¿Dónde estaban los medios en la campaña del plebiscito?

Después del resultado del pasado domingo 2 de octubre, expertos y directores de medios hablan sobre el papel del periodismo en la coyuntura.

Fidel Cano, director de El Espetador; Gustavo Gómez, director de La Luciérnaga, y Andrés Mompotes, subdirector de El Tiempo (foto: El Tiempo).

El 2 de octubre es uno de esos días a los que todos volveremos, para revisar, escrudiñar, debatir. Está tan adherido a nuestra memoria colectiva que tardaremos años para que deje de ser un tema de conversación en reuniones familiares, encuentros con amigos, exposiciones de trabajo. Como el 11 de septiembre para el mundo, todos recordaremos qué estábamos haciendo el día del plebiscito por la paz, justo en el instante en el que se cerraron las votaciones y el No poco a poco tomó fuerza hasta que se posicionó.

Los que vivimos ese No en la redacción de El Espectador jamás olvidaremos los rostros de extrañeza, de amargura, de dolor. Era una situación inverosímil. Todos saben que el periódico ha sentado su posición por el Sí y, por qué no decirlo ahora, estábamos convencidos de que esa verdad era una realidad. Nos comimos el cuento de que la campaña que defendía el Gobierno sería apoyada por la gran mayoría. Nos llenábamos la boca asegurando que el Sí arrasaría. Creímos que habíamos hecho bien la tarea, como si el Sí fuera la única opción razonable. (Lea: Las lecciones del No para el Gobierno)

Pero la verdad fue otra y el No nos pegó tan duro como el huracán Matthew, que para ese día inundó varios municipios de la Región Caribe y no les permitió votar a decenas de personas. Algunos gritaban por un lado que estaba muy reñida la competencia. Otros se paraban enfrente del televisor, tomándose la cara de angustia. Cada boletín aceleraba el corazón de los que estábamos preparados para redactar las noticias, las reacciones, la decisión. Nuestro plan A, y creemos que el de todo el país, era el Sí y por eso el No empapó la cara de algunos, pero sobre todo nos paró la grabación de la cotidianidad y nos dejó en mute. Reinó el silencio. Los periodistas de El Espectador no podíamos creer el resultado. 

Pero el limbo duró poco. No hubo mucho tiempo para pensar ni lamentar. Había que escribir, replantear artículos, analizar en medio de la confusión. Después, dos días después, llegarían las preguntas: ¿Qué nos pasó? ¿Por qué los medios estábamos tan alejados de esa realidad de esas cinco millones de personas que dijeron No?  ¿Fallamos? ¿En qué fallamos?

Esas preguntas se las expresó Fidel Cano, director de El Espectador, a sus periodistas en el consejo de redacción. Fue claro y sentenció: “los grandes perdedores también fuimos los medios de comunicación”. Para Cano, “encasillamos la opinión de la gente. Vimos el No como un asunto del senador Álvaro Uribe y del exprocurador Alejandro Ordoñez, como una cosa política, y resulta que genuinamente la gente tenía unos temores que nosotros no supimos medir. Concluimos que los de No eran unos loquitos manipulados por Uribe. En realidad había personas que realmente consideraban que algunas cosas eran intolerables”. Por supuesto, no desconoce que muchos votaron, tal vez la mayoría, con argumentos falaces.

No escatima cuando afirma que existe una desconexión entre los medios de comunicación y la realidad. Se siente derrotado, porque aunque es válido apoyar una postura, el periódico se casó con el Sí y nunca escarbó qué había en el No. “Nos movimos mucho en Bogotá, en las zonas de conflicto donde ganó el Sí, pero había otros lugares que no visitamos, otras razones que no percibimos”, agrega.

Cano considera que es momento de reflexionar y revaluar nuestros métodos. Las encuestas no dejan ver los matices y esa esa es, finalmente, la labor del periodista. Hay una verdad y es que el país está polarizado y, según el director de El Espectador, no podemos caer en ese juego, así tengamos unas afinidades temáticas y unas convicciones establecidas. Por eso cree que es momento de consultar otras fuentes, ir a los lugares a los que no llegamos en los últimos años y desapegarnos de las discusiones como si fuéramos activistas.

Gustavo Gómez, director del programa radial La Luciérnaga, afirma que los medios pusieron el sueño de la paz por encima de su deber de informar con apego al equilibrio y al rigor: “Canjeamos nuestra independencia por una esperanza de prosperidad”.

A la pregunta de si caímos o no en el oficialismo, “en la mermelada”, Gómez opina con gracia que el Gobierno no tuvo que entregarnos nada porque la produjimos nosotros mismos. Como supuestamente teníamos la verdad entre manos, no tuvimos que salir a buscarla. Y eso nos llevó a entender una realidad ineludible: “Los medios, las encuestas, los columnistas, los generadores de opinión y las redes sociales demostraron que no representan los intereses del país”.

Un poco más optimista es Andrés Mompotes, subdirector de contenido de El Tiempo, quien está convencido de que los medios no le fallamos a las audiencias. Para Mompotes, se reflejó la realidad que estaba a nuestra disposición y uno de esos elementos fueron las encuestas y los líderes de opinión, que en su mayoría estaban inclinados por el Sí.

El subdirector no cree que se haya ignorado el No, sino que este no fue fácil de identificar: “Fallamos en desentrañarlo mejor, eso es verdad, pero es que muchos ciudadanos se guardaron su No como una especie de voto oculto, vergonzante, porque era políticamente correcto votar por el Sí. Tanto así que los del No no podían creer que ganaron”.

Le parece ingenuo que todavía se crea en que los medios de comunicación son capaces de decidir e influenciar las decisiones en las urnas. Por supuesto, sí ponen agenda sobre los temas que se van a discutir, pero ya no tiene una incidencia en la forma de pensar de la gente. “No estoy diciendo que debamos eludir responsabilidades, sino que los medios ya no tienen ese poder y eso se demostró el día de la votación del plebiscito”, señala.

Una visión fuera de las salas de redacción

Mario Morales, analista de medios y profesor de la Universidad Javeriana, es mucho más duro en su sentencia. Divide el análisis en tres etapas: de la primera de ellas, la negociación, opina que el periodismo estuvo ausente, muy limitado a las declaraciones, versiones, emociones y con una postura totalmente oficialista.

En la segunda fase, cuando se firmó el acuerdo en Cartagena, los medios perdieron los estribos y se fueron al otro lado, advierte Morales. De lo guerrerista pasaron al brindis y la celebración, con una inclinación por el Sí, pensando en los deseos y no en lo que sucedía en las calles. Pocos narraron ese país sin guerra donde no había fiesta.

Finalmente, en el plebiscito, el periodismo “se cerró a favor de una manera emocional y desconoció a la población colombiana. Creyeron que era políticamente desarrollada, pero la verdad es que la mayoría del país se estancó en el siglo XX y vivimos una historia distinta a la que narran los medios desde Bogotá. Somos un país de creencias, no de ideologías y eso fue determinante”. 

De alguna manera también pecamos, para Morales, en no entender que somos una nación supremamente diferente en cada región y al final agrupamos todo en una misma bolsa. Por eso afirma que uno de los saldos pedagógicos después de este episodio es aprender a narrarnos desde los fragmentos que somos. Y a eso hay que añadirle: la urgencia de prepararnos para la conciliación y el posconflicto, pero no solo con la guerrilla, sino también con todo aquel que piensa distinto; actualizarnos en tendencias, formas de pensamientos, cultura universal, y no solo acudir a las voces de los extremos.

Otro de los fallos monumentales, según este columnista de El Espectador, es que durante muchos años se utilizó el lenguaje guerrerista e ingenuamente se creyó que las audiencias lo cambiarían de un momento para otro: “Pensamos que iban a admitir aceptar muy fácil a quien considerábamos el peor enemigo de la historia”.

Su preocupación ahora está en que los medios trabajen como mediadores en el conflicto, un papel que les corresponde a los políticos, los defensores de los derechos humanos, pero no al periodismo.