Los caminos de regreso: seguridad alimentaria en el Cauca

¿Qué hacer en una ciudad cuando lo único que se sabe es labrar el campo? ¿Cómo regresar a casa después de la guerra? ¿De qué vivir? La historia de dos familias que han logrado volver a sus pueblos y sembrar sus tierras.

María Edilma Ausecha se fue de su tierra en medio de la guerra con las Farc.Cristian Garavito - El Espectador

En la tarde de ese día, un jueves de septiembre de 2005, David Muñoz se reunió con un amigo del pueblo y pactaron un encuentro a la medianoche en una de las veredas del municipio de Patía, Cauca. Su amigo, que tenía un carro destartalado, le dio su palabra. Muñoz también le hizo jurar que no le diría nada a nadie y que, ni por descuido, llevaría a alguien con él. “Se lo juro, compadre”, le respondió su amigo. A las doce de la noche, la hora pactada, Muñoz sacó de su casa a su hija menor envuelta en una cobija negra de la cabeza a los pies. La besó en la frente y le dio una patada al carro cuando se encendió. Sería la primera persona que huiría de la casa después de que el frente octavo de las Farc amenazara a toda su familia. Uno a uno fueron partiendo de la finca enterrada en una de las montañas del Patía. Dejaron las ollas y los platos, dejaron los caballos y las gallinas, las paredes con los cuadros, los muros y sus historias. Se fueron para Cali después de eso, después de que el mismo frente matara a su hijo mayor y persiguiera a los otros dos hombres que quedaban vivos en la familia.

La puerta sonó tres veces. Tres golpes secos que desencajaron la madera. Entraron a la casa de María Edilma Ausecha cuatro hombres con uniforme camuflado y fusiles al hombro. La saludaron . También a su esposo, Reinaldo Flor, le dieron la mano. Preguntaron por su hijo mayor, José, y hablaron con él en la parte de atrás de la casa, junto a las marraneras. María Edilma intentó oír la conversación detrás del lavadero, pero lo único que podía escuchar eran unos susurros ahogados y el croar de las ranas. Cuando se fueron, su hijo no entró a la casa. José se quedó parado frente a una ventana mirando a su mamá: “Me voy para la guerrilla”, musitó. Los guerrilleros le habían prometido darle su propia arma y su propio uniforme. Reinaldo lo miró a los ojos y, en silencio, agarró unas cajas que había debajo de la cama y empacó la ropa de todos. Era 2001 y a las cinco de la tarde el sol despuntaba las montañas de la vereda Sapongo del municipio de La Sierra, la entrada al Macizo Colombiano. Reinaldo se fue llorando en la chiva que iba de Popayán a Cali. María Edilma, mientras tanto, tenía pegado a su pecho el rostro de José.

La familia de David y María Edilma fue a parar a Cali. Las montañas la escupieron en las calles de la ciudad y ahí pasaron más de siete años. Cuando les llegó el aviso de que el Ejército había entrado a algunas veredas comenzaron a devolverse. “Nos enteramos de que las víctimas se estaban uniendo y que la Unidad estaba creando proyectos para nosotros”, contó María Edilma mientras cruzábamos la calle que separa a Sapongo del municipio Las Rosas.

Desde 2013, la Unidad para las Víctimas comenzó a promover la formulación e implementación de proyectos en 179 municipios del país. La entidad cofinanció 42 proyectos donde se invirtieron $77.528’169.356, de los cuales aportó el 66,83 %, y el 33,17 % restante lo pusieron entidades territoriales. Los proyectos se dividen en psicosociales, seguridad alimentaria y mixtos. En el departamento del Cauca se han desarrollado seis desde 2014.

“Cuando nos vinimos para Popayán me junté con otras 27 familias y logramos que el Incoder nos diera unas tierras. Además de eso formulamos un proyecto productivo de café y hortalizas para sembrar. El Incoder se quedó con $88 millones del último proyecto, se embolataron allá, estaban bajo la responsabilidad de la firma del director del Incoder. Pero nosotros no nos pusimos a llorar sobre la leche derramada y en 2014 presentamos otro proyecto y la Unidad para las Víctimas y la Asociación de Cafeteros lo aprobaron”, cuenta David.

La casa de David queda en la vereda La Rejoya, a treinta minutos del centro de Popayán. Para llegar a ella uno sólo pregunta dónde queda la finca Los Naranjos y el camino se va abriendo. Junto a él viven cerca de 500 personas que resultaron beneficiadas por el proyecto productivo. David se abre paso entre las gallinas y quita la puerta de madera, entra a un cuarto, los cuyes comienzan a saltar e intentan treparse por las paredes de los corrales. Más de cien roedores permanecen detrás de la casa. En el suelo, las gallinas cacarean y David les echa un puñado de maíz. Al atravesar el cuarto, una imponente montaña aparece, matas de café se riegan hacia abajo y un sembrado de cimarrón comienza a crecer. Los proyectos de seguridad alimentaria han generado dos ventajas para las familias beneficiarias: mantienen su despensa con alimentos básicos, como el huevo, el maíz, el tomate y la lechuga, y además les permiten vender lo que les sobra después de suplir sus propias necesidades. “Yo le diría a la gente del campo que se devuelva para sus fincas. En marzo, que es cuando hay cosecha de café, les damos trabajo a más de 200 personas, imagínese. Yo soy del campo, no me hallo en otra parte. Sé hablar con la tierra y las raíces. Mientras haya tierra que sembrar, las manos no descansan”, dice David mientras acaricia una gallina dorada.

El caso de María Edilma es parecido. En La Sierra se aprobó un proyecto productivo que benefició a 100 familias víctimas del conflicto armado. La suya fue una de ellas. En un terreno de 124 metros cuadrados, ella y su esposo Reinaldo sembraron café, maíz, pepino, tomate, cebolla, cilantro, rábano, arveja, lechuga y papa. Imagínense lo que podría sembrar en una hectárea, que son mil metros cuadrados. La rotación de alimentos ayuda a que en ninguna época del año el terreno esté sin alimentos. Su parcela, que queda bordeando la carretera, es una cuesta de difícil acceso. Todos los días, Reinaldo y María Edilma se levantan a las cuatro de la mañana y siembran, cortan y cantan. Todos los días cantan. Sobre todo a los tomates, que son los que siempre tienen que estar acompañados para que no se “achilen, no se mueran”, dice.

Reinaldo está sentado en una silla de madera, sus botas de caucho crujen y se alista para sacarle filo al machete. “Quiere saber qué es lo peor pa uno: tenerse que ir para esos monstruos de ciudades. La ciudad me hiere, la ciudad me entristece. Mejor no pienso en eso. Mejor miro pa esa montaña y me acuerdo de que, pase lo que pase, siempre hay a dónde volver”, concluye.

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