¿Y después de la guerra qué?

Los campesinos que luchan contra el silencio de la muerte

En el corregimiento El Palmar, del municipio de Leiva, Nariño, la Unidad para las Víctimas ha realizado proyectos de infraestructura, como una cancha de fútbol y un puesto de salud, y ha brindado acompañamiento psicosocial.

Éider Gómez, presidente de la junta de acción comunal de la vereda El Chupadero.Gustavo Torrijos - El Espectador

Silencio. La camioneta blanca con ventanas negras se estaciona en una de las esquinas del parque de El Palmar, corregimiento del municipio de Leiva, en Nariño. La voz de Jhony Rivera, el cantante de música popular, retumba en un bafle afuera de un billar. Las personas que había en el centro del sitio se dispersan rápidamente, se meten en las cafeterías y no hablan. Se quedan mirando la camioneta. En la cancha que está en el parque hay un grupo de hombres que juegan parqués: apuestan $10.000, pero cuando las puertas del carro se abren los de la mesa se ponen de pie.

Nos bajamos. Las miradas se sienten como cuchillos en la piel. Caminamos hacia la cancha y los hombres se sientan, recuperan el aliento. Nos cuentan que llevan jugando desde las diez de la mañana. Son las tres de la tarde. Las montañas detrás del cacerío se erigen como torres verdes, una nube desciende sobre el follaje y siguen unas mulas que van bajando.

“Era el 27 de diciembre a las seis y media de la tarde. Era diciembre de 2007. Estábamos en una de las casas haciendo natilla cuando sentimos que entró una camioneta blanca al pueblo y se bajaron unos hombres, eran de las autodefensas, hicieron unos tiros al aire y luego los mataron. Los mataron a los cinco”. Lucero Gómez* habla de la masacre con los ojos cerrados. Disidentes de las Auc entraron al corregimiento y asesinaron a cinco líderes fuera de sus casas, a mansalva, sin hablar.

Después de eso la gente del lugar quedó sumida en un silencio protector: no hablar para no molestar a nadie, no hablar para que no los mataran, no hablar para nada, porque “para qué hablar si nosotros no le importamos a nadie, si nosotros estamos solos y clavados en esta montaña”.

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Desde finales del año pasado, la Unidad para las Víctimas llegó a El Palmar con tres objetivos principales: construir una cancha de fútbol, poner un puesto de salud y reparar el parque principal del corregimiento. “Ya hicieron la zanja para la cancha. Está quedando bonita, porque es al piquito de la montaña y de ahí se ven el río Patía y esas montañas hermosas. El puesto de salud también ha avanzado y el parque está muy bonito, pero lo mejor que ha hecho la Unidad es hacer los torneos de fútbol interveredales”, cuenta Ovidio Meneses, quien vive en la vereda Florida Alta, a dos horas en caballo de El Palmar.

Los torneos de fútbol han integrado a habitantes de diferentes veredas de El Palmar: veredas que quedan hasta a tres horas de distancia, la Unidad distribuyó uniformes y reconoció a los equipos ganadores con trofeos. Ovidio participó del primer torneo. Dice que lo mejor de la actividad fue conocer gente del mismo pueblo que nunca había visto ni pasar por la iglesia. “Somos pocos, pero como no hay vías de acceso, la gente de las veredas no se conoce. El fútbol nos ha dado divertimiento, pero usted sabe... un muerto, el dolor de un muerto no se quita con eso”.

Entre otras actividades que realiza la Unidad para las Víctimas está un acompañamiento psicológico a un grupo de personas que sufrieron el drama del desplazamiento. Pero las cosas no han sido suficientes. Según Luz Dary Apraez, presidenta de la junta de acción comunal de la vereda Alto Bonito, el fútbol y las canchas apenas si son paliativos para la situación que viven en la montaña. Cuatro veredas del corregimiento no tienen ni luz ni acueducto, los alimentos que entran son escasos porque ninguna vía, ni siquiera la que lleva de Leiva (el municipio más cercano) a El Palmar está en buen estado.

“¿Qué puedo decir? Uno se junta con la comunidad, trata de trabajar, de unir pensamientos y nos exigen cambiar la coca. ¿Cambiarla por qué? No hay nada. Casi nada. El Gobierno sólo se acuerda de nosotros después de una masacre o en época de elecciones. ¿Qué puedo decir?”.

Puede pensarse que el sufrimiento libera, que, tras superar las penas, el individuo ya sólo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria lo protege. Pero al final se descubre que no, no es una regla general. A menudo este saber e incluso el saber superior —el que encuentra a las víctimas en frente del espejo y no le cuentan a nadie y no huele a rotativas— existe como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las esmeraldas en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre de la tierra y rebuscar bien entre los escombros, entre las paredes, para finalmente verlas brillar. El brillo es lo que importa y lo que duele.

Éider Gómez, presidente de la junta de acción comunal de la vereda El Chupadero, cuenta que todos los sábados se reúnen la gente de la vereda a discutir de los principales problemas que los aquejan. Según él, desde este año con la nueva administración de El Palmar, los cambios sí se han visto. El alcalde les ha preguntado cómo se sienten y, por la rareza de la pregunta, nadie supo cómo responder. “Después de la masacre todos quedamos en un estado de confusión tremendo. No sabíamos qué hacer y preferimos callarnos. Todavía no quiero hablar. Tenemos miedo, el miedo no se nos quita. Todavía pensamos que nos van a matar. La tristeza no nos deja actuar con el corazón y este dolor no se nos quita”.

Éider no tiene claro cuántas hectáreas de cultivos de coca hay sembradas en El Chupadero, pero afirma que son muchas: “La gente todavía no tiene cómo hacer la sustitución. Vea, les digo a esas gentes de las ciudades, a esos que insisten en la prolongación de esta guerra: que tienen nombres propios y todos saben quiénes son. Les digo, los invito a que pasen un mes viviendo acá. Un mes en mi ranchito, se los presto, que vengan y pongan ellos los muertos. Los campesinos estamos cansados de que nos maten”.

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