Los negociadores que desarmaron a Colombia

Los equipos del Gobierno Nacional y de la guerrilla de las Farc pasaron de la rigidez y el formalismo, que llegó a ser una camisa de fuerza que inhibía hasta las charlas, a tender puentes para superar rupturas y alcanzar la paz.

Los voceros de parte y parte durante una de sus más recientes reuniones de seguimiento en Bogotá. / EFE
Los voceros de parte y parte durante una de sus más recientes reuniones de seguimiento en Bogotá. / EFE

La lección del Caguán se aprendió. Al margen de los errores fundamentales de la negociación con las Farc en la administración Pastrana, que condujeron al fracaso de ese nuevo intento de asir la paz, tanta aproximación de los periodistas a quienes conducían las conversaciones de lado y lado de la mesa, sobreexpuso las equivocaciones formales de las partes: mientras el Gobierno reflejaba excesiva permisividad y credulidad, una guerrilla exhibicionista daba la impresión de derrochar los recursos facilitados por el Estado en la zona de concentración. Las imágenes de los jefes de las Farc movilizándose en lujosas camionetas mientras eran custodiados por séquitos de milicianos de base, y las reuniones sociales -con whisky incluido- en que se les veía tomándose fotos con visitantes famosos, terminaron por exacerbar los sentimientos de importantes grupos de poder y de la ciudadanía que, golpeada por secuestros y retenciones “económicas”, era testigo inerme del espectáculo que los noticieros le presentaban en sus pantallas.

El precedente fue tenido en cuenta por el gobierno Santos. Desde antes de tomar el juramento de su primer mandato, el mandatario entabló contactos con la guerrilla en absoluto secreto y por fuera del país, mediante su hermano Enrique. Después conformó su equipo de negociación con personas de su confianza que además de ser discretas, contaban con la ventaja de no estar en el foco público. Hacía tiempo que Humberto de la Calle se dedicaba a actividades privadas y el distante Sergio Jaramillo, si bien se desempeñaba, como hoy, en un alto cargo en la Casa de Nariño, era un desconocido para la mayoría de los periodistas. Fue tanta la consigna de reserva inicial que no pocas veces, a lo largo de estos años, el jefe de Estado oyó reclamos de los directores de los medios sobre la ausencia de información en cuanto a los avances o retrocesos del proceso de paz.

La guerrilla versión 2010 también había evolucionado: salvo una vez que agentes sin identificar fotografiaron a algunos de sus delegados en un yate tomando el sol y líquidos probablemente alcohólicos, evitó salir de la residencia que le había asignado el gobierno cubano en un condominio inaccesible por la seguridad reforzada del lugar. Y si lo hizo, no pecó por ostentosa o imprudente. Durante seis años, sus hombres y mujeres ansiosos de retomar la vida de ciudad con recorridos por sus bares nocturnos, tuvieron que reprimir sus deseos. Algo similar sucedió con el círculo gubernamental cuyos miembros salían de sus habitaciones para el centro de convenciones habanero en donde se celebraban las eternas jornadas de discusiones con su contraparte y, entrada la noche, regresaban, inevitablemente, al cuarto del hotel con uno que otro excepcional respiro de brisa y mar.

Dicen que el formalismo entre los dos equipos fue tan rígido, que llegó a ser una camisa de fuerza que inhibía hasta las charlas entre unos y otros a la hora del café. Y que fue tan paralizante, que impidió que los integrantes del mismo grupo siquiera se cruzaran un chiste. Esta situación produjo una consecuencia fatal para las conversaciones: tensión en las relaciones personales que, obviamente, dificultó la capacidad política de todos, de ponerse en los zapatos del contrario, abecé de cualquier negociación. No obstante, el intercambio de argumentos y el paso de los días hicieron su tarea y sucedió lo impensable: la desconfianza y el odio de quienes se habían encontrado en el campo de batalla para matarse empezaron a ceder más fácilmente en los círculos de los combatientes que en los de los civiles. A decir de algunos exrebeldes, el general (r) Jorge Enrique Mora, excomandante de las Fuerzas Militares, uno de los hombres más fieros del Ejército en la lucha de contraguerrilla, y en cuyo récord quedaron registradas no pocas bajas en las filas de los hombres con quienes ahora dialogaba, logró en pocos meses el respeto de sus opuestos por la franqueza de sus posiciones. De igual manera y sin expresarlo, el general enemigo del Caguán había alcanzado en La Habana, un estadio superior, el del estratega verbal. Una corriente de similar empatía con los negociadores de las Farc consiguió acumular el general (r) Óscar Naranjo. Según señalaron unos líderes de la guerrilla, los “combatientes” se sentían cómodos porque hablaban un idioma similar, más llano y directo que el de los expertos políticos y jurídicos.

Para nadie es un secreto que las relaciones interpersonales no son sencillas. Pese a la severidad de las normas impuestas por la guerrilla que poco margen de disenso les permite a sus hombres, el estilo propio de cada uno se destacó: unos, por su sentido de la política y la negociación, y otros, por ser los “troperos”, como se les llama en lenguaje común, a los guerreros incapaces de avizorar un futuro más allá del que se obtiene con las armas. Entre estos últimos y los primeros también hubo tensiones notorias, aunque pocas veces se supo de ello por la estructura vertical de sus jerarquías. En la mesa, Iván Márquez, Joaquín Gómez y Jesús Santrich, miembros de los denominados Secretariado y Estado Mayor de las Farc, se mostraban casi intransigentes en las discusiones. Pablo Catatumbo, Pastor Alape y Carlos Antonio Lozada, en cambio, trataban de encontrarle solución a cada problema. En el otro extremo, “no les comían cuento” a las Farc y fueron antipáticos para estas y para sus propios colegas de gobierno, Sergio Jaramillo y el general Mora. Tendieron puentes en los momentos cruciales, Humberto de la Calle y los generales Javier Flórez (Subcomisión Técnica para el Fin del Conflicto), quien dijo en una entrevista una frase que resume el éxito final del proceso: “Me desarmé como ser humano ante otros seres humanos -colombianos como yo- con visiones diferentes”, y Rafael Colón (director del programa de desminado humanitario).

Como se dijo: los seis años de negociación, de reuniones, de sesiones prolongadas y de discusiones no pasaron en vano. Los obcecados se movieron hacia el centro, un punto en donde era posible entenderse, y los comprensivos tuvieron importante apoyo externo para resolver los muchos picos de trabadura que se dieron, aunque no fueran del dominio de la opinión.

Cuando el agotamiento intelectual y el desgaste producto del roce rutinario condujeron las conversaciones a un túnel sin luz al final, arribaron a La Habana unos asesores que ventilaron la mesa: la canciller María Ángela Holguín; el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo; el ministro consejero para el Posconflicto, Rafael Pardo; el senador Roy Barreras, entre otros, refrescaron el ambiente pesado del proceso con el sentido pragmático de quienes resuelven los desacuerdos. El camino de herradura que ya habían allanado en medio de toda suerte de obstáculos los equipos negociadores De la Calle y Jaramillo, y de Márquez del otro lado, facilitó, sin duda, el trabajo de los relevos. Éstos, prudentes, pisaron como sobre cáscaras de huevo para no “ofender” a sus antecesores pero, simultáneamente, para poder encontrarles salida digna a las conversaciones sin humillar ni al propio ni al contrario. El rol de Holguín, paradójicamente la única mujer protagónica en esa última fase de la negociación (ante las quejas feministas, las Farc pusieron en la mesa a Victoria Sandino, de silencioso perfil), fue calificado por testigos de las intimidades del proceso de “muy importante”, porque supo romper el hielo social que reinaba y, de ese modo, acercar a los humanos que estaban detrás de la gruesa caparazón de los técnicos negociadores. En lugares de mayor secreto, pero no por eso de menor importancia, estuvieron empujando la paz otros personajes: Enrique Santos, quien entraba en acción cuando había incendio; Iván Cepeda y Álvaro Leyva bajándole la temperatura a las calderas; los juristas con sus conocimientos de derechos humanos y de Derecho Internacional Humanitario, y los acompañantes de la comunidad internacional que impidieron que las rupturas momentáneas fueran permanentes.

Tras bambalinas actuaban los jefes en silencio. Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, Timochenko, quienes se encontraron sólo dos veces en 72 meses, se comunicaron por interpuestos mensajeros mucho más de lo que sabemos los colombianos. Ambos se encargaron de calmar a sus “tropas” y de volver a sentarlas siempre que la gravedad de las circunstancias hacía improbable continuar la negociación. El Nobel que ayer recibió el presidente en nombre del país incluyente que perdona los errores del otro y que es capaz de convivir en igualdad democrática con un rival ideológico, es un premio a la persistencia y a la resistencia con que las Farc -justo es admitirlo- y el Gobierno se “armaron” para desarmar a Colombia, a despecho de los violentos.

* Columnista de El Espectador