¿Cuál desarrollo necesita la paz?

Wilson López, investigador de la U. Javeriana, dice que es imposible plantearnos la paz sin una reflexión sobre el desarrollo que queremos para vivir como sociedad sin violencia. Ideas para avivar el debate.

Flor Ilda Hernández llora al reconocer entre las víctimas de los mal llamados “falsos positivos” el cadáver de su hijo Elkin Verano (septiembre de 2008). El muchacho fue víctima un flagelo en el que confluyeron varios de los males del país, entre ellos la corrupción, la violencia y la falta de oportunidades. / EFE

La paz es un proceso que implica un complejo conjunto de dimensiones socioeconómicas, sociopolíticas, sociojurídicas e histórico-culturales. Todas ellas entretejidas por una dimensión psicosocial y dirigidas a buscar una sociedad más equitativa, justa, participativa, sostenible y orientada por el rechazo total de la violencia como recurso.

La evidencia, en estudios transversales y longitudinales, muestra que la paz exige profundizar la democracia, es decir, asegurar y potencializar los espacios de participación, acceso al poder y gestión no violenta de los consensos y los disensos. También reconoce el valor de la equidad, en razón de que sociedades con más equidad son sociedades menos violentas.

Asimismo se ha encontrado que bajos niveles de impunidad se correlacionan positivamente con sociedades más pacíficas, lo que significa la existencia de un sistema de justicia y policial fuerte, transparente y eficiente. Adicionalmente, asegurar la paz involucra el acceso a condiciones básicas de alimentación y nutrición, de educación e información, de salud y de condiciones ambientales sostenibles. En definitiva, la paz requiere sociedades con mínimos de bienestar y calidad de vida para todos sus integrantes; sin embargo, estos mínimos parecen superponerse con las nociones de crecimiento, desarrollo y progreso.

La hegemonía del pensamiento económico y el oportunismo planeado por unas minorías que usufructúan la riqueza y el poder se han apropiado de la noción de crecimiento económico. Así, han sesgado los conceptos de desarrollo y progreso de forma tal que el crecimiento económico terminó identificado con el desarrollo económico, y esto no sería un problema si estos conceptos no fuesen determinados exclusivamente por los de utilidad, renta y riqueza, olvidando que el centro de toda acción humana debe ser el bienestar del hombre y asegurar la vida.

Por esta razón, resulta evidente preguntarse: primero, ¿quiénes son los beneficiarios y los perjudicados con este desarrollo?, pues resulta que no suelen ser las mayorías; segundo, es necesario cuestionar la ecuación incremento de renta y bienestar de la mayoría de la población, pues tampoco tenemos evidencia en este sentido; tercero, no se encuentra relación entre el crecimiento de la riqueza de unos cuantos y la disminución de la violencia; cuarto, no hay vínculos entre incremento de producto interno bruto (PIB) con las condiciones de libertad de participación política y de acceso al poder; quinto, tampoco se encuentra correlación entre la media de ingresos y rentas con el mejoramiento de las condiciones de equidad en el acceso a recursos o en la movilidad social por vía de oportunidades de acceso a educación de calidad. Las variables que han dominado el concepto de desarrollo económico no se correlacionan con las de bienestar y libertad, pero sí con las de utilidad, y hoy más que nunca contamos con evidencia suficiente de que la búsqueda de las utilidades financieras como principio económico de crecimiento sólo han llevado a incrementar la violencia y la destrucción de la vida.

Sostener el consumo medio que hoy necesita nuestro planeta resulta una tarea imposible bajo el modelo de utilidad. Este modelo ha conducido a que las naciones que consumen más para asegurar el sostenimiento de sus poblaciones y de las instituciones que los soportan usen todo su poder para extraer lo que pueden del mundo, en especial del vulnerable, poniendo en riesgo la sostenibilidad medioambiental de todo el planeta y generando además violencias, guerras, hambrunas e inestabilidades sociales y políticas en el mundo entero, que por supuesto siempre pagan los más débiles.

Amartya Sen introdujo el concepto de desarrollo humano en medio de las libertades, el cual incluye lo que denomina un conjunto de supuestos básicos para garantizar las libertades políticas, sociales y económicas, además de asegurar que puedan darse las oportunidades para que se desarrollen las capacidades para ejercerlas. En este sentido, para Sen no es posible hablar de desarrollo sin asegurar condiciones básicas de nutrición, salud, educación, equidad, justicia y participación política.

En diversos trabajos este Premio Nobel de Economía mostró cómo las variables que están asociadas al desarrollo económico, como la renta baja, se asocian con la pobreza. Sin embargo, esta última está relacionada con la privación de capacidades, el incremento en la mortalidad infantil, la desnutrición, el analfabetismo y el pobre desarrollo cognitivo, es decir, que la pobreza genera dinámicas que construyen violencias, exclusiones e innumerables problemas sociales que superan el impacto de la renta baja. Probablemente hemos sobreestimado el efecto de la variable incremento de la renta sobre el desarrollo humano, olvidando la complejidad de la dinámica psicosocial de la pobreza.

De otro lado, todos los estudios de violencia en el mundo muestran cómo se relaciona positivamente ésta con las crisis medioambientales en las que está sumido todo el planeta; la perversión valorativa en el modelo económico internacional hace que los dueños visibles o anónimos de las grandes corporaciones en la legalidad o los pequeños extractores en la ilegalidad, ambos sin control, destruyan fuentes de agua y rompan los múltiples equilibrios de la naturaleza que aseguran su sostenibilidad, poniendo en peligro la supervivencia de la vida sobre la tierra, todo esto en nombre del desarrollo y de la obtención de riqueza. Los comportamientos de las corporaciones mineras, energéticas, de alimentos, farmacia o la guerra tienen licencias para envenenar el ambiente, producir y mantener guerras en cualquier parte del mundo con la justificación de generar utilidades.

Si, seguramente con este modelo de crecimiento algunos pueden ganar utilidad, incrementar sus rentas y hacerse más ricos a costa de todos, por la fuerza de las argucias jurídicas, el chantaje al Estado o el uso de la violencia. Finalmente, suele ser lo que sus misiones o sus tecnócratas buscan para sus empresas o intereses, incrementar la ganancia bajo cualquier medio a cualquier precio. ¿Ese es el desarrollo del que estamos hablando? ¿Ese es el desarrollo que queremos? ¿El que entrega el futuro de la vida a una economía centrada en la utilidad?

Resulta relevante, por tanto, preguntarnos de nuevo si queremos un país que siga legitimando la guerra y la violencia en boca de sus líderes en nombre del desarrollo económico, un país que entrega a unos cuantos inversores y transnacionales el ambiente, un país sin agua a costa de la explotación de la minería, un país que termine importando alimentos basura y destruya la tierra para producir agroindustria o energía para otros en nombre de este desarrollo. Dentro de los diálogos que este país necesita en busca de la paz, seguramente debería discutir estas preguntas determinantes para la sostenibilidad de nuestro futuro.

Seguramente abordar estas y otras cuestiones seguirá siendo secundario hasta que en la agenda política culminen los diálogos. Aquí es necesario plantear que la forma de terminar este conflicto es crítica, pues podemos continuar con la legitimación de la violencia y el homicidio como recurso y no parar por otros 50 años, seguir alimentando el odio, la venganza y el miedo como fuente de construcción social y de desarrollo, o podemos mostrar que somos capaces de acordar unos mínimos de convivencia bajo una idea de desarrollo humano, en el sentido que Amartya Sen propone.

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@WilsonLpez9

* Profesor asociado de la Pontificia Universidad Javeriana, líder del Grupo de Investigación Lazos Sociales y Culturas de paz. Editor de la revista Universitas Psychologica.