Destino Colombia: la hoja de ruta que marcó Santos

Desde finales de los años 90, la paz se convirtió en una obsesión para el ahora Premio Nobel. El mundo fija sus ojos en el país mientras la ciudadanía clama por lograr consensos.

El 26 de septiembre, en Cartagena y ante los ojos atentos del mundo, Santos y “Timochenko” firmaron el Acuerdo Final de Paz. / AFP

Todo comenzó en 1996 —y así lo cuenta el mismo presidente Juan Manuel Santos en su escrito de 2007 “Historia de mi conspiración”, para la revista Semana— en una comida con el embajador de España y el entonces presidente de la Andi, Carlos Arturo Ángel. El escándalo del Proceso 8.000 copaba en ese entonces la agenda pública y se hablaba de lo importante que sería poner otro tema en discusión. Y como la guerra fratricida que tanta sangre les ha costado a los colombianos se mantenía en todo su fragor, a Ángel se le ocurrió la idea de invitar a “algún gurú” en el tema de la paz, mencionando a Adam Kahane, un experto negociador canadiense que participó en los procesos que condujeron a la terminación del Apartheid en Sudáfrica y del conflicto en Irlanda del Norte. 

A partir de ese momento se dio un devenir de hechos y situaciones, en los que los ahora exmandatarios Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe cumplieron su papel protagónico en la historia, como si se tratara de un trazado libreto cuyo epílogo busca escribir hoy Juan Manuel Santos. Un proceso evolutivo irreversible que, se espera, termine en una transición pacífica y en una reconciliación definitiva. Algo que, como lo dijo el jefe de Estado el viernes, tras saberse ganador del Nobel de Paz, está cerca: “La paz es posible y es la hora de la paz. Juntos como nación lograremos construirla. Los invito a todos a que unamos nuestras fuerzas, nuestras mentes, nuestros corazones, en este gran propósito nacional para que así todos ganemos el más importante premio: la paz de Colombia”.

Hace 20 años, él mismo se dio a la tarea de contactar a Kahane para invitarlo al país a que planteara sus teorías. Y su presencia fue una buena disculpa para sentar en una misma mesa a un grupo heterogéneo, pero muy representativo de la sociedad colombiana: Gobierno, Congreso, comunidad civil, empresarios, sindicatos, Iglesia católica, militares, guerrilleros y paramilitares. Un ejercicio de convivencia que se denominó “Destino Colombia” —calificado en esa época como “conspiración” por parte del gobierno Samper—, en el que se plantearon cuatro visiones posibles para el país, 16 años hacia el futuro, que podrían ocurrir dependiendo de las decisiones que tomaran los mismos ciudadanos. Un primer ensayo cuya convocatoria realizó la Fundación Buen Gobierno, y que se realizó en la Abadía de Monserrat, en el norte de Bogotá.

Ese encuentro fue la semilla para iniciar una serie de conversaciones, que entonces estaban rotas entre el Gobierno y los grupos armados ilegales. Y fue también el precursor de la cumbre que se realizó en 1997 en Quirama, un sitio ubicado en Rionegro, Antioquia, en donde sus 43 asistentes plantearon cuatro escenarios posibles para el futuro de Colombia en esos 16 años siguientes. Cuatro escenarios que se han cumplido casi a cabalidad, pese a los sobresaltos políticos de los últimos años, incluyendo el vaticinio de la reelección presidencial. Todos ellos con un solo sueño: “Que los colombianos nos sintamos responsables del futuro, que desde cada uno de los espacios de poder, por simples y cotidianos que parezcan, hagamos esta apuesta, con el corazón, con la mente, con humildad y con fuerza para demostrarnos cómo sí es posible tener el país que nos merecemos”.

El primer escenario se llamó “Amanecerá y veremos”. Se veía en él a una Colombia contra la pared y en un estado de ánimo parecido a una fatigada resignación. Hablaba de corrupción, de un gobierno dedicado a resolver los problemas del día a día desechando las soluciones ambiciosas y de profundidad, del narcotráfico aprovechando el desorden institucional para corromper con su dinero múltiples instancias de poder y para convertirse en la razón del descrédito del país ante el mundo. También de los intentos fracasados para detener el conflicto, que derivaba en un mayor poderío y un aumento de las cifras de muertes violentas. “El país se hundió en el caos. La falta de decisión para enfrentar los cambios necesarios nos había dejado sin capacidad de reacción”.

“Más vale pájaro en mano que cien volando” era el segundo escenario. Vislumbraba cómo bajaba la presión de los actores armados y tras diez años de violencia, el Estado y la sociedad decidían que había llegado la hora de dialogar y llegar a acuerdos; que era necesario hacer concesiones con los ilegales con tal de iniciar un proceso de reconstrucción de la democracia para ponerle fin a tanta muerte. El documento habló de una guerrilla exigiendo el despeje de algunos municipios del país y rechazando la posibilidad de sentarse a dialogar con las autodefensas, las cuales, a su vez, exigían garantías de voluntad de paz de la subversión. Y habló de la tesis de que es mejor algún arreglo que un mal pleito. Es claro que el proceso de paz del Caguán encarnó este trasfondo de negociación y fracaso.

El tercer escenario, “Todos a marchar”, planteó del clamor ciudadano por la seguridad, el sentimiento de rechazo a las Farc y la búsqueda de un líder que, desde la Presidencia, obrara con firmeza, aunque ello implicara imponer límites a los derechos fundamentales. Sin duda, una de las ideas más proféticas se plasmó con estas letras: “Las medidas de estímulo para la economía y para el sector productivo, unidos a los triunfos militares, le asegurarán al presidente un segundo período, autorizado por una oportuna reforma constitucional”. Mencionó además unas autodefensas desmovilizadas y el crecimiento de la tensión social, que daría paso a un final lánguido a ese segundo gobierno, “al que tendrían que seguir otros períodos dedicados a trabajar por un equilibrio de lo social y por la revitalización de las relaciones internacionales”.

El cuarto y último escenario se llamó “La unión hace la fuerza” y en él la sociedad imponía y facilitaba condiciones para un consenso de paz. “Se lograron efectivos pactos de paz que ayudaron a asumir los retos de reconstrucción nacional y a responder al acumulado histórico de problemas agrarios, sociales y de organización institucional. Se fortaleció la democracia participativa y de solidaridad. Para los partidos como para las organizaciones sociales llegó a ser claro que su supervivencia dependería de su capacidad para ajustar su paso y sus actividades a los de una ciudadanía activa, organizada y cada vez más educada”. Destino Colombia nunca se concibió como un ejercicio de predicciones, pero sus escenarios se han cumplido casi a cabalidad, incluso más allá de los 16 años propuestos.

La conclusión de ese cuarto escenario visualizó un nuevo país: “Fue una tarea difícil como ninguna otra que requirió un esfuerzo de largo plazo y unos profundos cambios en la mentalidad individual y colectiva. Ante los resultados obtenidos y al cambiar el mapa de las relaciones entre los colombianos, comprendimos por qué había sido un proceso tan difícil. Y por qué no se había intentado antes. Suponía una enorme fe en nosotros mismos y el cambio de una vieja manera de ser. Pero este proceso nos reveló a la vez la gran causa de nuestros males: la inclinación a trabajar divididos y aislados, y nos descubrió también nuestra verdadera fuerza: la unión”. E incluso vaticinó como grupos de campesinos proclamarían una neutralidad activa en el conflicto, exigiendo respeto a la independencia e inmunidad de la población civil.

Supuestamente, Destino Colombia se quedó como un ejercicio inconcluso. “La propuesta debía cumplir con unas condiciones básicas: el mantenimiento del orden constitucional, un cese al fuego de las hostilidades, respaldo internacional, la convocatoria de una constituyente y el establecimiento de una zona de despeje con garantías para entablar los diálogos. Pero lo que era más importante e histórico, se trataba de un proyecto de paz integral que consultaba a ‘calzón quitao’ los intereses de todos los actores del conflicto: la guerrilla, los paramilitares, el Gobierno y la sociedad civil”, escribió Santos en “Historia de mi conspiración”. Las acusaciones del gobierno Samper y de un supuesto interés en torno a una candidatura presidencial lo obligaron a hacerse a un lado. Y aunque la iniciativa trató de mantenerse, quedó en el olvido.

Incluso, Gabriel García Márquez, nuestro Nobel de Literatura y quien en un comienzo formó parte del proyecto, salió en defensa de Santos al declarar que no se trataba de ningún complot y que quienes participaban de la iniciativa lo hacían convencidos de que estaban en su derecho de buscar la paz. El 21 de febrero de 2012, Santos y Kahane se volvieron a encontrar para el lanzamiento del libro El poder y el amor, de autoría del canadiense y cuyo prólogo escribió el primer mandatario. Allí pudieron constatar que el ejercicio resultó más profético que académico. “En Colombia nos hemos embarcado en un proceso evolutivo irreversible que esperamos culmine en una transición pacífica y en una reconciliación definitiva propias del cuarto escenario, ‘La unión hace la fuerza’”, expresó el presidente ese día.

En sus adentros sabía que se avanzaba en diálogos exploratorios con las Farc. Y hoy, releyendo el documento se puede comprobar que de una u otra manera Destino Colombia sigue vigente y que muchas de sus premisas siguen siendo una hoja de ruta para el jefe de Estado. Más ahora que soplan vientos de crisis a raíz del triunfo del No en el plebiscito por la paz y la necesidad de buscar una concertación con la oposición. Un escenario que ha dado para despertar el clamor nacional, que pide salvar los acuerdos con la guerrilla, y un firme respaldo internacional, ratificado con el Premio Nobel de Paz concedido al presidente Santos.

Precisamente, hace 20 años también se habló de una Colombia encaminada hacia una democracia sólida con el apoyo de las naciones del mundo y de los organismos internacionales. Se habló de lograr que los colombianos tomen más conciencia de la posibilidad de modificar sustancialmente el rumbo de la nación, y reconocer que el futuro es el producto de las acciones y decisiones que tomemos hoy, como instituciones y como personas, en los ámbitos nacional y local. En sus tesis, Kahane dice que el poder y el amor son dos fuerzas que están presentes en cualquier sistema humano y, por supuesto, también en los conflictos. Y que un conflicto, usualmente, surge cuando diferentes personas quieren diferentes cosas y tienen poco en común.

“Así que, casi por definición, un conflicto es una situación en la que el poder excede el amor. La herramienta de gestión que se debe usar en esos casos no es disminuir el poder, sino amplificar el amor”, sostiene el canadiense. Lo curioso es que el día de su encuentro en 2012, en su discurso, Santos dijo unas palabras que fueron premonitorias: “Nada bueno puede surgir de la polarización. En cambio, siempre hay mucho que esperar cuando las posturas diversas se acercan, se complementan y se enriquecen unas a otras, en lugar de aniquilarse”. Y reconoció que el mejor de los escenarios que se pensó hace dos décadas ahora comienza a hacerse realidad. Logrará ese objetivo, sólo el juicio de la historia lo dirá.

 

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