su apartamento podría estar enfrente de la habitación de alguno de los cabecillas de las Farc. Y eso que votó por el No en el plebiscito.     

De un lado de la calle 114, donde se cruza con la transversal 56, unos cinco policías acompañados de perros antiexplosivos vigilan el paso de los transeúntes. Al otro extremo de la calle, un par de policías hace lo mismo. Uno más patrulla de lado a lado. Para la categoría de los invitados, la seguridad parece mínima, al menos en el exterior. Desde las rejas de la casa se ve a varios sujetos con pintas de escolta. Ahí nadie da razón de las Farc.


Rodrigo Londoño, alias Timochenko, junto a Carlos Lozada, integrante del secretariado de las Farc a su llegada a Bogotá. /Nueva Colombia Noticias

Sin embargo, para este ciudadano la presencia cercana de los guerrilleros no es tan importante “mientras que no le hagan daño a nadie”. Una posibilidad que ve muy lejana porque considera que ya hicieron todo lo que tenían que hacer. Lo que sí le preocupa es que la estadía de los insurgentes represente algún peligro mayor para él y sus vecinos. Que otros más malos que ellos quieran actuar.

La tranquilidad del sector ya la habría quebrado una caravana de camionetas blindadas que llegaron al sitio el pasado 22 de noviembre, pero sin levantar mayores sospechas. A bordo iban los negociadores del Gobierno, entre ellos Humberto de la Calle, para el primer encuentro que sostuvieron con las Farc. La mesa de La Habana se trasladó por unos minutos al barrio bogotano. Después de la entrada y la salida, que reunió a algunos curiosos en las esquina, el caminar de la gente volvió a la normalidad. Desprevenido.


Desde su llegada a Bogotá, los miembros del equipo negociador de las Farc se hospedan en la casa de encuentros de las Hermanitas de los pobres de San Pedro Claver. /GoogleMaps

En la parte de atrás de la casa, Edilson Aguilar, un jardinero de 36 años, atiende un vivero y se muestra igual de sorprendido al conocer que el jefe máximo de las Farc está del otro lado del patio. ¿Temor? No hay porque “como ahora todos están con el tema de la paz…”. Aguilar, que no votó en el plebiscito, pero que apoyaba el acuerdo, está más preocupado por cómo pueda reaccionar otra gente que no tolere que quienes han cometido actos de barbarie compartan con ella los andenes, los trabajos, el transporte público.

Desde su conformación, en 1964, los intentos de paz con las Farc han sido varios. Unos fueron en sus fortines territoriales, en la ruralidad, otros en las ciudades, como Caracas o Tlaxcala. El más reciente, cuya fase pública fue de más de tres años, fue en La Habana, y la delegación guerrillera se hospedó en las casas de protocolo del gobierno de Fidel Castro, rodeados de lujos, de yates, en una zona conocida como El Laguito o Cubanacán.

Esta vez, a pocas horas de que se pacte el nuevo acuerdo, mejorado pero igual de incómodo para un buen sector político, la casa de las religiosas también podría ser la última en la que permanezcan los guerrilleros como jefes del grupo ilegal, cuando dejen de ser las Farc.

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