Primera entrega

La catarsis de la directora de la Unidad de Víctimas

Yolanda Pinto, viuda del asesinado gobernador Guillermo Gaviria, hace una reflexión sobre su proceso de sanación y explica las razones que la llevaron a apoyar el proceso de paz y ponerse al frente de la reparación a las víctimas.

Yolanda Pinto, directora de la Unidad para las Víctimas, sufrió el asesinato de su marido, el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria. / Unidad de Víctimas

Yolanda Pinto Afanador vivió en carne propia el dolor de la guerra. El 5 de mayo de 2003, las Farc asesinaron a su esposo, el entonces gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria. Sin embargo, una vez comenzó el proceso de paz con esta guerrilla en La Habana (Cuba) no dudó en apoyar el esfuerzo para ponerle fin a la guerra. Desde agosto asumió el reto de dirigir la Unidad para las Víctimas, una entidad que debe servir a la sanación, dignificación y reparación de los más de ocho millones de sobrevivientes del conflicto. Esta entrevista es la primera de ocho entregas que recogen las historias de quienes, a pesar de las heridas que les produjo el conflicto, han podido superarlo y ponerlo en función del perdón y la reconciliación.

¿Cuál ha sido su sensación de asumir una entidad como la Unidad para las Víctimas?

Ha significado para mí una mezcla de sentimientos. Por un lado, una maravillosa oportunidad de trabajar por las víctimas; y a la vez, una preocupación al ver en carne propia la angustia de ellas por ser reparadas integralmente. De forma que he sentido la alegría inmensa de ver cuántas víctimas hemos podido acompañar en su proceso de reparación y de empezar una nueva vida. Y la angustia de ver todo lo que nos falta en el camino. Uno de los objetivos de la unidad es acompañar a los sobrevivientes en la recuperación de la confianza, de la esperanza, de la alegría. Que vuelvan a sentir que este país sí es posible para ellas, a pesar del dolor, del daño y de la frustración que nos causó la violencia.

En septiembre se cumplieron siete años del día en que el presidente Santos llevó al Congreso el proyecto de Ley de Víctimas y Restitución de Tierras. ¿Qué balance hace del paso del tiempo?

En estos siete años los colombianos hemos tomado decisiones extraordinarias en la historia. La primera fue reconocer que este conflicto armado ha dejado muchas víctimas, y que tenían que ser reparadas por el Estado. Si bien ni la reparación administrativa ni la reparación simbólica nos devuelve a nuestros seres queridos, sí constituye una herramienta poderosa para que recuperemos la dignidad y participen de las decisiones del Estado, de la vida nacional. La Ley de Víctimas les devolvió la ciudadanía que la guerra les arrebató. Es la herramienta para contribuir a que los sobrevivientes superen el estado de dolor y frustración. Muchas víctimas han recibido, por ejemplo, vivienda. Estamos llegando a las 700.000 víctimas reparadas administrativamente. Anualmente, el Gobierno invierte, en todas las entidades que conforman el sistema, casi $10 billones. La sola Unidad para las Víctimas ha invertido en cinco años casi $9 billones; hemos atendido a más de cuatro millones de víctimas, en asistencia humanitaria, acompañamiento psicosocial y generación de ingresos. Claro que nos falta mucho. Pero siempre digo lo mismo a donde voy: la única certeza que tenemos las víctimas es que el Estado ya nos reconoció, y que consagró en la ley que debíamos ser reparadas. La reparación la ha hecho el Estado, no los victimarios. Ahora van a empezar a llegar los bienes entregados por las Farc. Falta monetizarlos para que sean sumados a los recursos para la reparación de sus víctimas. Lo mismo pasó con los paramilitares. El balance de la implementación de la Ley 1448 de 2011 podría haber sido mejor, pero no ha sido poco.

Y, además, la ley fue la primera piedra del proceso de paz con las Farc...

Esa es la otra decisión trascendental que ha tomado este Gobierno por las víctimas. Ponerle fin al conflicto armado con las Farc fue una decisión que nadie había tomado, porque al primer obstáculo siempre se echaban para atrás. En cambio el presidente Juan Manuel Santos tomó la decisión de llevar la negociación hasta el fin, surtiendo toda clase de obstáculos. Alguna vez les pregunté a los negociadores en qué momento creyeron que se iban a parar de la mesa, y Humberto de la Calle me respondió: desde el inicio tuvimos claro que la misión era ponerle fin al conflicto, y eso nos devolvía siempre a la mesa con más fuerza. Es una decisión que el país no ha alcanzado a dimensionar, pero tendrá que hacerlo. Miles de vidas salvadas en dos años, las víctimas que nos hemos ahorrado y la destrucción que hemos evitado.

¿Cómo ve el diseño de la entidad?

La Unidad para las Víctimas trabaja en todos los rincones del país. Tenemos direcciones territoriales en 20 departamentos y puntos de atención en casi todos los municipios. Nuestras víctimas están regadas por todo el territorio porque el conflicto llegó a las zonas más apartadas de Colombia. Desde el Amazonas hasta La Guajira. Es una entidad nacional con funcionarios en todos los rincones de Colombia. Sujetos de reparación somos siete millones de víctimas, y en el registro hay ocho millones y medio de colombianos. Con una particularidad: la Ley 1448 se hizo para las víctimas de asesinato, secuestro, desaparición y acto terrorista. Pero al año de la vigencia de la ley (en 2012), la Corte Constitucional dijo que los seis millones y medio de desplazados también debían ser reparados. Así se pasó de un millón y medio de víctimas a ocho millones y medio.

¿Cuáles son las cifras de ejecución de recursos de la entidad?

Se han invertido, en cinco años de vigencia, una cifra cercana a los $9 billones. Con eso hemos reparado administrativamente a 700.000 víctimas y se han atendido con medidas de satisfacción a cuatro millones de sobrevivientes del conflicto. Se debe tener en cuenta que hay rutas de reparación colectiva y de forma individual, como el pueblo Wiwa, que fue afectado por todos los actores del conflicto. Así, tenemos 604 sujetos de reparación colectiva, de los cuales 100 ya tienen definida su ruta de reparación. La construimos juntos y estamos en implementación. Algunas comunidades nos han pedido, por ejemplo, que construyamos un centro de memoria, un monumento, un acto simbólico...

Los sobrevivientes siempre hablan de lo difícil que es el proceso de reconocerse como víctimas. ¿Cómo fue su proceso personal?

La verdad, sí es difícil. Y ahora que lo pienso bien, entiendo que soy una víctima en el sentido estricto de la palabra. Siempre había pensado que a Guillermo lo mataron los odios. Claro, los que dispararon fueron las Farc, pero los motivos fueron los odios. Hoy que estoy volviendo a recorrer este país, esta vez a escuchar y acompañar a las víctimas, compruebo lo cruel que fue el conflicto, en especial con los más pobres. Con aquellos colombianos que viven en los lugares más escondidos de la patria, y descubro lo significativo que para ellas es reconocerse como víctimas. El fin del conflicto con las Farc ha motivado y estimulado a reconocerse como víctimas a muchos colombianos que no habían querido o no habían podido hacerlo. Y por supuesto han llegado con la esperanza que recibir verdad, justicia y reparación, además de los derechos que nos reconoce la propia ley 1448.

¿Por qué cree que nunca se reconoció como víctima?

Creo que es porque asumir la condición de víctima me hacía sentir como si les estuviera quitando oportunidades a las que más lo necesitan. Hay un sector de la sociedad, que somos privilegiados, que no pudimos hacer el proceso de reconocernos como víctimas. Las víctimas que veo todos los días son la gente más pobre, porque la guerra se dio en los extramuros del país, y ellos sí hacen uso de su condición de víctimas porque ven una oportunidad transformadora de sus condiciones económicas y sociales. Es que el proceso colectivo para reconocer que somos un país de víctimas no ha sido fácil. Hace unos años, las víctimas estábamos invisibilizadas, hoy la Ley 1448 nos visibilizó, nos reconoció.

¿Qué papel cumple la verdad en el proceso de perdonar?

Las víctimas necesitamos y exigimos la verdad. Esta será la mejor medicina para poder sanar, y creo que para ellos, para quienes nos hicieron daño, decirnos la verdad, y nada más que la verdad, les ayudará. Pero además las víctimas reclamamos justicia y creemos que ésta llegará por la Justicia Especial para la Paz. Allá acudiremos las víctimas y la Unidad las acompañará para reclamar exactamente eso: verdad, justicia, reparación y no repetición. Somos más las víctimas que hemos perdonado, tomado la decisión de pasar la página y darnos la oportunidad de contribuir a construir un mejor país para todos.

¿Para qué sirve el perdón?

Es el culmen de la sanación. Si no perdonas no han sanado tus heridas. El perdón es la última capa de la piel que volvió a nacer. Y el riesgo de no perdonar es la búsqueda de la venganza. El que no sabe perdonar viven un verdadero infierno. Viven enfermos. Endemoniados. Llenos de rabia y odio. El perdón le pone un punto final al sufrimiento. Y lo viví en carne propia. Muchos no me perdonan que siendo viuda de Guillermo haya apoyado el proceso de paz. Los que no han podido perdonar y están llenos de odio, enfocan su rabia contra quienes fuimos capaces de perdonar. No aceptan que hayamos sido capaces. Me pasa en la familia. Algunos hermanos de Guillermo no comparten que yo haya perdonado. No aceptan que yo haya acompañado el proceso con las Farc, ni que piense que es una oportunidad para transformar ese dolor en energía para construir un país mejor.

¿Pero no debe ser fácil para ellos?

Para nadie. El dolor de perder un ser querido no tiene comparación. Pero las heridas que deja el desplazamiento no son menores. Un señor en Tunja, que está reclamando una tierra, me decía con llanto en los ojos: ¿por qué me pasa esta injusticia? Eso es algo muy doloroso, pero para eso está la justicia. Es que lo que vivimos fue muy terrible, y lo mejor que nos puede pasar es acabar con esta guerra.

¿Qué tan importante es el encuentro entre las mismas víctimas?

Es que la sanación es más efectiva cuando se asume como proceso colectivo. Cuando uno se encuentra con otros que han tenido que vivir cosas igualmente duras o muchas veces más dolorosas. Cuando uno empieza a oír historias de víctimas uno no sabe qué fue lo más duro. Aún no sabemos qué fue lo más abominable en esta guerra. Mire el caso de Pastora Mira, una persona a la que le mataron cuatro hijos, a su esposo y a su padre. Y uno dice: ‘Esta es la peor historia que he oído’, pero luego aparece otra persona que cuenta las cosas más horribles que vio y vivió. Y la mayoría de estas víctimas están listas para perdonar. Sorprende que quienes no vivieron el dolor de la guerra no estén dispuestas a que la paz avance. Claro, como no les pasó nada, no están dispuestos a que, como dicen, “los terroristas hagan política”. Pero, para mí, acompañar el fin del conflicto es lo mejor que he podido hacer. Porque esto no puede seguir pasando. Me pasó mí, pero hay a quienes les pasaron cosas más horribles. Y a mí me llena de fuerza oírlas. Lo mejor que nos ha pasado a los colombianos es parar esta masacre. ¿Cómo alguien puede pretender volver al pasado? ¿A quién se le puede ocurrir que salvar 4.000 vidas no vale la pena? A mí me repararon salvando esas vidas. No me cabe en la cabeza que alguien se oponga a que acabe la guerra, y que las Farc dejen de matar. Pero esto no tiene reversa. Nadie podrá hacernos trizas los sueños y el futuro. Las víctimas vamos a defender el derecho que tenemos a que esto no le pase a nadie.

¿Qué sueña dejar el día que se vaya de la Unidad?

Víctimas empoderadas, seguras del perdón y la reconciliación. Sueño dejar un país mejor para todos, incluso para quienes nos hicieron daño. Quiero dejar la esperanza en ellas. Que no tengan miedo.

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Alianza Unidad para las Víctimas-El Espectador

A un año de la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc, cuando avanza el llamado posconflicto, El Espectador y la Unidad para la Víctimas lanzan el especial “Relatos del Perdón”. Ocho entregas periodísticas que recogen las historias de dolor, sanación y perdón de quienes han sobrevivido al conflicto armado. Desde hoy, y hasta el 24 de diciembre, cada jueves y cada domingo podrá encontrar dos relatos de reconciliación. Hombres y mujeres de la Colombia profunda a los que la guerra les dejó secuelas físicas y sicológicas y que hoy luchan por superar, de una vez por todas, su condición de víctimas.

Proyectos productivos, capacitación, procesos de recuperación psicosocial y, sobre todo, historias de reconciliación a través del arte y de la memoria, han sido las herramientas de la Unidad para las Víctimas para llegar a más de seis millones de colombianos alcanzados por la guerra. En 2011 el Estado colombiano apostó, con la Ley 1448, por cerrar los ciclos de violencia y reconocer la existencia del conflicto armado y de las víctimas que ha dejado. Para eso se creó la Unidad para las Víctimas y se le encomendó atender de manera integral y llevar su oferta institucional a más de 8 millones de sobrevivientes del conflicto.

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