Las confesiones visuales de la guerra colombiana

Rios y silencios es la más reciente exposición de Juan Manuel Echavarría que conglomera 20 años de reflexión artística sobre la guerra en Colombia.

Juan Manuel Echavarría.El Espectador

Es difícil tratar de narrar una sola historia del conflicto colombiano. La multidimensionalidad de la guerra crónica en Colombia no solo mutó lo que en principio parecían unas regiones y unos actores identificables en la guerra. Además, generó nuevas violencias, nuevos protagonistas y reveló la intrincada red de relaciones que se agudizan con el paso del tiempo en un enfrentamiento armado.

Juan Manuel Echavarría (1947) ha mitificado la guerra colombiana. La ha mitificado porque la ha narrado, la ha resignificado y ha revelado algunas no tan evidentes raíces, causas, consecuencias y voces de esta guerra. Algunas veces incomoda, parece insoportable, sugiere un perturbador reflejo de nuestra sociedad, de nosotros; otras veces su obras se presentan como catárticas, purificadoras, vehículo de drenaje y comprensión.

Hasta el 7 de enero del 2018, el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) albergará obras de este artista como Guerra y pa (2001), Bocas de Ceniza (2003), Réquiem NN (2006), La guerra que no hemos visto (2009) y Silencios (2010). Una exposición multimedia que muestra una topografía desconocida de historias contorneadas por las voces de las víctimas y de los victimarios. Hablamos con Echavarría al respecto.

 

¿Por qué ríos y silencios?

En esta exposición quise hablar desde las dos orillas, la orilla de las víctimas y la orilla de los llamados victimarios. Aclarando que en mi corazón es donde están las víctimas. Para entender mejor esta guerra indescifrable, esta guerra tan compleja, yo creo que hay que escuchar una polifonía de voces.

En todos los proyectos se puede ver que las historias del conflicto, de las voces de los excombatientes, de las víctimas, están atravesadas por muchas imágenes de ríos. En Colombia los ríos también han sido parte de esta historia de horror. Y “silencios” por las fotografías de un proyecto de más de 7 años que hice con Fernando Grisales, yendo, caminando por los montes de María, fotografiando la memoria que quedó de las escuelas vacías. Allí hay un silencio que habla, pero también lo que quedó sin contar. Fueron más de 100 tableros fotografiados, mostrando cómo la educación también es una víctima de la guerra.

 

Tenemos las dos orillas del río ¿y que corre en medio?

El agua que corre son las imágenes y lo relatos desde estas dos perspectivas diferentes que también se unen de alguna forma. Lo que es fascinante, que puede verse en uno de los proyectos aquí exhibidos La guerra que no hemos visto, pinturas hechas por ex combatientes de las autodefensas, de las Farc y de soldados heridos en combate, es que al ellos recordar sus historias personales de la guerra ellos tuvieron que recordar a sus víctimas. Las víctimas son las protagonistas de sus pinturas.

 

¿Entonces hay una especie de reconciliación?

Responderé a través de una anécdota. Del proyecto La guerra que no hemos visto, una excombatiente, Vicky, pintó un pequeño pueblo a las orillas del río Caquetá. En la pintura uno ve la comunidad congregada alrededor de la casa y delante de la comunidad se ve la ejecución de una persona por parte de los guerrilleros. Cuando fui a esta vereda a investigar descubrí el nombre de quien ejecutaron, y me encontré con uno de sus sobrinos. Él me llevó a conocer la tumba de su tío. Después de esto llamé a Vicky y le dije que había conocido a la familia de aquel a quien ella pintó muriendo. Ella me dijo que quería conocerlos, que quería darles un abrazo. Aún no lo hemos podido hacer. Primero quiero mostrarle la pintura a la mamá de este hombre y luego ver si es posible encontrarnos.

 

¿Por qué involucrar a estas voces en el proceso artístico?

En mi proyecto La María (2000), que trataba sobre el secuestro de una mujeres por parte del ELN en la iglesia La María al sur de Cali, Melisa, una de estas mujeres, me dijo que no había sentido susto de que la mataran, porque los guerrilleros que las custodiaban eran niños. Ese fue el primer golpe que tuve sobre la realidad de la niñez en la guerra. En ese momento, luego de escuchar esas historias, de trabajar en La María y digerir este proyecto, porque es necesario digerir en este tipo de obras, me dije “¡hay que oír los relatos desde la otra orilla!”. ¡Qué impresionante sería oír un niño que tuvo estas 7 mujeres secuestradas! Escuchar por qué entró a la guerrilla o qué lo llevó a terminar en ese lugar, qué pasó en su historia familiar, de donde  viene, su historia personal. Luego, en 2007, conocí unos excombatientes de las AUC, a ellos les propuse un taller de pintura donde pudieran contar sus historias, no a través de la palabra hablada sino a través del pincel. Luego de pintar ellos me contaban sus historias, sus narraciones. Narrar no es automático, y menos si yo llegaba a preguntarles directamente sobre su historia. Narrar implica hacer un proceso, una construcción de confianza, y eso se hizo escuchándolos y no juzgándolos. Sin juzgar si su pintura era buena o mala o enseñándoles a pintar, ellos mismos pintaban como querían y le daban el nombre a sus pinturas.

 

¿Que permite la pintura que no permite la escritura o la oralidad?

Creo que al pintar ellos meten el pincel en el inconsciente y salen muchas cosas que no editan,  como podrían editar o premeditar en un relato oral o escrito. Los excombatientes ahora en proceso de transición a la vida civil, por ejemplo en las zonas veredales, creo que lo que necesitan es eso, tiempo, un proceso. Probablemente ahora ellos hablen con el discurso oficial de la organización a la que pertenecieron. Pero seguramente si en un tiempo les ponemos a pintar sus historias, ese espacio en blanco para pintar se convertirá en un espejo, y allí empezarán a recordar con distancia.

 

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