Experiencias de paz

Un alto comisionado de paz, un exconsejero y dos exdirigentes guerrilleros hablan sobre los procesos de paz que vivieron. Los aciertos y errores que esperan no se cometan esta vez.

De izquierda a derecha: el exconsejero de Paz Horacio Serpa, el excomisionado de Paz Víctor G. Ricardo , el exmilitante del M-19 Antonio Navarro y el exdirigente del Epl Álvaro Villarraga.
De izquierda a derecha: el exconsejero de Paz Horacio Serpa, el excomisionado de Paz Víctor G. Ricardo , el exmilitante del M-19 Antonio Navarro y el exdirigente del Epl Álvaro Villarraga.Óscar Pérez

Hace poco, en una mesa estrecha de un auditorio de la biblioteca Virgilio Barco, se sentaron a conversar sobre pasados procesos de paz un alto comisionado de Paz, un exconsejero y dos exdirigentes guerrilleros. Hablaron como viejos conocidos en el foro “Porque no toda negociación pasada fue peor”, que organizó el Centro de Memoria Histórica.

Allí estuvo como moderador Antonio Navarro, exmilitante del M-19, coordinador del Equipo Negociador de Paz de ese movimiento durante las negociaciones con el gobierno del expresidente Belisario Betancur y quien, junto a Carlos Pizarro, llevó las negociaciones de paz con el gobierno de Virgilio Barco hasta firmar el acuerdo de paz en marzo de 1990.

El primero en tomar la palabra fue Víctor G. Ricardo, alto comisionado para la Paz durante los diálogos del Caguán del expresidente Andrés Pastrana, que vivió tan de cerca los diálogos con las Farc, que no fueron pocos los tragos que a la madrugada se tomó con los jefes de la guerrilla, buscando dejar atrás las pugnas que se daban en el día a día de la mesa de negociación. El mismo que por esa época intentó sin éxito llegar a un acuerdo entre el gobierno y el Eln hasta abril de 2000, cuando renunció a su cargo por amenazas de parte de las autodefensas.

Horacio Serpa también recordó varios cafés cargados —como dice diplomáticamente— que compartió con los mismos jefes de las Farc, cuando hizo parte del equipo de gobierno que adelantó diálogos de paz con la Coordinadora Guerrillera en Caracas (Venezuela) y Tlaxcala (México), entre junio de 1991 y mayo de 1992, en la administración de César Gaviria. Conversaciones que terminaron con la muerte en cautiverio del exministro Argelino Durán Quintero.

Luego, el turno fue de Álvaro Villarraga Sarmiento, un matemático y politólogo que hoy es presidente de la Fundación Cultura Democrática y director del Área de Acuerdos de la Verdad del Centro de Memoria Histórica, pero que en el pasado fue dirigente del Ejército Popular de Liberación (Epl) e integró la comisión negociadora que firmó el acuerdo de paz de 1990.

Los cuatro escribieron para El Espectador las lecciones aprendidas, los errores que no pueden repetirse y las perspectivas que hay con la nueva esperanza de paz que este miércoles tendrá lugar en Oslo (Noruega) entre el Gobierno y las Farc.

La paz del M y la victoria de las urnas

Antonio Navarro

La imposibilidad de la victoria fue la principal de las razones que llevaron al M-19 a firmar la paz en 1990. Parece una verdad de Perogrullo, pero la historia de Colombia fue durante siglo y medio la de los alzamientos armados con la esperanza, remota pero existente, de resolver mediante la insurgencia lo que no se pudo solucionar por otros caminos.

Cuando a fines de los años 80 los del eme llegamos a la conclusión de que nunca íbamos a obtener la victoria porque era imposible conseguir la decisión de suficientes colombianos de hacer parte del alzamiento armado, decidimos firmar la paz. Esa paz tiene muchos aciertos y algunos defectos.

Nuestra participación en política fue un acierto histórico. Con el voto popular conseguimos 1/3 de la Asamblea Constituyente de 1991 y ayudamos a escribir la que en su momento fue la Carta Política más avanzada de América Latina. Esa Constituyente atrajo a la paz también al Epl, el Prt y el Quintín Lame, otras tres organizaciones guerrilleras de las seis que existían en el país.

Ese voto popular nos permitió lograr gobiernos locales y regionales, alcanzar espacios en los cuerpos colegiados territoriales y nacionales y allí han brillado varios de nuestros compañeros por el mérito de su trabajo.

El cumplimiento de la palabra empeñada ha sido otro acierto. Aun después del asesinato de Carlos Pizarro seguimos en la paz, como había sido el compromiso con los colombianos.

Los desmovilizados todos terminaron su bachillerato y algunos sus estudios universitarios. Ese bachillerato abreviado es otro de los éxitos de los procesos de los 90. Una parte de los reinsertados está hoy vinculada al Estado con resultados satisfactorios. Hasta en el DAS, más de dos centenares de desmovilizados han cumplido una función seria y responsable, escoltando incluso a expresidentes en más de una oportunidad.

También existen defectos en el diseño de la paz de los años 90. Por una parte, en vez de escoger una medida jurídica de amplio espectro y aplicación automática, en 1989 se expidió una ley de indulto y cesación de procedimiento que cada interesado debía solicitar.

Los miembros de las guerrillas desmovilizadas lo hicimos y los procesos cesaron. Los funcionarios del Estado no y ello llevó a que continuaran contra ellos, llevando a que hoy estén presos miembros de la Fuerza Pública, mientras los antiguos guerrilleros estamos libres. Otro asunto que es de la mayor importancia de nuestra experiencia, es que en las regiones de donde nos desmovilizamos, el Estado no ocupó los territorios desalojados y esos vacíos fueron llenados por otras organizaciones armadas. Ello no debe ocurrir de nuevo, porque nos llevaría a que se reemplazaran unos grupos armados por otros en las zonas rurales apartadas, donde además hay cultivos ilícitos.

Finalmente, la planeación del posconflicto fue pobre en el pasado. La de lo que viene debe empezar ya. La negociación es sólo el fin del conflicto armado. La paz se construirá de ahí en adelante.

Constituyente, fórmula de paz con el Epl

Álvaro Villarraga

Del proceso de paz con el Epl rescato el que fuimos los pioneros y los más empeñados en proponer una Constituyente como fórmula para conseguir la paz, propuesta que hicimos en los diálogos con el gobierno Betancur en 1984, en medio de la tregua bilateral pactada. Se consideró que era una propuesta exagerada y que atentaba contra las instituciones por voces desde el gobierno, el Congreso y los partidos tradicionales e incluso de inviable desde sectores de la izquierda. Pero así no ocurrió en las conferencias, foros y concentraciones públicas realizados en numerosas ciudades y poblaciones, donde la gente del común la entendía y la recibía con simpatía. Argumentábamos que la forma de solucionar el conflicto armado era convocar una Asamblea Nacional Constituyente, mediante elección popular directa, para conseguir una nueva Constitución Política que consagrara garantías democráticas y derechos efectivos, la cual diera lugar a realizar las reformas políticas y sociales requeridas para la paz.

Entre 1990 y 1991, por diversos factores como los diálogos con el M-19, el Epl y otras guerrillas, el movimiento estudiantil por la Séptima Papeleta y la histórica decisión de la Corte Suprema de Justicia, el gobierno Gaviria se vio precisado a convocar tal Constituyente y se consiguió una nueva Constitución Política garantista. De tal forma, acertamos con esta propuesta y conseguimos junto con diversos sectores el cambio constitucional que da fundamento a la paz, a pesar de que las reformas sociales aún no se logran y que lamentablemente no se consiguió un pacto de paz con todas las guerrillas.

Experiencia positiva también fue el intenso debate en las filas insurgentes que llevó a un amplio sector a adoptar un paradigma democrático, cuestionar la vigencia de la lucha armada y buscar la unidad de la izquierda y de amplios sectores para impulsar las transformaciones políticas y sociales requeridas. Un recuerdo muy grato cuando las desmovilizaciones de los frentes del Epl, la guerrilla más numerosa y de mayor presencia regional que ha pactado la paz, fue el entusiasta respaldo ciudadano expresado en los campamentos, en cadenas humanas en caminos y carreteras y en las masivas concentraciones de recibimiento en las ciudades.

También si bien la mayoría de los puntos del pacto de paz se cumplieron, algunos no fueron resueltos por la parte estatal. Es así como no se facilitaron las garantías convenidas para el proyecto político, no se adoptó el programa de atención a las víctimas, no se acogieron la mayoría de las recomendaciones de la Comisión de Superación de la Violencia, se rechazó un programa de acompañamiento psicosocial, no se garantizó presencia estatal ni real aplicación de planes de desarrollo regionales, ni se concedieron en muchas zonas garantías de seguridad efectivas.

Faceta negativa de los procesos de paz exitosos ha sido la violencia ocurrida contra la población amnistiada, de manera que cerca de un millar fueron objeto de homicidio o desaparición forzada por parte de los actores armados que persisten en la confrontación.

Hoy, el actual proceso de paz entre el Gobierno Nacional y las Farc cuenta con posibilidades de éxito. Los consensos conseguidos son realistas y corresponde al conjunto de la sociedad y del Estado comprometerse con crearle el necesario entorno a la construcción de la paz.

Caguán y los acuerdos fuera de la mesa

Víctor G. Ricardo

En alguna oportunidad dije que uno de los problemas que el país ha encontrado buscando una solución política al conflicto era la falta de continuidad y de visión de Estado. La paz ha solido verse como política de un gobierno y no como una concepción de Estado que pudiera cobijar a todos los nacionales y fuera un propósito nacional, sin importar la administración de turno. Como alto comisionado de Paz en el gobierno de Andrés Pastrana fui voz entre los distintos centros de opinión y la realidad colombiana.

Entonces, no había conexión entre las grandes ciudades y las zonas de conflicto: Nariño, Caquetá, Cauca, Putumayo, Arauca, Huila, Tolima, el sur de Bolívar y los Santanderes. Por eso una de las cuestiones positivas del Caguán fue concientizar a la Nación de la importancia de abrir caminos civilizados a la terminación del conflicto, que existía y cobraba vidas todos los días. Esa experiencia también fue importante para crear una conciencia y una responsabilidad en los integrantes de las Fuerzas Armadas.

Creo a su vez en la necesidad de emprender este proceso fuera del país y así no generar dificultades internas. En el Caguán la gente nunca entendió que hubiera una zona de distensión mientras en el resto del país había enfrentamiento armado. Decían: eso es mala fe de la guerrilla, cuando en realidad no había habido acuerdo de cese al fuego.

 Hoy pienso en ese proceso y en la experiencia de haber trabajado un año y medio de manera discreta —en lo que denominé la construcción de confianza— para legitimar un acuerdo. Y recuerdo que muchas veces, por fuera de la mesa de trabajo, se hacían convocatorias a tomas de café cargado para solucionar las diferencias.

En el Caguán, a veces se casaban posiciones radicales en las que no había posibilidad de acercamiento y a mí me tocaba irme a dormir dos, tres, cuatro noches en los campamentos de la guerrilla para dialogar con ellos, en la toma del mismo café a las madrugadas, para suavizar el cuento, que después formalizábamos en la mesa de negociación. Esa etapa de construcción previa creo que el actual gobierno la ha hecho muy bien, sin el desgaste que nos ocasionó a nosotros, porque el enfrentamiento continuó y los enemigos de la paz aprovecharon para disparar.

Ahora, hay que pensar qué vamos a hacer cuando llegue la paz, porque habrá algunos guerrilleros que podrán representar políticamente sus ideas, pero la base de esas organizaciones son a quienes hay que acoger para que este sea un acuerdo real. En mi época de alto comisionado siempre sostuve que una manera de integrar a estas fuerzas era crear un ejército verde que cuidara nuestro medio ambiente. Si logramos entender que muchas de esas personas, que siempre han trabajado con armas, podrían esta vez —al servicio del Estado— cuidar y proteger nuestra mayor riqueza, la paz podría estar verdaderamente cerca.

Tlaxcala y el cese al fuego

Horacio Serpa

En Tlaxcala se dialogó con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar en medio del conflicto. Durante muchos meses, en Caracas, se trató de llegar a un cese al fuego bilateral antes de comenzar las conversaciones de paz, pero fue imposible. Las exigencias de la guerrilla y los condicionamientos del Gobierno no coincidieron nunca. Se llegó a hablar de más de doscientos puntos de distensión.

Como no era posible el acuerdo, desde lo institucional planteamos conversar sobre una agenda y empezar a crear condiciones para los avenimientos, sin acordar nada sobre el enfrentamiento armado. “Guerra es guerra”, comentó alguien y nos pusimos a ver cómo lográbamos acabarla. Cuando se comenzaron en Caracas esas conversaciones, Alfonso Cano dijo en presencia del ministro de Gobierno del presidente Gaviria, doctor Humberto de la Calle, “hemos debido reunirnos hace 5.000 muertos”.

Lo de Tlaxcala comenzó afectado por el secuestro del exministro Argelino Durán Quintero. Cuando murió en cautiverio, no asesinado por el Epl, pero sí lesionado por los rigores del plagio, las conversaciones se suspendieron. No fue posible reanudarlos porque la guerrilla no aceptó modificar la agenda que habíamos construido para examinar en primer lugar los temas de secuestro y derechos humanos. Nosotros también nos cerramos a la banda.

 En Caracas se aprendió que cuando se dialoga en medio del fuego hay que hacerlo sin que los hechos de guerra que ocurran en el país, ni sus resultados, por graves que sean, den lugar a la interrupción de las conversaciones. Ahora, cuando comienzan unas diligencias tan complejas, la gente tiene que estar preparada para cosas desagradables, porque la violencia no deja sino desgracias y sinsabores. Pero hay que aprovechar las conversaciones y tener confianza en que se llegará a un saludable acuerdo sobre la terminación del conflicto.

Otra cosa. En Tlaxcala se dialogó por fuera del país, pero demasiado cerca de los medios de comunicación, cuya presencia es necesaria y útil, pero no tan adentro, tan al lado de cada palabra y de cada detalle.

Los colombianos debemos apoyar al presidente Santos y a la comisión negociadora. Que no se tenga que volver a repetir lo que dije cuando me levanté de la mesa en Tlaxcala: “Quién sabe dentro de cuántos miles de muertos nos volvamos a encontrar”.

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Los puntos del acuerdo macro

Tal vez la principal diferencia entre la naciente negociación de paz con las Farc y los pasados intentos de diálogo está en la forma como se acordó la agenda antes de darla a conocer al país. Una metodología clara, con una temática definida, será la forma como se abordará la discusión que se instalará en Oslo (Noruega) y continuará en La Habana (Cuba).

La idea es, según señaló el presidente Juan Manuel Santos, abordar la discusión de seis puntos específicos que concluyan en la terminación del conflicto para la construcción de una paz estable y duradera. Los puntos que desarrollarán Gobierno y Farc son: desarrollo agrario integral, que contemple temas como agro, salud, vivienda y educación; participación política de quienes dejen las armas, fin del conflicto armado como primer paso para consolidar la paz, solución al problema de producción y tráfico de drogas, reparación integral a las víctimas. Todo esto será sometido a mecanismos de verificación y cumplimiento de los acuerdos.

Con estos temas sobre la mesa, representantes del Gobierno y las Farc se sentarán para tratar de, en un período de entre ocho meses y un año, lograr un acuerdo político que conduzca al transito de la organización guerrillera de la búsqueda del poder por la vía de las armas, a la lucha en la arena electoral.

Una accidentada historia de diálogos

Marzo de 1984
En las montañas de Uribe, Meta, el estado mayor de las Farc pacta con enviados del gobierno de Belisario Betancur una tregua bilateral, la renuncia a la práctica del secuestro y su transformación en partido político. En ese momento, las Farc tenían 27 frentes y algo más de 4.000 combatientes.

1985
Se lanza oficialmente la Unión Patriótica (UP) como partido político que serviría de plataforma para que las Farc abandonaran la lucha armada. Después de participar en las elecciones de 1986, el movimiento fue exterminado: dos candidatos presidenciales, 9 congresistas, 70 concejales y más de 4.000 militantes fueron asesinados.

Septiembre de 1987
Nació la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, una especie de federación que reunía a los principales grupos guerrilleros del país: Farc, Eln, Epl, M-19.

Mayo de 1991
Se iniciaron conversaciones en Cravo Norte, Arauca, entre la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y el gobierno. Las partes acuerdan seguir los diálogos en Caracas, Venezuela.

Junio de 1992
Los diálogos se trasladan a Tlaxcala, en México, por problemas internos en Venezuela. En la foto Antonio Navarro durante las discusiones.

Marzo de 1992
Las conversaciones se rompen sin haber superado el primer punto en la agenda, que contemplaba el cese al fuego. El gobierno se levantó de la mesa después de la muerte en cautiverio del exministro Argelino Durán Quintero, quien estaba en poder del Epl.

3 de junio de 1997
El gobierno de Ernesto Samper acuerda con el bloque sur de las Farc el cese de operaciones en una zona del Caguán para permitir la liberación de 60 soldados y 10 infantes de marina que estaban en su poder desde el 30 de agosto de 1996, cuando se llevó a cabo la toma de la base de Las Delicias.

7 de enero de 1999
Se instala en San Vicente del Caguán la mesa de diálogo con el gobierno de Andrés Pastrana. Después de casi cuatro años de negociar en una zona desmilitarizada de 42 mil kilómetros, el proceso se rompe con el secuestro de un avión de Avianca en el que fue retenido el senador Jorge Eduardo Gechem.

26 de agosto de 2012
Se firma el Acuerdo General para la terminación del conflicto, que abrió las puertas para la naciente negociación con las Farc que se instalará en Oslo (Noruega). Los diálogos continuarán en La Habana, Cuba.