Los niños cantan por la memoria del conflicto

Los menores tienen mucho que decir sobre el conflicto armado. Para construir un país en paz hay que escuchar sus voces, por eso presentan un ‘Monumento Sonoro por la Memoria’.

CNMH

La memoria histórica no son solo narraciones, notas de campo y talleres que resultan en un informe o un libro. En Colombia, en la mayoría de los casos, las víctimas se han apropiado a tal punto de su historia, que las iniciativas y acciones de memoria terminan siendo productos de todo tipo, llenos de colores, sabores y sonidos.

Colombia es un país de huérfanos. En más de cincuenta años, el conflicto armado ha acabado con la vida de miles de personas, dejando a su suerte a los niños y niñas que dependían de ellos. Según el ICBF, en 2013 había 951 menores huérfanos por causa de la guerra, cifra que no contempla la cantidad de personas que hoy son adultas y que perdieron a sus padres en su infancia.

Jhon Alex Coyazos fue uno de esos niños. Vive en Antioquia, el departamento con mayor número de menores afectados por el conflicto, según el ICBF, y en uno de los municipios de esa región que ha sido golpeado por múltiples actores armados. En Apartadó, Urabá, entre 1994 y 2000, más de cien personas fueron asesinadas en masacres. El padre de Jhon murió, junto con otras 34 personas, en la masacre de la Chinita ocurrida en enero de 1994. En ese momento él tenía diez años y su hermano menor, cinco.

La muerte de los padres o familiares cercanos, sin embargo, no es la única forma en la que el conflicto armado afecta a los niños y niñas de las diferentes regiones de Colombia. La Hermana Carolina Agudelo, directora de la Fundación Diocesana Compartir, recuerda que los menores, en la época de las masacres en el Urabá, vieron afectado su desempeño escolar porque a sus padres les daba miedo que salieran de la casa. “La vida de un niño no es vida si permanece encerrado, sin poder jugar con los amigos, sin ir a estudiar ni poder salir y vivir una vida normal”, recuerda Jhon, que tuvo que cambiar de colegio a raíz de la muerte de su padre.

Es en este contexto que el CNMH, el ICBF y la Corporación Opción Legal, desarrollaron en 2013, la investigación Las Voces de los Niños, Niñas y Adolescentes: Ecos para la reparación integral y la Inclusión Social. El proceso se llevó a cabo en la región del Ariari, en el Meta, el Norte del Cauca, y en el Oriente y Urabá antioqueño.

Jhon recuerda que tras la muerte de su padre no fue fácil hablar de lo sucedido, a pesar de que otros niños pasaron por situaciones similares, porque las condiciones de seguridad impusieron un silencio generalizado en la población. Fue apenas en 2013 cuando participó en los talleres de memoria realizados por investigadores del CNMH, y acompañados por la Fundación Diocesana Compartir, él y sus compañeros pudieron reconstruir los relatos de su infacia.

El arte fue una de las formas que usó la Fundación para brindar apoyo a los niños huérfanos en Urabá. “Uno cantando, pintando, se olvida de las cosas dolorosas y se enfoca en seguir adelante, en resistir”, dice Jhon. Por eso el CNMH se valió también de la música para hacer que las voces de los niños se escucharan. En medio de la investigación surgió el Monumento Sonoro por la Memoria con el proyecto musical “La historia de Los colibríes y las langostas”, una acción de memoria con composiciones de los niños para visibilizar los hechos que los afectaban: el reclutamiento, el desplazamiento forzado y los hostigamientos por parte de diferentes actores armados.

Las canciones fueron presentadas por primera vez en diciembre de 2013, en Bogotá, con las mismas voces de los niños de las regiones. “La presentación ese año contó con el apoyo del cantautor argentino, Piero y fue importante para los chicos. Pero nos dimos cuenta que el Monumento Sonoro tenía un gran potencial: más allá de una acción de memoria, podía ser una herramienta pedagógica y metodológica para prevenir y socializar las problemáticas que afrontan los niños y niñas en Colombia”, afirma Sara Márquez, investigadora del CNMH.

Por eso, en 2015, junto con Compensar y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) se puso en marcha un proyecto con base en “La historia de las langostas y los colibríes”, para ser usado en dos instituciones educativas de Bogotá. Allí, menores que han sido víctimas del conflicto conviven con quienes no se han visto afectados por la violencia, y aprenden a solidarizarse con las poblaciones vulnerables, se unen en el anhelo de construir un país en el que todos los niños puedan vivir una infancia de juegos, risas y canciones, y no en medio de balas y miedo.

“Es importante que niños tengan espacios para hablar de lo que viven en sus pueblos, más aún cuando la violencia sigue presente”, dice Jhon. En Colombia, niños y adultos siguen viviendo en medio de la violencia que ocasionan los grupos que surgieron tras la desmovilización paramilitar y las guerrillas que aún están en las regiones.

Los derechos de los niños, según la ley colombiana, tienen prioridad en todos los casos. Su voz, por tanto, debe de ser escuchada. Después de todo, como se evidencia en las canciones que ellos mismos compusieron, los niños y niñas tienen mucho que decir sobre esta guerra. Y, qué mejor manera de escucharlos, que por medio de canciones.

Así, este martes 31 de mayo se presentará el resultado de este reciente trabajo, en el teatro Planta Baja de Compensar (Avenida 68 # 49ª - 47) a las 5:00 p.m. Una puesta en escena, dirigida por el actor Nicolás Montero, y un concierto para, como dice la canción de José Luis Parales, “que canten los niños, que alcen la voz”.