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La despedida de Aquileo Mecheche, por Jesús Abad Colorado

Su muerte, el 12 de abril en Riosucio, Chocó, había sido anunciada meses atrás por los paramilitares de las autodenominadas Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC). Es más, semanas antes intentaron el crimen en su comunidad de El Jagual, pero lo impidieron los guardias indígenas, con palabras y bastones de mando.

Entierro de Aquileo Mecheche
El ataúd con el cuerpo de Mecheche fue trasladado en lancha primero por el río Atrato, luego por el Truandó y finalmente por el Chintadó. Jesús Abad Colorado López

Aquileo Mecheche Baragón, de 52 años, huyó a finales de marzo de El Jagual, vereda de Riosucio (Chocó), pensando en salvar su vida, junto con otro líder que viajó hasta Quibdó. Aquileo se quedó en Riosucio. La situación de confinamiento de sus hermanos emberas y el miedo de alejarse de su pueblo lo hicieron permanecer en el casco urbano. Estaba confiado en la cantidad de Fuerza Pública que hay en el pequeño municipio a orillas del río Atrato. Así se lo dijo, entre risas y también preocupado, a varios amigos: “Lo único que hago es defender a mi pueblo embera. No le hago ni le hacemos daño a nadie, al contrario. Nos quieren sacar de nuestro territorio, pero somos un pueblo pacífico que tiene memoria y resiste”. Aquileo sabía que no solo era un esposo y padre de varios niños que se quedaron en El Jagual, sino rector, maestro y el alma líder del pueblo embera dóbida de la cuenca del río Truandó, en el resguardo de Jagual Chintadó.

 
Rubilda Rubiano se cubrió el cuerpo con jagua en señal de luto por el asesinato de su esposo, el líder indígena Aquileo Mecheche.
Jesús Abad Colorado López

El sicario de las AGC que mató al líder Aquileo Mecheche estaba seguro de sus pasos. Llegó caminando por la parte posterior de la iglesia junto al parque, donde el líder se encontraba en un pequeño bar, y le disparó en su cabeza. Al salir, otro matón lo esperaba en una moto y huyeron por las calles estrechas. Las autoridades en Bogotá y la región dijeron a coro lo que todos sabemos de memoria: que habría investigaciones exhaustivas, pero el sicario que disparó tres veces sabía que allí en Riosucio nadie lo perseguiría. Es la historia repetida de líderes y comunidades ribereñas del río Atrato que desde 1997, cuando se desarrolló la operación Génesis, vienen perdiéndolo todo. Aquí en Colombia, culpables hay muchos, pero todos se lavan las manos, porque saben quiénes son siempre los perdedores.

El cuerpo de Aquileo Mecheche fue llevado por sus familiares y amigos el sábado, casi a las 10 de la noche, después de seis horas y media de travesía desde Riosucio. Su cuerpo había regresado descalzo, en un ataúd gris, y era llorado por su pueblo en el salón comunitario donde muchas veces levantó su voz para hablar de resistencia y autonomía, pero también de la situación de violencia que los mantenía al borde del abismo. Al pueblo embera dóbida de El Jagual, donde había nacido y estaba enterrado el ombligo de Aquileo Mecheche, regresó para ser sembrado de nuevo en la tierra. Y allí casi no podemos llegar el domingo 14 de abril desde Riosucio. Tenía miedo de ir, pero quería acompañar a su familia y a su comunidad, que, junto a otras de esta región del Pacífico, está viviendo desde hace un par de años una situación de violencia y confinamiento muy grave por la acción de grupos armados ilegales y la inoperancia o complicidad de los legales.

 
Los bosques que Aquileo Mecheche defendió por ser sombra, refugio y origen de vida fueron los mismos por los que los embera dobidá trasladaron su cuerpo para que volviera de nuevo a la tierra.
Jesús Abad Colorado López

Los acompañantes, en medio de la zozobra, me dijeron que los ríos estaban muy secos por el verano en la zona, pero desde muy temprano, el cielo gris y los rayos en las cabeceras de los ríos dejaron ver las lágrimas del dios embera Karagabí por la muerte de uno de sus hijos: Aquileo Mecheche Baragón, el primer líder de esa comunidad asesinado.

La cantidad de agua que horas después empezó a correr por nuestros cuerpos y por los ríos Truandó, Quiparadó y Chintadó hablaba del dolor de la madre tierra. Sobre las dos de la tarde, mientras subíamos en el bote, los troncos y trozos de cientos de árboles empezaron a bajar y bajar y a formar empalizadas que taponaron el río en distintos tramos. La fuerza y valentía de los emberas, que conocen cada metro de sus ríos, porque son sus propias venas, atravesaron a punta de alma y fuerza, arrastrando por la tierra el bote en algunos lugares, destajando con machete la naturaleza.

 
Troncos y trozos de cientos de árboles formaron empalizadas que taponaron el río en varios tramos, dificultando la despedida a Aquileo.
Jesús Abad Colorado López

Era Domingo de Ramos y nuestro viacrucis estaba en cada paso que dábamos sobre los troncos que se entrelazaban más y más y crujían con la fuerza del agua. Pensaba, por mi torpeza para caminar sobre cada empalizada, que en cualquier momento me iría al fondo del río y quedaría atrapado entre raíces y troncos, pero me daba pena decir algo ante la soledad, el miedo, el olvido y la violencia que están viviendo tantas personas y comunidades emberas y pueblos afros que parecen no importarle a nadie en Colombia. Vivimos en un país racista y clasista que se ufana de su naturaleza y su riqueza cultural y étnica, pero que les está destruyendo sus vidas, porque también hemos sido cómplices.

Fueron ocho horas y media de travesía desde Riosucio. Primero por el Atrato, luego por el río Truandó y finalmente por el río Chintadó, que le da nombre al resguardo. Chintadó para nosotros, para ellos es Chindaudo, que significa “río de estrellas”. Hemos sido ciegos e ignorantes de toda esta riqueza cultural y lingüística que poco a poco hemos ido borrando, como lo hacemos con sus vidas y la naturaleza. En nuestro país hay muchas formas de violencia.

 
Aquileo Mecheche es el primer líder embera Karagabí al que le quitan la vida. No obstante, 70 de los 226 líderes asesinados en 2018 eran afros, campesinos o indígenas.
Jesús Abad Colorado López

Cuando llegamos al caserío, sobre las seis de la tarde, me rodeó una veintena de personas que me preguntaron a qué medio de información representaba, si sabía de otros medios que irían y si algún funcionario del Gobierno estaría con ellos al día siguiente, acompañando y despidiendo a su más importante líder, Aquileíto, como le decían cariñosamente. Les dije que no trabajaba para nadie, tampoco sabía si alguien más llegaría, pero que estaba allí para solidarizarme y dejar un testimonio, y que buscaría la forma de publicar lo sucedido. Les dije también que este crimen debería dolerle a todo un país que no es capaz de conmoverse con el dolor del otro. Ese otro que soy yo y que somos todos nosotros. Me pidieron que ayudara a cuidarlos porque estaban entre todos los fuegos.

Alrededor del cuerpo de Aquileo Mecheche durmieron muchas personas de todas las edades. Querían honrar su memoria permaneciendo hasta el último minuto a su lado. También querían estar cerca de su esposa, Rubilda Rubiano, y sus cuatro hijos menores: Yors, de diez años; Anayansi, de nueve; Irina, de seis, y Yasnadi, de cuatro años. Otras hijas mayores y hermanas cubrían sus cabezas y rostros con toallas para llorarlo entre susurros y cantos en su lengua. También vi llorar a varios hombres que devoraban decenas de cigarrillos, cuyas cajetillas vacías eran puestas cerca del ataúd porque es una forma de decirle “aquí estamos contigo, pasando la última noche”. Varias mujeres repartían, sobre la tapa azul de un tanque, vasitos con tinto y, en un par de baldes plásticos, muchas galletas de soda que entregaban cada hora para mitigar el hambre y la noche, que fue muy dolorosa para todos.

 
El ataúd con el cuerpo de Mecheche fue trasladado en lancha primero por el río Atrato, luego por el Truandó y finalmente por el Chintadó.
Jesús Abad Colorado López

A las 8 de la mañana del lunes 15 de abril, el cuerpo de Aquileo Mecheche Baragón fue sacado entre lágrimas de su pueblo. En la orilla del río Chintadó se quedaron los más pequeños, que no podían ir hasta el lugar sagrado donde sembrarían su cuerpo. En un pequeño bote iban su esposa y sus hermanas, que no podían ni mirar al cielo por el dolor. Otras personas de pueblos hermanos de los emberas de El Jagual nos esperaban en pequeñas embarcaciones en las bocas del Caño Madre de Birudó, donde fue bajado Aquileíto. Durante varias horas construyeron su nicho y última morada para sembrarlo en la tierra. Y con él plantaron un árbol de borojó y varias plantas de palma de cristo.

Nunca podré borrar de mi memoria las lágrimas de mujeres y hombres que lo despidieron, entre la filigrana de un bosque repleto de árboles de múltiples tonalidades. Algunas veces dejaba mi mirada fija en el follaje sin mirar los rostros que debería estar acompañando toda Colombia. No hay derecho a tanta injusticia que siguen sembrando líderes que navegan en el caos de la guerra. Tampoco podré borrar la humanidad que encerró cada una de sus palabras, que no tenían odio ni sed de venganza, porque nunca han perdido la esperanza de vivir en armonía con su naturaleza. Saben que su cultura y sus vidas están en peligro y claman por no ser silenciados a punta de plomo. ¿Será muy difícil cumplirles esta petición?

 
Aquileo Mecheche fue asesinado en la noche del viernes 12 de abril.
Jesús Abad Colorado López

 

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2019-04-20T12:13:03-05:00

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Texto y fotos: JESÚS ABAD COLORADO

Posconflicto

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