Octavo día de los héroes caídos

Hoy se conmemora el día de los uniformados muertos en combate.

Gracias a la promoción de la fundación Colombia Herida, cada 19 de julio desde hace ocho años, Colombia recuerda a los soldados y policías que han caído por culpa del conflicto que vive el país. Hoy, en la octava edición del día de los héroes caídos, El Espectador tuvo la oportunidad de conocer el testimonio de dos policías y un coronel del Ejército, víctimas de los horrores de la guerra y quienes día a día tratan de superar sus heridas físicas y emocionales a través del amor de sus familias y del trabajo social.

El 9 de diciembre de 1999, Manuel Martínez tenía sólo 21 años y llevaba año y medio en la Policía cuando, mientras cuidaba junto a otros 14 uniformados la estación de Curillo (Caquetá), fue secuestrado por las Farc. Ese día, la guerrilla atacó con todo su arsenal la estación, le botaron cilindros y rociaron el lugar con gasolina para prenderle fuego. Dos de Policías murieron incinerados. Manuel sobrevivió pero resultó gravemente herido, las llamas le alcanzaron los brazos y la cara lo que hizo que la carne de sus extremidades se derritiera hasta el punto de que sus dedos se pegaron. En vez de brazos, quedó, según él, como si tuviera “un par de alas de pollo”.

Cuando el fuego se apagó, los guerrilleros entraron en la estación y les informaron que desde ese momento eran prisioneros de guerra. Dos días después, Manuel y los otros policías ya estaban en la mitad de la selva. Las quemaduras de los brazos y del rostro del joven fueron tan graves que entre sus compañeros se rotaban para cuidarlo. Uno le lavaba los dientes, otro lo alimentaba- porque los dedos se le habían unido en un moñón que no le permitía sostener ni siquiera una cuchara-y otro lo bañaba. Sus heridas se mantenían abiertas, tanto que sus amigos le pusieron de apodo “manzana” porque mantenía lleno de gusanos.

Los meses siguientes fueron de terrible incertidumbre. Los guerrilleros nunca les dijeron cuándo iban a salir, de hecho, con sus comentarios y amenazas les hacían sentir que nunca lo harían. Mientras Manuel se encontraba secuestrado, su madre, doña Gladys trataba de buscar la manera de reencontrase con él. De tanto tocar puertas y no recibir respuesta, doña Gladys estaba perdiendo la esperanza, por esto, la noticia de la libertad fue toda una sorpresa. Su hijo y sus compañeros iban a ser liberados en un acuerdo humanitario. Después de un año y medio de secuestro, Manuel volvió a sus brazos.

Ha pasado más de una década desde su liberación y hoy Manuel, aunque sonríe y hace bromas constantemente, no puede evitar llorar cuando relata lo que le sucedió y sobre todo cuando comenta que está a la espera de un fallo del tribunal médico del Ejército que decidirá si su estrés postraumático le permite o no continuar en la institución. Manuel no quiere dejar lo que siente como su hogar, no puede ni considerar la idea de dejar el trabajo que le apasiona. Su madre al respecto afirma “espero que le den una calificación digna porque él es un héroe, espero que la institución nunca lo abandone porque él ama su trabajo y está muy bien preparado, lo único que deseo es que por favor no me le corten las alas”.

El secuestro del agente de la Policía Luis Alfonso Díaz es otro de los dramas de los héroes reconocidos hoy. Él fue raptado por la guerrilla en la toma Puerto Rico, Meta, ocurrida el del 10 al 12 de julio de 1999. Durante días junto a sus compañeros trató de contener el ataque del bloque oriental de las Farc, pero la despiadada ofensiva les hizo mantenerse en las barracas, sin comida y sin agua hasta el punto que Luis Alfonso tuvo que tomar orines para soportar la sed. Cuando el agente fue raptado su esposa estaba embarazada, 13 días después de la toma su hijo nació.

Nunca supo en qué lugar de la selva la guerrilla lo mantuvo secuestrado durante dos años y medio. Todos los días andaban encadenados. En ese estado debían hacer largas caminatas para llegar finalmente a una de esas cárceles que la guerrilla hizo, imitando el estilo de los campos de concentración nazi. Ahí, Luis Alfonso y más de un centenar de policías tuvieron que soportar humillaciones y maltratos físicos. La selva, como él lo afirma, no es fácil de resistir, no eran sólo los insectos, los reptiles, el frío, la intemperie también era la comida que la guerrilla les daba. Ésta siempre contenía vidrios o tenía exceso de sal, sufrió de paludismo más de siete veces y llegó a estar tan débil que sus compañeros lo tenían que ayudar a ir al baño.

Luis Alfonso sabe que el secuestro lo cambió. Cuando retornó a la libertad a mitad de 2002 se dio cuenta que lo el trauma le quedaría para siempre. Siente las consecuencias sobre todo en la relación con su hijo, lo conoció de tres años y hoy su pequeño tiene casi 13 viven como él lo dice “como perros y gatos”. No se han logrado conectar. Además, un dictamen siquiátrico le hizo saber que no podría seguir en la Policía porque no era lo suficientemente estable. Ahora, debe tomar pastillas para las alucinaciones, para los nervios, para poder dormir, para todo. Hoy está sin trabajo, buscando ayuda porque en ninguna parte lo contratan, siente que su cruz es la de “exsecuestrado” y que esa carga nadie se la quiere acompañar a llevar.

La historia del coronel Gabriel Cardona Galvis tiene un final un poco más feliz. Él perdió su pierna en un atentado de las Farc en Arauca, el 15 de diciembre de 2000. Ese día varios militares se encontraban reunidos en el comedor de la guarnición, habían adelantado la celebración de navidad así que todas las familias estaban disfrutando una tranquila cena, aunque la amenaza de un ataque estaba latente. Esa noche un grupo antiguerrilla estaba a punto de salir a hacer labores de control cuando el primer cilindro de ocho cayó en el lugar. Por fortuna a las Farc les faltó puntería, los artefactos llegaron hasta el parqueadero, donde precisamente estaba el coronel. “Eso nunca se olvida” comenta Gabriel y recuerda todavía el sonido de la explosión, el impacto. Recuerda también que despertó en una cama de un hospital con heridas por todo el cuerpo.

Le tuvieron que amputar la pierna por debajo de la rodilla, los médicos del Hospital Militar no pudieron hacer nada para salvársela. Para él, paradójicamente, mientras estaba perdiendo una parte de sí mismo y a la vez estaba ganando. Y es que, según él, consiguió una nueva vida. Después del atentado se separó, llevaba 14 años con su esposa pero el matrimonio no sobrevivió al cambio. Dejó de ser la persona que sólo pensaba en ascender de posición, en tener poder, para convertirse en el hombre que dirige la oficina de atención al herido en combate del Ejército y que siente a todas las personas como si fueran sus amigos más cercanos. No deja de sonreír ni un solo segundo, durante una hora de charla no fue sino sonrisas y fueron incontables los chistes que hizo.

Lo único de lo que habla es de ayudar, de felicidad, de estar de buen ánimo, de vivir la vida, porque a pesar de no tener una pierna ha hecho más que antes cuando sí la tenía. Ahora se dedica al montañismo, junto con otros discapacitados escaló el Púlpito del diablo, el Ritacuba Negro en el parque natural el Cocuy, también subió hasta la cumbre más alta del hemisferio occidental, el Aconcagua, en Argentina. Y está preparando la próxima cumbre: el Kilimanjaro, en Kenia, la montaña más alta del continente africano. Sabe que será un gran reto pero también sabe que con perseverancia lo podrá lograr.

El coronel describe llegar a la cima de estas montañas como una paradoja, “uno se cree que es mucho pero cuando va a la montaña y se ve tan pequeño se da cuenta que no es nada, pero a la vez llegar hasta allá a uno le hace lo grande que se puede ser ante las adversidades…es un acto de nobleza”. Mientras con su imborrable sonrisa, sigue entrenándose para el Kilimanjaro piensa inmediatamente en el otro paso que quiere dar: quiere llegar con su grupo hasta la cima del mundo: el Everest.

 

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