El perdón como condición para la construcción de una paz sostenible

Para un proceso de paz exitoso es importante la inversión en las infraestructuras psicológicas y sociales que permitan las transformaciones culturales necesarias para una paz duradera.

Las investigaciones e intervenciones sobre variables psicológicas y sociales realizadas en sociedades que han vivido en medio de conflicto armado evidencian sistemáticamente que el perdón, la reconciliación, la justicia, la memoria, la convivencia, entre otros procesos, son determinantes en la reconstrucción del tejido social entre los actores que han sido responsables directos de la violencia, las víctimas, los sobrevivientes y la sociedad en general; como lo muestran en Colombia la Unidad de Víctimas, la Agencia Colombiana para la Reintegración, el Centro Nacional de Memoria Histórica, el Ministerio de Salud, la Ley de Víctimas, las Universidades y organizaciones no gubernamentales, entre otras.

Los procesos de paz exitosos exigen la inversión en las infraestructuras institucionales, económicas, políticas, jurídicas, en salud, educación y seguridad, es decir, esta inversión es condición necesaria para construir la paz; sin embargo, es preciso aclarar que ésta no es una condición suficiente si no se atiende a la inversión en las infraestructuras psicológicas y sociales que permitan las transformaciones culturales necesarias para una paz sostenible.

La inversión en la reconstrucción psicológica y social supone trabajar sobre la reparación del daño individual, familiar, comunitario y social ocasionado. Según diversos informes de Médicos Sin Fronteras, la Unidad de Víctimas, organizaciones no gubernamentales, y la reciente Encuesta Nacional de Salud Mental, algunas de las consecuencias de la violencia sostenida han sido problemas psicológicos como: pérdida de sentido, sensación de desesperanza e indefensión, tristeza, angustia, ansiedad permanente, desconfianza, entre otros y, diversas afecciones físicas se encuentran fuertemente relacionadas con la exposición constante a la violencia.

También implica el acompañar y colaborar en la potenciación (cuando esto sea necesario y solicitado) de los procesos donde las comunidades han encontrado en sus propios recursos, formas de transformar el daño y empoderarse.

En la Encuesta Nacional de Salud Mental se pudo observar como solo una pequeña parte de nuestra población está en capacidad de reconocer el miedo y la tristeza en el otro, que es una condición para procesos como el perdón, la convivencia y la reconciliación. Este hallazgo muestra que la huella de la guerra nos ha vuelto insensibles, hemos terminado por naturalizar la violencia como recurso de la cotidianidad. En este estudio también se observa que tenemos problemas de aprendizaje producto de otras formas de violencia, tales como la exclusión socioeconómica y la inequidad en el acceso a la educación. Este dato es crítico, pues en ausencia de habilidades cognitivas y emocionales, obstaculiza la posibilidad de controlar las emociones y gestionar pacíficamente los conflictos. Teniendo en cuenta estos hallazgos se hace fundamental conocer las dinámicas asociadas al perdón y a la reconciliación, para así generar programas de intervención basados en la investigación.

En esta dirección en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana terminamos tres distintas investigaciones sobre los significados que tiene la gente sobre el perdón. En una de ellas, recientemente publicada en la revista Psychosocial Intervention (2015), encontramos que la gente define el perdón como un proceso de transformar emociones negativas hacia quien ha hecho daño, también lo define como lograr el olvido del sufrimiento. Adicionalmente, la reconciliación es entendida por los participantes como “el poder reiniciar las interacciones con un agresor” y en diversos casos se consideró que no había ninguna diferencia entre perdonar y reconciliarse. Tanto para perdonar como para reconciliarse, los participantes hicieron mención a la necesidad del diálogo, al compromiso de no repetición de la ofensa y a la exigencia de que los ofensores experimenten alguna consecuencia (reparación) por sus agravios. En otra investigación se encontró que hoy la gente está más dispuesta a perdonar a la guerrilla que hace unos años (en comparación con los resultados de un estudio previo realizado por López y cols en el 2013), en el que se encontró más disposición a perdonar a los grupos paramilitares. En el más reciente estudio (2015) se observa que hay mayor disposición a convivir con los exintegrantes de los grupos guerrilleros, hallazgos que seguramente están asociados al proceso de paz que hemos vivido en los últimos 3 años.

Por último, investigamos sobre cómo la gente comprende los factores relacionados con pedir perdón, por cuanto los estudios en este campo muestran que hay una fuerte relación entre la disposición a perdonar de parte de quien ha sufrido y la solicitud de perdón de quien ha causado el daño junto con el compromiso de no repetición. Encontramos que para la gente el hecho de pedir perdón está asociado con sanar al ofensor, suponen que quien daña necesita recuperarse del daño que ha cometido, es decir, la gente asume que quien hace daño se encuentra también bajo daño y parte de su recuperación está en solicitarlo. La gente también cree que pedir perdón es una parte fundamental de la reparación, y en la solicitud de perdón es importante reconocer el daño, la verdad y la no repetición; además que está asociado a facilitar el olvido del sufrimiento y, por último, la gente asume que todos los actores comprometidos con la violencia deben pedir perdón.

Entender las creencias de la gente resulta muy relevante en diversos sentidos coyunturales: el primero, el momento del postacuerdo requiere, como se dijo anteriormente, una inversión constante en los rediseños psicológicos y sociales necesarios para una paz sostenible con la participación de toda la sociedad. En segundo lugar, la refrendación de los acuerdos a través del plebiscito depende de que la sociedad como un todo reflexione sobre las consecuencias vitales, psicológicas, sociales, culturales, socioeconómicas y sociopolíticas de continuar con las condiciones de conflicto armado que hemos vivido. En tercer lugar es necesario hacer explicitas las implicaciones de seguir con la guerra y con una idea de justicia en términos de castigo y ojo por ojo –retributivo-, que lo único que ha perpetuado son las espirales de venganza, que no han permitido que emerjan los procesos de restablecimiento de la confianza y no repetición asociados al pedir perdón, como a la disposición para otorgarlo, a construir reparación y la reconciliación.

Un proceso de paz sostenible requiere un conjunto de transformaciones sistémicas, sostenidas en el tiempo de orden psicológico y social, que implican el desarrollo de investigación e intervención en procesos psicológicos y sociales como el perdón restaurador y sanador; la reconciliación orientada a la convivencia ciudadana; la participación, el empoderamiento, la solidaridad y las competencias prosociales que permitan la solución pacífica de conflictos, la tolerancia y la inclusión; la construcción de una idea de justicia que busque restaurar más que vengar; el diálogo y la movilización social no violenta; el rescate de la memoria en un sentido transformador del dolor y orientado a la no repetición y la transformación de discursos mediáticos polarizantes y guerreros en discursos pacíficos. Solo el trabajo sistemático y diferencial en estas dimensiones puede llevarnos a consolidar una cultura de paz.

 

*Profesor Titular pontificia Universidad Javeriana, líder del Grupo de investigación lazos sociales y culturas de paz. Editor de la Revista Universitas Psychologica. Correo electrónico: [email protected] 

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Wilson López López*

Posconflicto

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