Las recomendaciones para el monumento que se hará con las armas de las Farc

29 conclusiones fueron entregadas al comité de seguimiento al acuerdo final de paz entre el Gobierno y las Farc el pasado miércoles en un coloquio en la Universidad Externado de Colombia.

/ Oficina del Alto Comisionado para la paz

Es bien sabido que el conflicto colombiano es un fenómeno con múltiples variables imposibles de desvincular a través del tiempo y de los contextos: el conflicto por la tierra, la economía, los intereses políticos, las distintas insurgencias armadas, la creación y la transformación del fenómeno paramilitar, el narcotráfico, los desaparecidos, las masacres, las tomas guerrilleras, las bombas, la destrucción de la naturaleza, la guerra urbana, el desplazamiento, la violencia sexual, etc.

Esta complejidad del conflicto se vio reflejada en un coloquio, organizado el pasado miércoles por la Universidad Externado de Colombia, en el que artistas, académicos de distintas disciplinas y universidades, representantes del Gobierno nacional y las Farc se reunieron para reflexionar en torno a cómo, quién y dónde debería ser, hacer y estar el monumento con las armas fundidas de las Farc.

El enriquecedor espacio de diálogo y reflexión permitió sintetizar 29 recomendaciones que se entregaron al comité de seguimiento al acuerdo final de paz.

Entre dichas recomendaciones se advierte, en primer lugar, que las víctimas deben seguir ocupando el lugar central incluso en estas manifestaciones culturales, centralidad que el acuerdo final con las Farc les otorgó. También se recuerda la importancia de vincular y hacer visibles las tensiones entre lo rural y lo urbano dentro de dichas representaciones.

En general, las recomendaciones finales dan un importante aporte a la relación entre el derecho y el arte. La reparación simbólica, noción nacida en el derecho, deja de ser vista como un mero objeto de conmemoración y se vuelve un importante proceso donde artistas, comunidad, víctimas y quienes provocaron el daño pueden no solo entender un evento trágico, sino llegar a la reconciliación a través de la comprensión y cuestionamiento sobre el pasado, el presente y lo que se quiere llegar a construir.

La recomendación número 14, por ejemplo, señala que el monumento “debe responder a un criterio estético que funcione como vector de fijación de sentido”. Esto, como bien se habló a lo largo de varias ponencias durante el día, quiere decir que más que un objeto puesto en un espacio público, el monumento debe ser un lugar de encuentro, un proceso, una relación constante del sentido que adquiere y se construye en una comunidad.

Si bien es cierto que simbólicamente se piensa hacer un solo monumento en territorio colombiano, varios ponentes coincidieron en afirmar que en lugar de hablar de “el” monumento, sería mejor hablar de “los” monumentos”.

Esto también pone en cuestión la función del arte contemporáneo, y del monumento como un objeto estático en su espacio y en su sentido. Lo que se pretende es un arte que apunta a desdibujar las líneas entre el objeto contemplado, el artistas y el público, de tal forma que las barreras se eliminen en pro de una relación que establece vínculos estéticos en el sentido de cómo se ve, se piensa, se mira y se siente, no la obra como objeto, sino lo que ella representa.

Por lo que hablar de este tipo de manifestaciones insertas en sociedades duramente golpeadas por la guerra y el conflicto, hacen que la noción misma de arte y de monumento tengan que desplazarse, migrar y ampliarse.

Walter Benjamin recuerda acertadamente cómo con la reproducción técnica las obras de arte pierden su “aura”, en pocas palabras, pierden su función de culto que tenían antes de la llegada de la reproducción técnica a finales del siglo XIX y entrado el XX. Pues bien, los monumentos que una sociedad pasada crónicamente por la guerra trata de crear, aspiran a adquirir un aura.

El monumento con las armas fundidas de las Farc intenta transmitir una historia, una experiencia, narrarla. Y por ello mismo hacerla viva a través de su proceso de creación y de su interacción con la comunidad, con el entorno, que ella pueda ser habitada y no solo contemplada (recomendación 9). Es decir, que ocupe un lugar de sentido constante para quienes entran en contacto con ella y para el lugar donde se encuentra.

Por eso incluso una de las recomendaciones propone hacer “postes de paz”: placas, árboles y sillas metálicas, con nombres, historias, hechos, cifras, etc.

Esto muestra una idea de arte radicalmente democrático en el sentido de la constante interacción y participación de una comunidad con sus monumentos. La constante interacción y apropiación del monumento, por su capacidad de interpelación que este tiene, o debe tener.

Reconociendo este potencial reparador del arte, de ser un elemento más que ayude a la recuperación del tejido social, aquel que se corrompe en situaciones de guerra, se podrá entender como un mecanismo complementario (incluso a veces más efectivo que las disposiciones legales) que debe potencializarse y apoyarse en comunidades donde históricamente las situaciones de conflicto rasgaron la dignidad de individuos y comunidades. Sólo reconociendo esta capacidad política del arte, se podrá hablar, como lo dice la última recomendación, de un “símbolo” que represente el acuerdo de paz.

 

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