Cuando el olvido y el silencio hacen parte de la memoria

¿Cuáles son los límites públicos y privados de la memoria? ¿Hasta dónde los discursos colectivos condicionan lo que se dice, quién lo dice o qué se debe olvidar?

Fotograma del documental ‘Réquiem N.N.’ del artista colombiano Juan Manuel EchavarríaCortesía Ambulante Colombia

Generalmente se habla del olvido como lo contrario a la memoria, como un insulto contra esta. De hecho, si algo tiene de característico la memoria es su pugna constante contra el olvido. La memoria es un imperativo de nuestras sociedades. Sin embargo, también son conocidos los males de una memoria que todo lo recuerda.

La memoria es una de esas características humanas que nos recuerda constantemente nuestra existencia, por nuestra relación con el tiempo, por el significado que adquieren en nosotros las experiencias que todo el tiempo van tomando forma de nuestro pasado, pero también que actualizamos en nuestro presente y sin las cuales no podemos proyectarnos al futuro.

Si esto es así, no puede condenarse la memoria a un trabajo de exclusiva rememoración. Lea también: Los archivos de la memoria en la justicia transicional

De esta manera, la memoria, al anclarse a la relación que tenemos con el tiempo, nuestro tiempo, tiene que ver con nuestra identidad. Por lo tanto, enfrentarnos a la memoria es enfrentarnos a una cuestión existencial “¿Quién soy?”.

Esto hace pensar que la memoria es sin duda parte estructural de la identidad, no solo individual sino colectiva, pero ¿y qué del olvido? ¿Hace parte el olvido de la memoria y, por lo tanto, de la existencia e identidad humana?

El famosos cuento de BorgesFunes el memorioso, nos presenta un hombre cuya existencia es desgraciada gracias a que no puede olvidar nada. En el segundo capítulo de la primer temporada de Black Mirror, “The Entire History of You”, un dispositivo instalada detrás de la oreja le permite visualizar los recuerdos cuando se desea. Pero, paradójicamente, la realidad es tanta para estos humanos que la vida se convierte en una experiencia esquizoide.

Ser capaz de recordar, por lo tanto, parece también estar relacionado con tener la habilidad de olvidar. ¿Y qué si decimos que recordar es realizar una forma de olvido? 

La memoria no es solo rememoración: “la memoria es episódica, es emocional. La memoria deja huellas largas, a veces, es una memoria muy concreta. Somos nosotros los que historizamos esa huella de acuerdo a nuestras experiencias” dice Diana Rodríguez, directora del programa de psicología de la Universidad Externado de Colombia

La memoria es resistente al tiempo. Y es tan real que llevó a un acuerdo de especialistas en los EE.UU. en relación a las vivencias de los veteranos de guerra. Estas experiencias dejaron a estos hombres muy afectados en su ser social y psicológico. Lo que permitió el surgimiento de la categoría diagnóstica del “estrés postraumático”. Esto tiene una intención política y social que permite reconocer que hay una memoria muy local, muy emocional que se resiste al tiempo”. Añade tambièn la psicóloga Rodríguez.

Desde el año pasado hemos sido testigos de cómo mujeres alrededor del mundo, en especial en la industria de los medios y del cine en los EE.UU., ha empezado a romper el silencio para denunciar los vejámenes sexuales que cometieron hombres de poder contra ellas.

¿Por qué hablar ahora? Si la memoria tiene que ver con esa configuración constante de la identidad, cuando un hecho doloroso o trágico nos ocurre los seres humanos hacemos un proceso complejo con estos acontecimientos, del que no somos del todo conscientes.

“Existe ese primer golpe del trauma, ese que causa la herida. Para cicatrizar, los seres humanos al parecer debemos narrarnos aquello que ocurrió. Narrar nuestros episodios traumáticos permite que la memoria del evento no solo sea el hecho como tal, sino que hace que la memoria se narre en relación con la amenaza y el miedo. Esto deja que exista una huella en la memoria de ese hecho”, agrega la académica.

Recordar es, por lo tanto, también re significar. Es un ejercicio que nos sitúa en relación a quiénes somos, pero también en relación a los otros.

Justo cuando casi a diario escuchamos que otro actor, director de cine, político, presentador o productor abusó de alguna de sus compañeras de set, actrices, o subalternas, la periodista colombiana Claudia Morales escribió una columna en este diario sobre un hombre de poder que replicó estos abusos en ella hace algunos años.

¿Qué permite que estas mujeres hablen después de tanto tiempo? Si entendemos la memoria como un proceso selectivo, es entonces no solo un proceso voluntario, sino también ocurre de manera incierta, azarosa e involuntaria: “Recordamos en el momento más oportuno o más inoportuno” dice el filósofo español Joan Carles Mélich.

La memoria no deviene exclusiva y necesariamente de un proceso racional, decidido y voluntario. De repente, la memoria también hace su aparición debido a un proceso azaroso, un evento, como el de estas mujeres norteamericanas cuyo discurso removió algo en la memoria de otras mujeres alrededor del mundo.

¿Pero por qué recordamos unas cosas y olvidamos otras? ¿Guardamos voluntariamente en la memoria lo que es útil y necesario? ¿Por qué nos seguimos recordando el nombre de nuestra primer mascota de la infancia pero no de aquello que almorzamos hace tres días?

“Ciertas cosas parecen banales pero quedan ahí. La memoria opera en una lógica que aún no terminamos de entender. Esta no solo es adaptativa y funcional sino también significativa y emocional”, añade además la maestra que ha tenido experiencia en el tratamiento con víctimas del conflicto armado colombiano.

Así como la sociedad nos impone el “deber” de recordar, parece que tampoco se puede negar el “derecho” al olvido.

“Nadie puede decretar la memoria, nadie puede regular, ni siquiera por la ley, esas experiencias significativas de cada uno ¿Quién puede regular la memoria sobre el cuerpo de alguien que fue víctima de violación, de amenazas, o de asesinato de un ser querido?”, pregunta la misma psicóloga.

La memoria parece entonces tener un evidente nivel personal e íntimo que debe ser respetado, incluso si alguien decide no perdonar. Pero también, la memoria tiene que ver con procesos colectivos que impactan y no dejan de afectar el individuo y su intimidad.

“Hoy hemos dado el nombre de “abuso” a muchos actos en las relaciones entre hombres y mujeres, o en las relaciones de género en general, para ponerle un límite a la posibilidad  de la mujer de ser mirada, piropeada, tocada, etc, cosa que hace 80 años no existía, y donde estos actos eran incluso considerados halagos. El “abuso” no se usaba para designar estos hechos. Cuando cambia el discurso colectivo, también de manera individual nuestra subjetividad entra en ese discurso y empezamos a narrarnos a nosotros mismos de acuerdo a ese discurso común”, dice Rodríguez.

Si esto es así, el movimiento #MeToo fue un cambio en el discurso colectivo de aquello que las mujeres “debían” permitir por el solo hecho de ser “mujeres”. Salma Hayek, Uma Thurman, Claudia Morales, las mujeres del movimiento #MeToo en China, al escuchar la manera como el discurso colectivo se volvía cada vez más común, y fueron aceptados abiertamente ciertas cosas y rechadas otras, dieron cabida a su voz.

Claudia Morales fue más cauta, probablemente porque sabe que las condiciones en nuestro país no son las mismas que hacen más efectiva la justicia en los Estados Unidos, donde también muchos en la sociedad civil y los medios de comunicación rodean a la víctimas, creando una especie de cerco de protección alrededor de ellas. 

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En Colombia algunas condiciones sociales hace parecer que la víctima siempre tiene algo de culpa, “se lo buscó”, y se exponen a un proceso tóxico de revictimización.

Nunca somos seres exclusivamente individuales, somos seres sociales con una intimidad”, apunta la profesora Rodríguez. Lo que aclara que, aunque cada quien afronta sus experiencias de acuerdo a las herramientas que su propio trayecto vital le ha otorgado, se toman ciertas decisiones pensando en el bien individual, pero también a la sanción y costo social.

Aunque el lenguaje y los discursos tienden a ser rígidos, debemos recordar el permanente dinamismo y porosidad que implica la experiencia humana.

La experiencia humana excede al discurso, al concepto, pese a que es necesario apalabrar el mundo: “De hecho es mejor que hayan ciertas ambivalencias para que podamos dejar que aflore lo mejor de nosotros”, añade Rodriguez.

El discurso colectivo, como nos ha mostrado el movimiento norteamericano #MeToo, puede ser tan acogedor y dispuesto a escuchar, como apabullante y devastador con quien denuncia, como lastimosamente ha ocurrido en nuestro país.

Lo colectivo es tan fuerte que incluso condiciona la manera como deseamos o nos sentimos respecto a nosotros mismos,  a los otros o lo que olvidamos: “la autonomía que poseemos es una autonomía siempre en relación con otros, interdependiente. No es posible ser 100% independiente, quien lo hace puede que esté atravesando por una psicosis. Nuestra existencia siempre está enlazada con la del otro”, agrega también la investigadora de la Universidad Externado.

“Las experiencias perturbadoras, cuando decidimos silenciarlas, nos va a demandar unas capacidades muy particulares distintas a cuando las narramos. Narrar permite que la experiencia se diluya. Silenciarla hace que quede rígida, dura, como si fuera una verdad inmutable, pesada, fija”, agrega Rodríguez  a propósito de lo implica callar o denunciar.

“No significa que no podamos silenciar nuestras experiencias, pero sin duda el hecho de expresarlo amplía nuestro diálogo interno con nosotros mismos”, afirma también.

De hecho, el silencio hace parte del proceso de narración de la memoria. Luego que un evento significativo ocurre en nuestras vidas, al racionalizarlo, pensamos en los costos que tendrá, para mi, mi trayecto de vida y para mis mas cercanos, si hablamos.

“Creo que el silencio tiene que ver con lo que gano y con lo que arriesgo. Seguimos adelante porque lo que está en juego en nuestra existencia. Además, hablar también nos pone ante cierta picota pública que requiere pensar en la reacción del tipo de sociedad donde estoy”, asegura Rodriguez.

Ciertos momentos de la historia y ciertas sociedades demuestran que denunciar cuando uno cree estar siendo víctima de algún abuso a algún derecho, es también enfrentarse a los discursos cotidianos compartidos que esa sociedad tiene sobre ciertos comportamientos, o ciertos roles de género, por ejemplo.

Los discursos colectivos, aunque pueden funcionar para protegernos de los traumas colectivos (la guerra, el asesinato de líderes pùblcios, etc,), tambièn pueden funcionar para justificar al victimario: “eso fue que se lo buscò”, “por algo le pasó”.

Pensemos en la memoria como andando con una linterna en un cuarto oscuro. Podemos efectivamente mover la luz a nuestra disposición. Pero muchas otras veces algunos ruidos nos harán movernos de manera inesperada, o una pared hacernos chocar, o encontrarnos con una puerta cerrada que nos conduce hacia otra cuarto, o atravesarnos con algún objeto, etc.

“A veces incluso tenemos experiencias tan fuertes y concretas que pasan de manera rápida por nosotros, como si no hubiesen pasado. Pero que se convierten, por ejemplo, en fobias, en miedos, de los que aparentemente desconocemos el origen. Lo que demuestra que nuestra conducta no es totalmente racional, sino tambièn es emotiva”, añade la psicóloga quien dirige una carrera de pregrado en el país con un fuerte énfasis social.

El giro cualitativo del discurso de la mujer en los Estados Unidos ha hecho eco en otras latitudes permitiendo a otras mujeres reflexionar sobre su propia existencia para narrar sus experiencias desde otra óptica.

“Las mujeres en 2017 dieron un salto en su discurso, sus voces tomaron aliento y decidieron contar sus historias, el porqué de sus silencios, de sus actos”, afirma Rodríguez.

Al expresarse, las mujeres abusadas abrieron un boquete en la realidad, que evidentemente ha generado cualquier cantidad de debates alrededor de los límites de la coquetería, de no permitir el abuso, de la sabiduría popular de que aunque el hombre proponga la mujer no necesariamente tiene que disponerse, que ella es también dueña de su cuerpo, que peude decir "no".

Al respecto, Rodríguez comenta: “Muchas mujeres, niños e incluso hombres, que también han sido abusados, ven esto como una oportunidad en el discurso colectivo de correr la frontera de lo socialmente aceptado. Esto cambia la subjetividad del individuo, viabiliza otras maneras de interpretar su experiencia y de actuar consigo mismo y con los otros”.

Un cambio social que implica sin duda un cambio en la subjetividad. ¿Por qué hablar ahora? “Porque probablemente”, asegura la profesora Rodríguez,  “estas mujeres sienten que se arriesgan menos. Y esto tiene que ver con un marco social en el que aprobamos quien dice qué o cómo vamos a sancionar socialmente lo que digas”.

Discurso que sin duda atraviesa lo jurídico, lo penal pero también lo cotidiano y sutil de relacionarnos en el día a dìa.

La profesora recuerda: “En Colombia hubo un tiempo en que las personas solo podían divorciarse por conflicto, así lo establecía la ley colombiana. No era posible la separación por mutuo acuerdo. Existía una episteme en el entendimiento de ser mujer, de ser hombre y de las relaciones entre nosotros”.

Pero si existe un debate abierto público y no restringido, eso permite que los miembros de una sociedad puedan ser críticos con esos discursos sociales que determinan quién puede decir qué y cuando. Lea también: En Hollywood "los hombres tienen miedo" tras caso Weinstein, dice Diane Krüger

El debate abierto y democrático, pero sobre todo el que toma distancia para escuchar, no para ser indiferente, es el que provoca estos movimientos en el discurso colectivo que tarde o temprano se ven reflejados en las leyes.

La memoria tiene una forma de operar con múltiples paradojas que funcionan de manera sincrónica: recordar y olvidar, la experiencias subjetivas y las colectivas, los discursos compartidos y los íntimos, la decisiones personales que se toman en relación a los otros, etc.

En definitiva, el debate sobre la memoria, lo que se dice, lo que no, lo que se quiere olvidar, o recordar, tiene un nivel ético que vale la pena empezar a transitar y analizar por el bien colectivo y en favor de la intimidad de cada uno de nosotros.