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Machuca ardió como bola de fuego

Una de las acciones militares más demenciales y repudiadas del Eln fue la masacre de Machuca. En octubre de 1998 guerrilleros dinamitaron el Oleoducto Central de Colombia, ocasionando la muerte de más de 50 personas, que perecieron calcinadas. Segovia, una vez más, se vistió de luto. Crónica de Elizabeth Yarce Ospina, enviada especial.

Decenas de muertos y heridos dejó la explosión del Oleoducto Central de Colombia, en Machuca. /Inaldo Pérez.

Una tras otra fueron acomodadas las bolsas negras que contenían 34 cuerpos calcinados en el piso de la parroquia de Machuca, vereda del corregimiento Fraguas de Segovia (nordeste de Antioquia), que se convirtió ayer en una bola de fuego después de que explotara un tubo de conducción del oleoducto Central de Colombia, al parecer por un atentado de la guerrilla.

El saldo de la tragedia es escalofriante: por lo menos 42 muertos y 70 heridos, 40 casas destruidas y el río Pocuné, que atraviesa el caserío, convertido en una corriente de crudo y cenizas.

A las 12: 20 de la madrugada de ayer, cuando los aproximadamente 2.500 habitantes de este caserío se encontraban durmiendo, una explosión sacudió las camas e inmediatamente los pobladores de Machuca empezaron a correr despavoridos luego de que comenzaron a caer bolas de fuego del cielo y de que una llama imparable arrasara las viviendas, ubicadas cerca del Pocuné.

“Primero fue la explosión y luego empezaron a caer esas bolas de fuego. Todo el mundo comenzó a correr hacia arriba, pero era mucho el fuego y a muchos nos alcanzó. Con tal de salir con vida, aunque estuviéramos muertos de dolor, corríamos porque no nos imaginábamos morir quemados”, expresó David Correa, minero de Machuca, mientras personal de la Cruz Roja trataba de calmar el ardor de sus quemaduras en la cabeza.

Mientras tanto Libardo Muñoz relató: “Miré para atrás y vi a un niño con los pies prendidos y cuando iba a socorrerlo ya era muy tarde”.
Muchos habitantes de Machuca, pese al estruendo de la explosión, no pudieron despertarse y el fuego los sorprendió bajo las sábanas, mientras que otros, que intentaron salvar sus vidas, perecieron debajo de los escombros.

“Yo no podía hacer nada y veía como don Víctor Murillo, El Cuchumpé, se revolcaba en un pantano tratando de calmar el dolor de las quemaduras. A él fue uno de los primeros que se les quemó la casa”, dijo Martha Ceballos, otra habitante de la zona.

Un grupo de matarifes que caminaba a esas horas por la calle con unas reses para el matadero tuvo que ponerlas como escudo. “La explosión hizo temblar la tierra, pero lo peor vino después con el fuego que disparaba ese tubo y de eso no se salvaron las reses detrás de las que nos escondimos… las gallinas y los sapos también quedaron todos quemados”, dijo uno de los pobladores.

Un caserío minero

Machica es un caserío minero a dos horas del casco urbano de Segovia, donde la mayoría de sus habitantes se dedica a la explotación aurífera artesanal. Está enclavado en una espesa selva atravesada por los tubos de conducción del oleoducto Central de Colombia.
Sus habitantes no descartan que la explosión sea un accidente, pero, por las características, todo apunta a que fue un atentado. “Un tubo no se explota solo así, porque sí. Alguien tuvo que hacer ese daño, pero no sabemos quién ni por qué. Somos simples mineros, que no nos metemos con nada”, consideró Luzmila Ramírez.

Según el informe de la XIV Brigada con sede en Segovia, la explosión se originó en el kilómetro 177 del oleoducto.
David Correa, otro habitante de la vereda, aseguró que “el incendio no lo produjo tanto el crudo sino todos los gases que eso soltó y que al caer encima de nosotros se convirtió en fuego”.

Machica ardió durante más de ocho horas y los sobrevivientes relataron que milagrosamente las parroquias católica y evangélica no sufrieron daños. “Cuando salí de la casa vi cómo la parroquia estaba toda iluminada y el fuego no la quemaba mientras que la casa de enseguida se caía a pedazos”, señaló otro habitante de la población.

Igual suerte corrió la familia de Elaida Baloide, cuyos miembros sólo se enteraron de lo que había pasado con Machuca hasta las siete de la mañana. “Yo duermo como una piedra, no me di cuenta de nada. Cuando abrí la puerta por la mañana me arrodillé y le pregunté al Señor: ‘¿Qué fue lo que pasó?’. Vi la casa de Chuchumpé en cenizas y a la gente de la Cruz Roja tratando de sacar los cuerpos de doña Marina y su niñito, todos quemados, y no me explico cómo no escuché ni a la gente gritando y llorando. Lo primero que pensé cuando vi lo sucedido fue que esto era Sodoma y Gomorra”, señaló la mujer de 59 años.

El rescate

A las 4 de la mañana llegó a Machuca el primer cuerpo de socorro del municipio de Segovia, el cual alcanzó a sacar con vida a ocho personas. Cuatro horas más tarde, en labor conjunta con la Cruz Roja, el hospital municipal, el programa aéreo de salud, el Ejército y la comunidad de Segovia, se inició el rescate de los heridos.

En helicópteros del Ejército Bell 212 y MI-17 fueron trasladados los heridos de mayor gravedad y los restantes por vía terrestre.

A las 7 de la mañana comenzaron a llegar al Batallón Bomboná de Segovia, donde se improvisó un centro de atención, los heridos provenientes de Machuca, los cuales tenían quemaduras de segundo y tercer grado. “Están quemados por todo el cuerpo. No reconocen a la gente y piden a gritos ayuda. Una mujer embarazada, con su barriguita ardida, sólo pedía que le salvaran al bebé porque no creía poder resistir”, comentó una de las integrantes del grupo ecológico Paz Verde, quien colaboraba con la atención de los heridos en el Batallón Bomboná.

En medio de los desesperanzados gritos de Amanda buscando a su hijo, se trataba de identificar a las víctimas de la tragedia, que serán sepultadas colectivamente, al igual que las 43 personas asesinadas el 11 de noviembre de 1988.

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2014-07-07T12:51:10-05:00

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Archivo El Espectador

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